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29 de Diciembre de 2000

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Poder y adrenalina

Por Agustín Jiménez

Han publicado en España otra novela de David Baldacci, que ha ido sacando un título por año desde que en 1996 lo catapultó -a la fama efímera, al dinero cierto, a una mínima atención de la crítica- "Poder Absoluto". El recorrido de Baldacci es ejemplar: seis novelas -la última en octubre, inédita en España-, un cuento escrito este año para los lectores holandeses, que celebraban el mes del "thriller", muchas cosas en revistas, cinco guiones de película, una novela llevada a la pantalla grande, "Poder absoluto", con Clint Eastwood y Gene Hackman, otra convertida en serie de televisión que pondrá la CBS, "Control total".( Escribir guiones es cada vez más fácil. Hallie Eisenberg, una niña de ocho años acaba de hacer un guión que toda la gente de Hollywood, incluida ella misma, aspiran a dirigir). Lo demás es obvio: traducciones a treinta lenguas vendidas y leídas en los transportes públicos de setenta países. Una parte del producto está en su cuenta corriente. El resto, Baldacci y su esposa lo dan a obras de beneficencia, según aclara en su currículo. La beneficencia está muy extendida entre los ricos, clase a la que pertenecen los autores de bestsellers. Por lo que sabemos de donaciones, el mayor filántropo de la literatura se llama Stephen King.
¿Tenemos que leer a Baldacci? Él debe de pensar que va haciendo méritos literarios porque en su última novela se ha vuelto lírico: En "Wish you well", una familia neoyorkina pierde al padre en la remota -para los usos del autor- fecha de 1940 y se traslada al campo a alimentarse de comida casera en Virginia y a montar a caballo en Las Apalaches. Grisham, con quien Baldacci tiene muchas cosas en común -para empezar, los dos son abogados-, patentó una novela clintoniana cuyos héroes, tras haber vencido al sistema, se tornaban más o menos hippies y se largaban en pos de una cierta pureza. Como Grisham, a Baldacci le gustan los héroes con personalidad y recursos de inteligencia. Nótese que el presidente Clinton ha compaginado la brutalidad guerrera con desarmantes dosis de desfachatez juvenil y que sus corbatas elegantísimas no tienen nada que ver con los horrores en serie que cuelgan del cuello de sus guardas del FBI. El presidente Clinton es buen lector de Baldacci. "The Simple Truth" es la novela que más le gustó en 1999. Por si alguien no la ha leído, trataba de un preso que fue condenado injustamente por haberse inmiscuido en una espantosa conspiración en la que están palmando uno a uno los funcionarios del Tribunal Supremo. Todo eso se arregla cuando entran en escena un antiguo policía y una magnífica abogada, una pareja que recuerda otras de Grisham ("El asunto Pelícano"). Todo eso sucede en Washington.

Washington es la clave. Las pocas novelas políticas escritas por españoles tienen más de comedia de por aquí (Vázquez Montalbán) o de atisbo periodísticoexistencial (Semprún, Cebrián) que de auto sacramental. Para componer hoy un auto sacramental -el Bien contra el Mal en el Teatro del Mundo donde media docena de personajes tipo evolucionan hasta llegar a la moraleja- hay que ser o muy mal escritor o vivir en Estados Unidos. La capital norteamericana ha provocado unas cuantas obras espléndidas (Gore Vidal) y un género insistente, tan ingenuo como eficaz, en que laten todos los clichés del capitalismo y del anarquismo -otra vez Clinton- y que se lee con trepidación, porque sus personajes son ciudadanos del país que inventó la velocidad y popularizó las armas de fuego.

El esquema normal de Baldacci es una conspiración de patriotas capaces de cualquier extremo por el futuro glorioso de su país. En "Poder absoluto", cubren el crimen del mismo presidente, un pichasuelta que en la película interpretaba Gene Hackman; en "A cualquier precio", un paranoico de la CIA reparte mandobles, incluso entre el FBI, y miente a todos, incluida su conciencia, por algún ideal de grandeza. Una de los logros de Tom Clancy es conseguir que sus patriotas sean entrañables. Los de Baldacci son simplemente paranoicos. En "Poder absoluto", la razón de estado era desbaratada por un simpático ladrón (Clint Eastwood) de consuno con una hija adorable y un policía honrado. Aquí hacen lo mismo un lobista de vueltas de todo que tiene una empleada que es casi su hija, auxiliados por un detective honrado y una policía sensata. A propósito, la traducción llama al lobista "cabildero", lo que está muy bien. A propósito también, el cabildero ha renunciado a ganar dinero -el tema central de otra novela de Baldacci, "The Winner", una conspiración para ganar el gordo en la lotería- y dedica sus esfuerzos a sacar dinero para el Tercer Mundo. Lo que casa con la moda de los escritores caritativos que veíamos antes y con dos novelas de Grisham (una de un abogado que entra en una ONG, otra de un magnate que deja su fortuna a una monja misionera).

Poder, dinero, filiación... Un elemento más le gusta a Baldacci (como a Clancy): los gadgets de espía. La novela va deprisa. Y, aceptados estos clichés -¿pero quién dirá que tiene otros?-, se lee muy bien. Un tirón de novela.
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