Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
1 de Junio de 2001

En portada

Las apariencias...Por Antonio López Campillo
Escuela de calorPor Rafael Escalada
Más tonterías ecologistasPor José Ignacio del Castillo
Bestseller y propagandaPor Agustín Jiménez
Cerrar y abrir puertasPor Carlos Semprún Maura
Sumidero de dudasPor Jorge Alcalde
Poesía recuperadaPor Julia Escobar
Santiago Calatrava escultorPor Libertad Digital
Automatiza tu mundoPor Fabián C. Barrio
Adelgazar sin dañar la saludPor Carmen Fernández Ruiz
Yahoo, a por la televisiónPor Fabián C. Barrio
La inmoralidad del EstadoPor Martín Krause
Felipe está asombradoPor José Apezarena
Hulk: Los Perros de la GuerraPor David Jiménez Torres
Política y psicologíaPor Aníbal Romero
El anteproyecto de la L.U.Por Alicia Delibes
La debilidad del marchito euroPor Hans F. Sennholz
Navegando con StingPor Libertad Digital
Estrenos de buena comediaPor Andrés Arconada
Gatas de distinto pelajePor Ignacio Montes
Vuelve la dinomaníaPor Enrique Coperías
El futuro de los pobres es más pobrezaPor Manuel F. Ayau Cordón
Semana del 26 al 1 de junioPor I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

LIBRO DE LA SEMANA

Poesía recuperada

Por Julia Escobar

Creo que es innecesario presentar –y menos en estas páginas– a Federico Jiménez Losantos. Tan sólo precisar que al tratarse de alguien tan significado en el periodismo y, desde el punto de vista literario, en el ensayo, más de un lector se puede quedar sorprendido al descubrir esta faceta de su personalidad de escritor. Las fechas que ostenta el título (1969-1999) habrán dejado clara la antigüedad de la misma y descartado cualquier veleidad del autor al respecto.
Es más, para muchos, Federico Jiménez Losantos fue antes que nada un poeta. Y no uno cualquiera, no un epígono de las escuelas que fluctuaban en los años setenta entre tanta poesía social y tanto novísimo, sino una voz original que se dio a conocer con El diván de Albarracín (Trieste, 1982), el único poemario que publicó antes de dedicarse a libros de sesgo muy distinto, pero que llevan todos, en su estilo literario, la impronta de una corrección lingüística y de una capacidad de adjetivación que sólo se consigue en las mejores casas y en las mejores escuelas; me refiero a las de la poesía pues, como dijo Hölderlin, “rico en méritos, y sin embargo poéticamente habita el hombre en esta tierra”.

Federico Jiménez Losantos, mientras acumulaba sobrados méritos a lo largo de todos estos años, ha frecuentado la poesía casi a diario, como un hábito clandestino o secreto, o tal vez como una maldición llevadera, según dice él mismo en el prólogo a este inesperado volumen en el que reúne todos sus versos y que publica ahora la editorial Pre-Textos. Quienes hemos conocido los antecedentes poéticos y las inquietudes literarias de Federico no podemos extrañarnos de esta elección editorial, para la que se puede decir que estaba predestinado, pues entre 1979 y 1982 dirigió con Javier Rubio Navarro (director en la actualidad de Libertad Digital), Biel Mesquida y Broto, la revista Diwan en cuyo número 4 (1980) se reunió, a modo de antología generacional involuntaria, a diecisiete poetas: Josep Alberti, Juan Manuel Bonet, Alberto Cardín, Jorge Ciriquián, Julia Escobar, Lluís Fernández, Ángel González García, Mario Hernández, Federico Jiménez Losantos, Luisa Jordá, Biel Mesquida, Carles Mor, Joaquín Puig, Francisco Rivas, Javier Rubio, Andrés Trapiello y José Miguel Ullán, la mayoría de los cuales estaban o acabaríamos estando en el catálogo de Pre-Textos, editorial que había iniciado su andadura unos años antes, concretamente en 1976, hace ahora 25 años.

Federico Jiménez Losantos, impelido por la muy legítima necesidad de canalizar toda esa actividad supuestamente subterránea (entre otras cosas para que ni se estanque ni se desborde), ha reunido en siete libros distintos lo que ha querido de su producción, puesto que la mayor parte era inédita, y lo ha hecho con un criterio cronológico que permite una cómoda lectura diacrónica, sumamente aleccionadora, de su evolución poética, de una coherencia asombrosa.

Para no engañarnos y demostrar que no siempre fue el poeta ya hecho que conocíamos, Federico no nos oculta su primera etapa y empieza por los orígenes, con el libro que titula Tremedal (1969-1971), empapado de música pop y de homenajes a autores emblemáticos y donde asoma ya la politiquería, como él dice, del momento, pero con un tono irónico que lo redime por completo:
Pobre Federico tan/sacrificado todo/lo diste tú que/tenías pero qué triste/ser segundo siempre y/por qué no engelsismo y/por qué no engelsistas. (“Engels”).

En el segundo libro, titulado Rambla (1972-1975), empieza a oírse ya muy claramente su voz, con ecos de un Guillén venerado y homenajeado, que impregna el ritmo de muchos poemas:
Y a veces, sólo a veces/llegan sin anunciarse las palabras/como ecos de bosques sepultados,/como huella del tiempo al reclinarse/o como sangre cálida y amarga/que al borde de la herida/se detiene, asombrada de su paso. (“El último refugio”).

Es en Diván de Albarracín (1976-1982), y en Torre de Marfil, donde esa voz alcanza su apogeo, con poemas magníficos, sostenidos y, como si eso le obligara a tomar un descanso, se desmarca con Saliendo de Madrid (1989-1990), una serie compuesta de poemas brevísimos, muy depurados, para desembocar, años después, en la explosión de ritmos y verbo contenido de Poemas de la Florida (1995-1996), cuyo título es toda una declaración de principios juanramonianos; y para terminar, la brevedad, la desnudez de la expresión poética, muy cercana al silencio, del último libro, titulado de forma muy reveladora Libro del No (1999), como si con ello, Federico Jiménez Losantos nos estuviera desvelando sus intenciones de abandonar, esta vez para siempre, la casa de la que realmente nunca se había ido.

Federico Jiménez Losantos, Poesía perdida. 1969-1999 Editorial Pre-Textos, Valencia, 2001, 212 páginas.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899