AL MICROSCOPIO
Platón en las estrellas
Por Jorge Alcalde
La vida y la muerte, una vez más, se dan la mano. En este caso, a 5.000 años luz de la Tierra. Un equipo de astrónomos de la Universidad de Colorado en Boulder y de la de California en Berkeley han descubierto una clave para comprender mejor la relación entre la desaparición de viejas estrellas y el nacimiento de embriones de futuros astros.
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Cuestión de oportunidad
Los remanentes de supernova son restos perennes de la explosión pasada de una estrella masiva. Cada siglo pueden suceder varias explosiones de este tipo en nuestra galaxia, que son visibles a ojo desnudo desde la Tierra, pero en realidad los astrónomos modernos sólo fueron capaces de detectar una, y por casualidad, en 1987. Era la primera vez que se presenciaba este proceso fúnebre desde que Kepler realizara una observación similar en 1604. El problema está en que el cielo es demasiado grande y es imposible mirar a todos los lados al mismo tiempo. A los ojos humanos se les escapan muchos de estos acontecimientos por no enfocar al lugar adecuado en el momento justo.
Reencarnación
Hace 100.000 años, una supernova explotó en una región oscura del cosmos a 5.000 años luz de nosotros. El estallido dejó una nube de gas de 350 años luz de tamaño que todavía hoy se expande a la velocidad de 200.000 kilómetros por hora. Podría tratarse de la corona funeraria de una estrella que agotó todo su combustible internó después de un proceso de formación y envejecimiento de varios miles de millones de años. Pero, en realidad, no es otra cosa que el material espermático, los genes invisibles de la formación de nuevos astros que han de reencarnarse en soles fulgurantes a partir de las cenizas de la dama fallecida.
El hidrógeno de la vida
¿Cómo saben esto los astrónomos? Los equipos antes citados han enfocado hacia el remanente de supernova un espectrógrafo a bordo del satélite Fuse de la NASA. Estos aparatos rastrean los colores de la radiación que llega desde los lugares más lejanos del cosmos y, a partir de ellos, son capaces de determinar la composición química del objeto observado. Cada elemento tiene su huella particular e intransferible que queda grabada en un espectrógrafo. En este caso, entre las huellas resultantes aparecieron en abundancia marcas de hidrógeno.
En realidad, los científicos localizaron el hidrógeno de manera indirecta. Tuvieron que utilizar la luz de una estrella situada detrás del remanente de supernova como una lámpara para iluminar la zona artificial. Observando las sombras dejadas por el remanente al otro lado de la fuente luminosa, pudieron identificar la estructura del objeto reflejado como en un juego de cavernas platónicas.
Milagro
El hidrógeno es el ladrillo fundamental del que está compuesto el cosmos. Es el primer combustible de las estrellas jóvenes. En torno a sus moléculas se genera el primer estadio de la construcción de las galaxias. Hasta ahora, los científicos sospechaban que el final de una estrella desencadenaba de algún modo procesos de formación de otros astros. Es como si la muerte de un sol sirviera de catalizador para la síntesis de nuevos materiales cargados de futuro. Pero nunca antes habían observado este proceso de formación de un modo tan directo. Ahora podemos estar seguros de que en términos cósmicos la muerte y la vida son parte de un mismo proceso sin solución de continuidad. Se funden en los alrededores de esos fenómenos poderosísimos que son las supernovas, con el hidrógeno como mensajero milagroso.

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