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23 de Febrero de 2001

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MITOLOGíAS SOCIALISTAS

Por la boca muere el pez

Por José Ignacio del Castillo

Pocos refranes son más ciertos que aquél que dice: “Piensa el ladrón que todos son de su condición”. Efectivamente, socialistas y comunistas tienen la dudosa manía de imputar al capitalismo pecados que ellos conocen bien. Quien esté familiarizado con ambas tradiciones de pensamiento y también con la forma como funcionan los sistemas sociales correspondientes, no tendrá dificultades en advertir este curioso proceder.
Piénsese por ejemplo en la actitud filomarxista y filofascista hacia la riqueza y el dinero. Los socialistas creen que la riqueza está dada y que no puede ser creada, ganada o aumentada. Lo único que cabe hacer con ella es “repartirla”. Es decir, los socialistas no saben como crear riqueza, pero sí como robarla. El siguiente paso lógico es pues, considerar que todo aquél que tiene un patrimonio superior al de la media, ha tenido que adquirirlo de modo ilícito.

Con el dinero ocurre otro tanto. “El dinero es el origen de todo mal”, repiten. En realidad como decía Ayn Rand, el veredicto que una persona pronuncia acerca del origen de sus ingresos es el mismo que nos permite calibrar su catadura moral. Si el dinero ha sido adquirido con fraude, halagando los vicios o la estupidez humana, mediante el saqueo o rebajándose hasta el envilecimiento, jamás podrá proporcionar un momento digno de alegría. Quien maldice el dinero es porque sólo sabe adquirirlo de manera deshonrosa. Quienes lo adquieren como consecuencia del trabajo bien hecho, lo valoran y lo respetan. El rigor y el esfuerzo buscan su recompensa y no se avergüenzan de ella. La persona que vendería su alma por unas pocas monedas, suele ser la que proclama en voz alta su odio contra el dinero. ¡En verdad tiene motivos para odiarlo!

Otra letanía socialista que siempre me ha maravillado, es su forma de cargar contra la publicidad. “El consumidor es un estúpido que sencillamente adquiere lo que los publicistas le ordenan. Todo es un gran fraude. Los productos carecen de calidad, no satisfacen auténticas necesidades y sólo son vendidos merced a artimañas y mentiras.” En fin, dado que bajo el socialismo el consumidor que no es estúpido, sino víctima, se ve obligado a adquirir lo que el Buró Político ordena. Dado que los comunistas trabajaron como nadie el lavado de cerebro (véase al respecto el estudio de Edgar Schein sobre persuasión coercitiva y técnicas de control mental que los comunistas chinos perfeccionaron durante los años 50). Al ser efectivamente los productos fabricados bajo el socialismo en verdad, pésimos y dado que la mentira y el engaño han sido el medio a través del cual una teoría absolutamente mediocre ha alcanzado gran popularidad, los filomarxistas tienen sus “razones” para decir lo que dicen.

Sin embargo, cuando despotrican contra la publicidad en el mercado, nuestros enemigos ignoran algunas realidades. Ni la mejor propaganda es capaz de ocultar la verdad durante mucho tiempo. Si no fuera así, ¿Por qué Fidel Castro necesita perseguir con saña absolutamente toda expresión que se salga de la línea oficial? ¿Por qué los norcoreanos están obligados a presentar sus aparatos de radio cada dos semanas en la comisaría de policía y acreditar que no los han manipulado y que siguen escuchando solamente la cadena oficial?

La publicidad en el mercado tiene por objeto dar a conocer un producto y recordar que sigue estando ahí. Sus propiedades se presentan de la forma más atractiva posible. De esta forma se incrementan las ventas, se amortiza antes la inversión y se obtienen mayores beneficios. A veces se cometen excesos e incluso alguna vez se miente descaradamente. Lo que en el mercado es una patología esporádica, en el socialismo es la regla habitual. Pensar que la mayoría de la gente tiene televisor, lavadora, tocadiscos, teléfono móvil o microondas, que utiliza aspirinas cuando le duele la cabeza o se compra unos vaqueros porque así lo ordenan los anuncios y no para disfrutar de estas comodidades, es algo tan alejado de la verdad como decir que los niños vienen de París.
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