MúSICA CLáSICA
Para no perderse con tanto disco
Por Carlos de Matesanz
Si es usted aficionado a la ópera, sin duda la discografía será una de las cosas que más quebraderos de cabeza le den. Ya sabe: ¿y qué grabación de “La Traviata” será mejor? ¿Y si me compro, a riesgo de arruinarme, el “Anillo del nibelugo” de Levine y luego resulta que es una patata (que lo es)? ¿Y cómo doy, con tanta “Bohème” como hay en el mercado, con una buena?
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Pues para ayudar al melómano que quiera construirse una discoteca sólida, ya sea para principiantes o para veteranos, la editorial Alianza acaba de publicar una suntuosa y completa guía: “Los mejores discos de ópera”, encargada, inteligentísimamente, a Fernado Fraga y Enrique Pérez Adrián.
El volumen, de 535 páginas y precio alto pero no inasequible, tiene una presentación realmente elegante. Con ella se nos sirven entre cinco y diez grabaciones discográficas completas de 113 títulos fundamentales del repertorio operístico de todos los tiempos. Cada ópera viene precedida de un breve pero exacto estudio que nos habla de su importancia histórica, sus características estilísticas y sus exigencias vocales. Después, cada una de las grabaciones recomendadas es analizada de modo pormenorizado pero en ningún caso farragoso o hipertécnico. Se adjuntan unos recuadros curiosos en los que los autores elaboran una especie de “reparto” perfecto para cada ópera, eligiendo de, entre las grabaciones seleccionadas, el mejor intérprete de cada papel.
Fernando Fraga y Enrique Pérez Adrián forman un tándem perfecto porque —dejando al margen sus incuestionables e inestimables conocimientos operísticos y discográficos—, son periodistas ambos, tienen el don de la palabra escrita y se complementan a la perfección. El humor picante de Fraga se modera con la mesura casi británica de Pérez Adrián y, si aquél es gran especialista en el repertorio italiano y archivo viviente de grabaciones “históricas”, éste le complementa en otros repertorios y otros aspectos. Las filias y fobias personales son uno de los peligros casi inevitables de todo crítico, pero también en esto se complementan los autores. Un caso concreto: la Caballé; la soprano catalana es de las que despiertan amores u odios entre los operófilos; sabido es que a Fraga le gusta entre poco y nada; evidente resulta que a Pérez Adrián la Caballé le seduce. Resultado: la Caballé aparece en esta guía cuando tiene que aparecer.
Se cae en la tentación de “calificar” las grabaciones elegidas, con una roseta de excepcionalidad, tres, dos y una estrellas, y éste es tal vez el punto más discutible. Aquí la subjetividad —siempre honesta e inevitable— es la que más puede para aupar una grabación por encima de otras excelentes. Pero es cierto que las grabaciones seleccionadas son siempre de lo mejor. Es decir, que conviene hacer caso más de la selección que del orden, fiándose cada uno de su instinto. Aún así, en caso de carecer de formación, información o experiencia, fiar en la de los señores Fraga y Pérez Adrián no es, desde luego, mala opción. Muy al contrario.
Hay algún otro punto criticable, como en toda obra; por ejemplo, una cierta abundancia de grabaciones “históricas” (antiguas o muy antiguas, con sonido lógicamente deficiente) y grabaciones “piratas” (efectuadas en vivo, en malas condiciones técnicas), cuando este tipo de registros —por excelente que sea su contenido musical— son más del interés del experto que del melómano medio.
Pero lo cierto es que con este libro, “Los mejores discos de ópera”, al fin contamos en nuestro país con una discografía lírica propia de primer rango, que supera todo lo realizado hasta ahora (que tampoco era mucho) y que es de total recomendación para el aficionado operístico.
RECOMENDACIONES DISCOGRÁFICAS
Las cajitas compactas que reúnen muchos discos en poco espacio, especialmente aptas para grandes integrales, han tenido un gran éxito en el mercado clásico; no sólo por el formato, sino porque el precio es también de lo más económico. Los sellos de la universal, pioneros en esta forma de presentación, siguen sacando excelentes ediciones en este formato. Hoy presentamos tres.
SCHUBERT: Las ocho sinfonías. Orquesta Filarmónica de Berlín / Karl Böhm. DEUTSCHE GRAMMOPHON 471 307-2 (249’30”) 4 CD.
No hay ni una sola integral sinfónica schubertiana que pueda recomendarse sin reparos —Muti, Sawallisch (EMI), Davis (RCA) — pero las dos más acertadas, ya están en formato “cajita”: la de Itsván Kertész para Decca, y ésta de Böhm, que es mucho más plácida, dulce y a veces blanda. Excelente en las tres primeras sinfonías, menos bien en la cuarta, soberbia en la quinta y algo falta de humor en la sexta, tiene en la Incompleta y en la Grande su punto más discutible, pero también su más brillante respuesta orquestal... porque hay que ver cómo está la filarmónica berlinesa. Esta caja tiene un disco menos que la de Kertész, pues no incluye suplementos —oberturas varias— pero los cuatro que contiene están muy bien aprovechados y en perfecto orden. Es ideal para comenzar con Schubert.
BEETHOVEN: Los tríos para violín, cello y piano. Trío Beaux Arts. PHILIPS 468 411-2 (356’24”) 5 CD.
He aquí una auténtica integral, en al más amplio sentido de la palabra: todas, pero todas las obras para trío con piano del genio beethoveniano: no hay otra grabación tan exhaustiva. Incluye, por ejemplo, las transcripciones para trío del Septimino Op. 20 o de la Sinfonía nº 2. Éste es el gran atractivo de esta caja, pero no el único, porque cada uno de sus discos está aprovechadísimo, con más de 70 minutos de duración cada uno. Además, el Beaux Arts es el trío más importante de la segunda mitad del siglo XX. A pesar de ello, su anterior grabación, menos completa (también en Philips, hoy descatalogada), ofrece más entrega musical y, en obras sueltas, ha habido interpretaciones de mayor categoría (Zuckermann, Du Pré, Barenboim, en EMI). Aun así, fundamental en cualquier discoteca beethoveniana.
SWEELINCK:La obra para teclado. Ton Koopmann. PHILIPS 468 417-2 (314’06”) 4 CD.
Si los discos de la anterior caja estaban bien aprovechados, los de esta, más: entre los 77’11” y los ¡80’40”! Pero, con todo, no es ése, ni de lejos, el principal atractivo de éste álbum. Lo importante es que encierra toda la música de tecla —tanto para clave o virginal como para órgano— del muy poco conocido músico de los Países Bajos Jan Pieterszoon Sweelinck (1562-1621). Obras bellísimas que, en la interpretación de un experto y paisano del autor, Ton Koopmann, lo son aún más. Soberbio en todos los géneros, riquísimo en matices, Koopmann hace brillar esta sobria música. La toma sonora, además, es de una transparencia única. Vamos, que es, lo que se dice una auténtica joya. Para todos, pero para los amantes de la música antigua, de volverse loco. Y a este precio. Vamos: ni pensárselo.