Entre las decisiones adoptadas en la última reunión del G-8 destacan las nuevas condonaciones de deuda a países subdesarrollados. No voy a entrar ahora en la cuestión de si esa medida va a mejorar la situación de determinados países o si por el contrario ese alivio temporal presente, significará perpetuar la proverbial corrupción, ineficacia, belicosidad, antioccidentalismo y socialismo habituales en sus dictadores. Es difícil hacer propósito de enmienda cuando son otros los que cargan con los efectos de los vicios propios.
Donde sí me gustaría detenerme es en la génesis histórica de dicha deuda y en el hecho de que la misma se ha convertido en un lastre casi insoportable para mucho países que alegremente cogieron el camino del endeudamiento público que tanto gusta a keynesianos y socialdemócratas.
Entre las perversas ideas que el nacionalismo económico ha sostenido históricamente, pocas han causado tanta confusión y tanto daño como aquella que afirma que la multinacionales y la inversión de las empresas extranjeras no son más que aves de rapiña que saquean los enormes recursos económico de los países que las reciben. La vieja falacia mercantilista que sostenía que la riqueza estaba dada y que todo lo que cabía hacer era luchar por apropiarse de ella, llevaba irremisiblemente a dicha conclusión. La reformulación de Lenin a comienzos de siglo tuvo un doble propósito y efecto. Por un lado hacer más popular al comunismo entre los nacionalistas. Por otro, tranquilizar a aquellos socialistas que ya estaban viendo que ninguna de las profecías del viejo Marx se cumplía ni de lejos. Los trabajadores de los países capitalistas estaban alcanzando masivamente la opulencia.
Con este bagaje teórico, los diferentes gobiernos de los países que fueron alcanzando la independencia tras la II Guerra Mundial se embarcaron en la doble tarea de expulsar la inversión directa extranjera y de “explotar por ellos mismos” sus “muy abundantes recursos”. El razonamiento se presentaba así. Las compañías multinacionales se endeudan a través de masivos empréstitos para adquirir el equipo capital y tecnológico y obtienen espectaculares beneficios explotando nuestros recursos. Hagamos nosotros lo mismo y ese beneficio se quedará aquí. No tendremos ningún problema en pagar la deuda. Las multinacionales no lo tienen. Cuánto más nos endeudemos mejor. Quien tiene un buen negocio entre manos, pero anda escaso de fondos, no necesita socios, sino financiación a tipo fijo.
Después de cuarenta o cincuenta años, el balance no por esperado es menos trágico. Los supuestos beneficios jamás aparecieron. La riqueza que se iba a coger resultó que no estaba allí. Lejos de rapiñar, las multinacionales estaban creando riqueza. Lejos de aprovechar sus propios recursos, las empresas públicas de los países del tercer mundo estaban dilapidando los factores productivos que se les habían alquilado.
En la actualidad la mina más importante de oro del mundo está en Indonesia. Concretamente en la parte occidental de la isla de Nueva Guinea. Es una mina a cielo abierto a dos mil metros de altitud en medio de ninguna parte. Una montaña en medio de una orografía imposible, envuelta en la selva más espesa. Cuando Freeport Mining se planteó la eventual posibilidad de ponerla en explotación, no había forma humana de llegar hasta ella, salvo a través de la marcha a pie durante días por acantilados y selva. El puerto más cercano se encontraba a 180 kilómetros. Por aquella época, el valor estimado de los activos de Freeport Mining era de 6.000 millones de pesetas. La montaña en cuestión a efectos económicos no llamaba más la atención, ni tenía más valor que un pedazo de terreno del subsuelo marino abundante en minerales.
Pues bien, en uno de los milagros técnicos, a la par que económicos más destacables que se han visto en bastante tiempo, Freeport Mining consiguió no sólo poner en explotación la montaña, sino además hacerlo de forma muy rentable. El valor de Freeport Mining hoy está cercano a los seis billones de pesetas. De esa montaña antiguamente pintoresca y estéril hoy sale mineral para hacer más confortable la vida de millones de personas. Además, los maoríes de la zona que allí se emplean, tienen ahora unos ingresos notabilísimamente superiores a los que habían obtenido nunca. Conseguirlo supuso empresarialidad y más empresarialidad. Revisar y volver a revisar los costes, los materiales más adecuados en la relación calidad precios, encontrar las soluciones técnicas más ingeniosas una y otra vez siempre con la espada de Damocles de las pérdidas masivas sobre la cabeza. ¡Lo intolerable del asunto es que ahora se mostrará cómo una perversa distribución de la riqueza que el valor de los activos de Freeport Mining sea superior a la renta anual de algún país africano o que sus beneficios sean a todas luces “excesivos”!
Frente a esto, los sátrapas socialistas metidos a “empresarios” (perdón por la incorrectísima utilización del término) hicieron todo lo contrario. Para ellos el beneficio es algo socialmente inaceptable así que se instalaron en la pérdida (el despilfarro). Las empresas públicas se rellenaron con todos los familiares y amiguetes de turno. Pasar noches en vela para buscar el mejor uso posible de los factores o una solución técnica todavía más económica es algo que ni siquiera cabía en el campo de lo imaginable. Las medidas como el control de los precios, la demagógica política energética o la impunidad sindical significaban echar más gasolina al fuego. Cuando el economista indio Swaminathan —fue él quien consiguió hacer a la India autosuficiente en la producción de alimentos a comienzos de los años 70 a través de la eliminación de la precios máximos de los alimentos—, dijo que el mapa de la pobreza en el mundo es el mapa de las políticas y las ideas desacertadas llevaba más razón que un santo. Ahora nosotros tendremos que pagar la necedad de los que lejos de arrugarse siguen campando por sus respetos vitoreados por medios de comunicación y autoridades religiosas. ¡Qué pena!