Con relación al título del libro (tomado de su nota de despedida a Octavio Paz), señala que la pasión a sus escritos no les es ajena, aunque trate de escribir con la cabeza fría; no le es ajena “a juzgar por las reacciones que han merecido en diversas partes del mundo”. Y, desde este enfoque que tiende a emparentarlo a Paz, por la pasión y la permanente toma de posiciones, con la seriedad con que siempre se acerca al mundo, edifica este espléndido análisis de la convulsa sociedad de fin de siglo.
Hablando de la moral de responsabilidad y de convicción, que son para Weber connaturales al político, observa un hecho inquietante, relacionado con la vida que los partidos democráticos. Y es que van quedándose sin militantes. Como consecuencia de ello, “el desafecto popular los convierte en juntas de notables o burocracias personalizadas, con pocas o nulas ataduras al grueso de la población”. A esta peligrosa situación se ofrecen variadas explicaciones; la más habitual, es la relativa a la ausencia de líderes carismáticos. Vargas Llosa sostiene que la verdad es a la inversa: “aquellos dirigentes no aparecen porque las masas ciudadanas se desinteresan de los partidos. Y de la vida política, en general”. Por ello, sostiene, debe exigirse las verdades secas, completas, rotundas a quienes nos gobiernan, por duras que sean; actitudes como la Churchill cuando sólo prometió “sangre, sudor y lágrimas”. Los beneficios, en este sentido, siempre serán mayores para la supervivencia y para la regeneración de las democracias.
A propósito de la muerte del poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (Nobel de 1990), al que define como “un prosista de lujo” y un ensayista audaz y original, que vivió 84 años plenos de curiosidad juvenil, señala que nunca permaneció ajeno a los debates históricos y culturales de su época, ni temió afrontar la impopularidad. Tomó partido y explicó sus preferencias. No fue un diletante; fue un intelectual apasionado, que no temió ir contra la corriente. No fue comunista ni compañero de viaje, y jamás eludió criticar a los intelectuales que por oportunismo o cobardía han sido cómplices de dictaduras.
No menos conmovedor es su artículo sobre Nelson Mandela. Describe las penurias, su lucha solitaria en una inhumana prisión, el tesón de su espíritu y lo define como: “el más respetable político vivo de nuestro tiempo”.
Y entre tantas reflexiones de un libro tan rico, cabe mencionar, algunas páginas dedicadas al análisis del mundo cultural moderno. Comparte las críticas de Gertrude Himmelfarb al descontruccionismo y el estructuralismo de Michel Foucault, recuerda al olvidado Lionel Trilling, un liberal en lo político en cuanto fue un defensor de la suprema virtud de la tolerancia de las ideas ajenas y, también, a Edmund Wilson.
Comentando una exposición del Monet de los últimos años (a la que visitó en la Royal Academy) rescata los momentos de mayor creatividad del gran pintor francés, que había sido un excelente pintor. Pero, señala, la mencionada muestra exhibe su esplendor revolucionario a sus sesenta años. El momento más creativo de su vida. Entre 1899 y 1902, Monet hizo tres viajes a Londres para pintar el Támesis; los cuadros de esa experiencia muy poco tienen que ver con la realidad exterior. Tales obras, como las centenares de telas inspiradas en el jardín de Giverny, o bien, aquellas venecianas, y las últimas pinturas que eran una suerte de orgías de color, lo muestran convirtiéndose en “la piedra miliar conceptual sobre la que se levantaría toda la arquitectura del arte moderno”.
Nada deja sin tocar. Ni los problemas de la emigración, ni las formas de inutilidad de la OEA, ni las imposturas del mito del enmascarado subcomandante Marcos (despertando emociones a “la incesante viuda de François Mitterrand”, quien por cierto hizo su visita turística a Chiapas) así como habla de sus lecturas de y sobre el anglo/indio Naipaul, sus reflexiones sobre Paul Delvauxy, y en fin, entre tantos asuntos, los últimos días de Ceauscescu, a las peregrinas teorías que explican que la dictadura de Pinochet en Chile fue parida por las teorías económicas de Milton Friedam, y “la autocracia populista del teniente coronel Hugo Chávez”.
Con flagrante inteligencia, Mario Vargas Llosa nos ofrece, aquí, una visión y un análisis profundo de nuestra sociedad desgarrada por confrontaciones ideológicas e inquisiciones políticas, por las guerrillas y la paranoia intelectual. Escrito con pasión por la libertad, su pluma se entola con la de aquellos que profesan lo que Todorov ha llamado “una moral racional alimentada por el debate argumentado”.
Mario Vargas Llosa,
El lenguaje de la pasión, Editorial El País Aguilar, 2001, 344 páginas
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