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29 de Junio de 2001

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AL MICROSCOPIO

Pepinos biológicos

Por Jorge Alcalde

Una forma muy inteligente de conseguir que el enemigo no te gane es respetándole a él más de lo que él te respeta a ti. Supongamos que el enemigo sea la irracionalidad de las falsas ciencias, el horror de algunas medicinas alternativas o la paranoia cuasigeneralizada del ecologismo. Podemos dedicarnos a despotricar contra ellos y no nos faltarían razones de peso, a parte de lo divertido que podría llegar a ser. Pero quizás cometiéramos el error de no reparar en algunos datos preocupantes que, bien gestionados, servirían de señal de alarmas pero obviados podrían acabar siendo una vía de agua en el casco de nuestro buque.
Por ejemplo, uno de esos datos es el auge de la agricultura orgánica en Europa. Llevados por el pánico a las vacas locas, los pollos dioxinizados, las ovejas glosopédicas y los puercos apestados, los europeos han creído encontrar en la agricultura biológica la solución a su inseguridad alimentaria. Es ésta una disciplina respetabilísima que consiste en producir verduras y frutas sin uso alguno de elementos químicos tales como fertilizantes, pesticidas o conservantes. Como resultado: lustrosos tomates y pepinos, lechugas verdes con brillo natural y manzanas dulces y jugosas donde las haya. Eso sí, todo más bien escaso y caro.

Los errores de nuestro sistema científico de producción han llevado a muchos europeos a huir hacia un método agrícola absolutamente insostenible porque no hay tierras, dineros ni modo humano para dar de comer con él a toda la población comedora del planeta. A causa de los desmanes de algunos usuarios de la ganadería intensiva han quedado lo "verde" y lo "biológico" como los adalides de la salvación gastronómica del orbe. Y nadie osa levantar la voz contra la estulticia de algunos discursos defensores de la nueva agricultura sin química.

Pues habrá que intentarlo. Primero, porque llamar "biológica" a la agricultura que no usa aditamentos artificiales es apropiarse de un término que no corresponde a nadie, por muy ecologista que uno sea. Sería como decir que el agricultor que usa fertilizantes químicos y, por lo tanto, no es "biológico" está plantando ladrillos en lugar de patatas. ¿O es que éste no cultiva en la misma tierra, los mismos productos con las mismas semillas que son agentes tan vivos, tan biológicos, con sus células, su ADN, sus virus y sus humores como el que más?

Segundo, porque la moda de lo natural nos ha llevado a la narcosis por repetición. Lo natural es bueno; lo artificial, un horror. Pues, qué quieren que les diga, prefiero beberme un vaso de leche pasteurizada artificialmente que un chupito de cicuta directamente extraída de su fuente natural. Con la palabra natural sucede lo mismo que con la palabra normal. Si algo es normal, no pasa nada, está la mar de bien visto, es inocuo y hasta necesario. Aunque en la Alemania de Hitler ser nazi era de lo más normal.

Tercero, porque el odio a lo químico empieza a resultar patético. La agricultura biológica, nos dicen, es sana porque no tiene elementos químicos. ¿Puede alguien decirme que tiene de insalubre una aspirina, un tejido de kevlar que salva la vida a un submarinista, la goma con la que los neumáticos de mi coche se pegan al suelo durante las curvas, el plástico biocompatible de un bypass coronario, el tanino del vino? Pues todo eso es también química. Bueno, eso, y el agua con la que los ecologistas más radicales riegan sus tomates crecidos al sol de poniente con la sola ayuda de las cagarrutas de abejaruco que caen al azar en la tierra arada a la yunta.

Bueno pues, con tanta información a medias, manipulada o errada se ha recrecido el mundo de lo "bio" y de lo "eco" y ya no hay quien lo pare. Aunque, como empezaba este artículo con una intención de respeto al enemigo que estoy dispuesto a mantener, quizás no estaría de más que la ciencia (esa artificial, claro) se mirase un poco más en su propio espejo para corregir algunos de sus errores más básicos. Que si no, se nos va a ir el personal a comer pepinos biológicos. Y eso sí que no, con lo ricos que están los geológicos.
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