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LENGUAS DE ESPAÑA

Palmenta Barí

Un libro que solía yo regalar a mansalva era Lengua española y lenguas de España, de mi admirado Gregorio Salvador, editado por Ariel. Cuando, en vísperas de un viaje al extranjero, quise adquirir más ejemplares, se me dijo que Ariel ya no existía y que su fondo había ido a parar a Seix Barral. Al pasar por Barcelona fui a ver a mi antiguo amigo Pedro/Pere Gimferrer, al que no hubo manera de sacarle el libro de Salvador y que en cambio me obsequió con otro también editado por Ariel que, según él, superaba al que yo quería. 

Este libro tan justamente ponderado por Gimferrer se titulaba El español y el catalán, juntos y en contraste, y en él su autor, que se firmaba Germán Colón, no Germà Culomb, doctor por Lovaina, hacía un atento estudio comparado de las lenguas ibéricas, con atención preferente a la castellana y la catalana, poco menos que en pie de igualdad. 
   
Las diferencias entre ambas lenguas, ramas de grosor distinto del mismo tronco, bien a la vista están, como también lo está su estrecho parentesco.  Aun más estrecho es el parentesco entre la lengua catalana y la valenciana, pero hacer distingos entre ellas se me antoja tan superfluo como hacerlos entre el castellano hablado en otras regiones del mundo hispánico. Tal vez sea por eso por lo que doña Rita Barberá dice que un catalán no es más que un aragonés que habla mal el valenciano.
   
Ya sé que son muchos los compatriotas nuestros, desde el ínclito Pi y Margall hasta Goytisolo mismo, que vienen sosteniendo que cada región española habla un idioma distinto y que el castellano lo hablamos todos poco menos que a la fuerza.  Esta idea que nos parecía peregrina, ha hecho fortuna hasta el punto de que nuestros gobernantes se han visto obligados a exigir la cooficialidad europea de tres lenguas que luego han resultado siendo cuatro. Cuatro han sido, como los Evangelios, las versiones de la vigente Constitución presentadas en Bruselas, lugar de nacimiento por cierto de la Biblia políglota de Plantino.  No sé si la Biblia de Plantino es una referencia oportuna en la presunta capital de una presunta Europa que prefiere olvidarse de su tradición cristiana.  En la Biblia de Plantino intervino entre otros mi paisano Arias Montano, pero ignoro el nombre y la calidad de los autores de las versiones de la Constitución a cuatro o tres, según se mire, de las principales lenguas que se hablan en la península.
   
En una España que la democracia trata de convertir en la Torre de Babel, la confusión de lenguas no se reduce a las tres o cuatro de las versiones de La Nicolasa, a saber, la castellana, la vascongada, la catalana y/o la valenciana, y no deja de ser chocante que se omita, no ya el bable asturiano o el castúo extremeño, sino nada menos que el batúa de  Galicia, presunta “autonomía” histérica, como la vasca y la catalana, mientras se incluye a la valenciana, que no pasa de menopáusica.  Otra omisión de bulto es el caló, lengua como se sabe de la etnia romaní, para entendernos, de los gitanos. Y la omisión es imperdonable, pues existe ya una versión a esa lengua, hecha en su día por un funcionario del Banco Urquijo de Sevilla que al jubilarse se retiró al pueblo de Gines. Esa versión, que su autor titulaba Palmenta Barí, es decir, “Carta Magna”, debería haberse presentado en Bruselas con más títulos que ninguna, hoy que tanto nos desvelamos por las minorías étnicas, y pocas de tanto arraigo en España como la gitana. Los gitanos tienen tanto derecho como los vascos y los catalanes a que su lengua sea cooficial en Europa, aunque sólo sea por aquello que cantaba Ignacio Ezpeleta, gitano gaditano de apellido vascongado del que Lorca decía que era “hermoso como una tortuga romana”: Al pasar por un barranco / dijo un negro con afán/ ¡Dios mío, quién fuera blanco/ aunque fuera catalán!
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