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9 de Marzo de 2001

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MéXICO

Pobreza: de los signos a las causas

Por Ricardo Medina Macías

La radiografía de la pobreza que hace el Instituto Nacional de Estadística mexicano (INEGI) se basa en la detección de signos de precariedad; por ejemplo, quien usa leña o carbón para cocinar. Pero más allá de esos indicios, ¿cuáles son las causas de la pobreza?
Para decirlo coloquialmente el mapa con el que INEGI dibuja la pobreza de México, por entidades federativas en una primera aproximación y por municipios en un acercamiento más detallado, proviene de meter en la licuadora hasta 36 variables y asignarles peso de acuerdo a una compleja técnica llamada “de componentes principales”.

La mayoría de estas variables son signos inequívocos de pobreza. Tomando en cuenta, desde luego, que la pobreza es un concepto relativo: Fulano es más pobre que Zutano porque cocina con leña y no tiene estufa de gas, pero Fulano es menos pobre que Perengano porque tiene algo que cocinar.

Olvidar esta relatividad de los fenómenos sociales (siempre hay que preguntarse ¿respecto de qué?, o ¿comparado con quién?) puede llevar a errores garrafales. Por ejemplo, hace décadas un organismo de las Naciones Unidas (la FAO) estableció como parámetro de una dieta sana la alimentación promedio en Europa occidental. De acuerdo a esa referencia se concluyó apresuradamente que dos tercios de la humanidad vivíamos en una terrible desnutrición. Más tarde se rectificó: la dieta europea de referencia era insana por excesos en grasas y calorías.

Uno no habita una casa con piso de tierra porque le guste, sino porque no tiene los recursos para disfrutar de un piso de cemento. Valga la perogrullada: porque es pobre.

Porque se es pobre se carece de infraestructura elemental: drenaje, un baño exclusivo (no compartido) por vivienda, electricidad, agua entubada, un refrigerador, una televisión, más de un cuarto en la vivienda...

Porque se es pobre, uno trabaja menos de 24 horas a la semana o uno trabaja con la familia, sin recibir ninguna remuneración en efectivo. Porque se es pobre, uno tuvo que emigrar.

Pero, ¿uno no asistió a la escuela primaria porque es pobre o, a la inversa, será pobre porque no pudo hacerlo?, ¿uno es pobre porque vive en el campo o vive en el campo porque es pobre?

No son preguntas ociosas, muy pronto se revela que estamos hablando de causas que se vuelven efecto para más tarde convertirse en causas de mayor pobreza: el círculo perverso de la miseria.

Otra vez hay que conformarse con algunas observaciones al vuelo:

1. Capital humano. “Los trabajadores no se volvieron capitalistas por la difusión de la propiedad de las acciones, como supone el folklore, sino por adquirir conocimientos y habilidades que tienen valor económico” escribió Theodore W. Schultz, premio Nobel de economía 1979 (“La economía de los pobres”).

2. Derechos de propiedad. Aun admitiendo el dicho de Schultz, no cabe duda que la propiedad de medios de producción es crucial para salir de la pobreza. Medios de producción que pueden ser desde una bicicleta hasta un horno para fabricar tabiques.

3. Todo lo cual se relaciona con otra condición de la pobreza frecuentemente ignorada: ser pobre es ser menos libre. La relación estrecha entre propiedad y libertad, y entre esta última y el bienestar. Si la bicicleta la obtengo a cambo de sumisión, ya me fastidiaron.

4. Y apertura al mundo externo. Se es pobre porque —y no sólo cuando— se vive aislado y no hay forma de comerciar, de asistir a una escuela medianamente buena, de conocer nuevas formas de hacer las cosas que disminuyan la miseria.

A partir de lo anterior, los gobiernos deben establecer prioridades en el llamado combate a la pobreza: educación en un sentido amplio, equipamiento, comunicaciones, justicia clara y expedita, derechos de propiedad...

También queda claro, al menos, que el peor enfoque posible es el meramente asistencial. Y se redescubre un viejo principio, el principio de subsidiariedad, hacer que el menos capaz llegue a ser capaz, no sólo suplir sus incapacidades temporalmente.

Puede parecer ingenuo, pero mucho ganaríamos si ese principio se logra aterrizar en programas inteligentes para promover el bienestar duradero, para construir el círculo virtuoso que lleva del piso de tierra al de cemento y de ahí a la escuela y de ahí al trabajo remunerado y de ahí a la propiedad.

Menudo desafío.

© AIPE

El mexicano Ricardo Medina Macías es analista político.
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