CRóNICAS COSMOPOLITAS
Peces en agua revuelta
Por Carlos Semprún Maura
De entrada confesaré no saber gran cosa sobre Perú, en donde jamás estuve, salvo algunas lecturas. Desde el Inca, la colonización, Pizarro, hasta el “chinito” Fujimori, algo he leído, no mucho, no más que sobre México o Argentina, pongamos. Mi relación libresca o personal con Perú pasa, también lo confieso aunque no sea culpa, esencialmente por Mario Vargas Llosa. Lo que escribió y me contó sobre su país, y hablando de la actualidad, la dictadura de Fujimori y su caída y la segunda vuelta conflictiva de las próximas presidenciales; recuerdo muy bien su excelente libro: “El pez en el agua”.
|
Siendo de los que desconfían, en principio, de los estrepitosos éxitos en cualquier campo intelectual o artístico (incluso político), tampoco llevo esa manía al extremo de sentirme molesto compartiendo admiración con muchedumbres, como en el caso de Mario Vargas Llosa. Claro, tengo mis preferencias y no siempre estoy de acuerdo con sus artículos, y soy más entusiasta con sus primeras novelas que con las últimas, pero este libro de 1993 me parece importante en su obra. Primero, literariamente, lo cuál no es moco de pavo tratándose de un libro —aunque a veces se olvide—. Por ejemplo, considero que ese paralelismo entre el relato de la infancia y adolescencia, con el diario de la campaña presidencial de 1990, en la que, sorpresivamente, fue derrotado por Alberto Fujimori, está muy bien logrado, y no era evidente. Porque ¿qué tiene que ver la curiosa infancia con un curioso padre y la dura y cruel batalla electoral, encerradas en un mismo libro? Pues está muy bien.
Mario, con sincera honestidad, cuenta todas las maniobras, cambalacheos, compromisos, juego de manos sucias, etc, que la nutrieron. Puede que fuera menos sucia que otras, porque si todas las elecciones en América Latina —y en otras partes—, tienen aspectos turbios, como los cerdos siendo todos iguales en la granja de Orwell, algunos lo son más; seguro que hubo y hay, fraudes más gigantescos de los que relata Mario en su libro. Puede, incluso, que Mario haya ocultado algún detalle, no tengo noticia de eso, ni lo creo, pero como decía Marx a sus hijas en privado: “Desconfiad de todo”. (Salvo de él, claro). Lo que quiero decir es que basándose en esas páginas, las acusaciones de Álvaro Vargas Llosa contra Alejandro Toledo me parecen inconsistentes. No es la primera vez que el hijo del novelista participa en campañas electorales: fue director de la de su padre y no tengo la impresión de que frenara en algún modo los aspectos oportunistas y demagógicos que tantas veces forman parte de esas batallas.
Resumamos los motivos de la mediática y tajante ruptura de Junior con el candidato de “Perú Posible”: tiene una hija off matrimonio, tomó cocaína, pagó 10.000 dólares para que no se hablara de su hija supuesta y, en su primera campaña contra Fujimori, recibió subvenciones del aventurero millonario y demagogo anticapitalista Georges Soros. Lo de la cocaína no es argumento, la toman todos, a ver cuándo se acaba la hipocresía sobre el tema. Lo de la hija es un asunto privado, puede que Toledo se haya portado muy mal, puede que no, pero las acusaciones incumben a la chica, a su madre, a sus abogados, y si se da el caso, a algún tribunal, pero no a Álvaro Vargas Llosa.
Esto me recuerda, claro, la hija clandestina de Mitterand, la boba de Mazarine —lo de “boba” lo digo porque escribe y publica, o sea que hay pruebas—. En este caso, Mitterand no la abandonó, al revés, la reconoció y la mimó muchísimo, pero quiso mantener un secreto absoluto sobre su existencia. No fue posible y es lógico en una sociedad semi abierta como la francesa. Pero ocurrió exactamente lo contrario de lo que temía el presidente: no hubo escándalo, la historia secreta, conocida y publicada, fue acogida con bastante simpatía. Bueno, tal vez Francia no sea Perú, no sé. Y en cuanto a los dólares, todo el mundo conoce el papel que el dinero desempeña en las elecciones, desgraciadamente, y ya es hora de que el Senado de los EEUU, por ejemplo, comience a estudiar nuevas normas para limitar el uso y abuso de los billones en la vida política. Líderes políticos como John Kennedy o Helmut Kohl, que no fueron de lo peor, también han sido acusados de recibir “dinero sucio”. Kennedy hasta de la Mafia, no directamente, claro, sino a través del inmenso imperio financiero “legal” que tiene en los EEUU, lo cuál hace difícil conocer exactamente cuándo está o no detrás de tal o cual banco o empresa la “cosa nostra”.
Volviendo a Perú, también recibió Mario Vargas Llosa ayudas financieras, no todas enviadas por ángeles inmaculados. Esto del dinero en la política constituye un monstruoso rompecabezas de difícil solución, pero no es absurdo pensar que, pese a todo, Mario Vargas Llosa no hubiera sido un dictador ladrón, como Fujimori, ni que hubiera hecho de Montesinos su hombre de confianza. En política, por mucho que nos pese, y nos pesa, no siempre se puede votar al mejor, porque no existe, sino al menos malo. En la cuestión concreta de las subvenciones a Toledo, lo primero que hay que demostrar es que fueron ilegales. No se trata de fatalismo, de decir, (de todas formas el dinero lo domina todo, también las elecciones), se trata de saber cómo luchar eficazmente contra ese dinero sucio y los fraudes electorales. Necesaria y difícil batalla. La situación en Perú, vista desde aquí, o sea, con un conocimiento superficial de la realidad peruana y de sus innumerables matices, puede, sin embargo, resumirse así: Alejandro Toledo parecía mejor que Alberto Fujimori, quien ha demostrado, siendo presidente, lo que podía hacer. Por lo tanto, Toledo sigue siendo, o parece seguir siendo, el mejor, o el menos malo, candidato para el Perú.
Pero estamos demasiado acostumbrados a los líderes populistas latinoamericanos, quienes prometen el oro y el moro, y que una vez en el poder, se convierten en el dictador de turno, para no tener cierto escepticismo ante figuras de “salva-patrias” como la de Alejandro Toledo, pero, pese a todo, las declaraciones y acusaciones de Álvaro Vargas Llosa, no acaban de convencerme. Se parecen demasiado a berrinches de niño mimado o al cabreo de un desilusionado que ha visto frustradas sus ambiciones personales, que a la crítica consecuente y política a un candidato. Que él y Jaime Bayly declaren que Alejandro Toledo les ha desilusionado y lo expresen, con el eco que en todas partes tiene la televisión, es su derecho absoluto; que convenzan es harina de otro costal, y que lancen la campaña a favor del voto en blanco, es de aquelarre.
A menos de que ya en la recta final se hayan o les hayan convencido de que Alan García es mejor candidato. En todo caso, lo único concreto en esta operación anti Toledo, además de la pobreza de los argumentos empleados, es que beneficia a Alan García. Pues éste ya fue presidente de Perú y llevó a su país a la ruina. Precisamente durante su presidencia, y para luchar contra su desastrosa política, nació el movimiento “Libertad”, liderado por Mario Vargas Llosa. Su primera acción espectacular y eficaz fue contra la “nacionalización” de los bancos, decidida por García. Pongo comillas porque estoy harto de que se confunda en todas partes Estado y Nación, porque la Nación representa mucho más que el Estado, y que “nacionalizar”, quiere decir poner en manos de la burocracia estatal, los bancos, las empresas, la cultura, etc. ¿Quién se va a atrever a afirmar a estas alturas que las empresas privadas sean menos nacionales (o internacionales) que las estatales? O sea que si la experiencia de Fujimori como presidente fue criminal, la de García fue nefasta. Me dicen que ha cambiado, que es consciente de sus errores pasados, pero ¿alguien piensa en serio que podía presentarse clamando: “¡haré lo mismo!”, cuando lo que hizo fue una catástrofe? Para ganar tiene que disimular. Los electores peruanos se encuentran ante el dilema que la jerga popular madrileña define como: “de Guatemala a guatepeor”. A menos que Alejandro Toledo, si es elegido, actúe más bien como espera Mario Vargas Llosa que como pronostica su hijo.
Terminaré con una pregunta sencilla: ¿nadie ha notado en el “escándalo de los vídeos”, demostrando la corrupción de la dictadura fujimorista, las tenebrosas actividades de Montesinos, y todo el resto que dio al traste con el régimen, la mano discreta de la CIA, o de otro “servicio” yanqui? Pues yo sí. Lo cual demostraría sencillamente que la CIA, que tantas veces se equivoca, no se equivoca siempre. Menos mal. Decir esto no es políticamente correcto, desde luego. Por ello se oculta, y yo lo digo.