AL MICROSCOPIO
Orgullo de hablar de ciencia
Por Jorge Alcalde
Esta semana ha vuelto a ocurrir. La excusa: la sentencia del electromagnetismo. Por primera vez, un tribunal español ha otorgado una indemnización a un ciudadano que se sentía amenazado por la radiación electromagnética procedente de un generador eléctrico situado bajo su casa. La sentencia es esquiva. En realidad interpreta el exceso de radiación detectado en el hogar (muy por encima de los niveles permitidos por la ley) como una invasión ilegítima en el espacio de la vivienda, pero evita pronunciarse sobre los posibles efectos dañinos que dicha invasión puede tener en la salud de los ocupantes. Da igual. La ignorancia de unos, la torpeza de otros, la molicie de los más y la mala fe de no pocos servirá para que esta sentencia sea recordada como un triunfo de las posturas contrarias a la instalación de generadores, torres de alta tensión, hornos microondas, antenas de telefonía móvil y todo tipo de artilugios emisores de una u otra radiación sobre cuya supuesta peligrosidad nada está demostrado.
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Un ejemplo: el informativo nocturno de Antena 3 TV del pasado jueves recoge la información con cierta notoriedad. El reportaje da por hecho que buena parte de los científicos reconoce que estas instalaciones son nocivas (falso). Y, como muestra, se emiten declaraciones de una doctora de acento francés y de José Luis Bardasano, investigador muy combativo contra las radiaciones electromagnéticas y ciertamente cuestionado por muchos de sus colegas. Evidentemente, el minuto escaso que otorga un informativo televisivo imposibilita una mayor profundidad en el caso. Pero ni la elección de los entrevistados ni el tono general del texto parecen compadecerse con la realidad de las investigaciones científicas sobre el tema que, repito, no han podido demostrar la relación directa entre las emisiones de estas radiaciones domésticas y enfermedad alguna.
En cualquier caso, el asunto que me mueve a la reflexión es más complejo. Tiene más que ver con una pregunta difícil de contestar. ¿Quién nos informa sobre ciencia? Entre vacas locas, Tireless, teléfonos móviles, aftosas, planes hidrológicos y dioxinas, los periódicos y noticieros de los últimos meses parecen el tablón de anuncios de una facultad de ciencias. La mayoría de los problemas que hoy afectan al ciudadano medio tiene una relación directa o indirecta con alguna disciplina científica. Pero, sistemáticamente, los expertos en cada una de las materias se quejan de la dolosa falta de rigor que afecta a las informaciones que llegan a la ciudadanía.
La solución no es fácil. La ciencia es, por definición, el reino de la incertidumbre, la parsimonia, la cautela y la relatividad. El periodismo exige certezas, titulares, contundencia y espectáculo. Traducir el lenguaje científico en discurso mediático supone caminar sobre un campo minado con los ojos cerrados y a la pata coja. Pero, además, cuando el asunto científico tiene que ver con los miedos, emociones, esperanzas o frustraciones del ciudadano de a pie, la cosa se hace aún más difícil.
Un estudio reciente de la Universidad de Oregón ha demostrado que la percepción del riesgo tecnológico depende de la cercanía del aparato en cuestión. No nos parece peligroso que un satélite espacial vaya cargado con plutonio radiactivo, pero nos espanta que se mencione que nuestro horno emite microondas. Aunque, objetivamente, es más probable que el satélite caiga sobre una ciudad habitada causando una catástrofe antes de que algún estudio serio demuestre que las microondas con las que calentamos la leche son perjudiciales.
Ocurre que la información científica carece, de momento, del respeto que merece. Es fácil escuchar a intelectuales, tertulianos, comentaristas políticos o directores de medios de comunicación que reconocen no tener ni idea de fútbol o de toros y, honestamente, se inhiben a la hora de enjuiciar una actuación arbitral o un pase de pecho. Eso está bien visto. Pero es raro que este rapto de honestidad se produzca cuando hablamos de los átomos del Tireless, los priones de las vacas locas, los picornavirus de la fiebre aftosa o los electrones de una antena. De eso todos sabemos mucho, y somos capaces de emitir juicios sin empacho, Los científicos nos alertan: buena parte de esos juicios sirven para echarse unas risas a los expertos en las cafeterías de las facultades.
Según la Unesco, en el mundo hay 200.000 publicaciones científicas y médicas de las cuales 8.000 son especializadas. Dentro de este grupo, 3.500 títulos pertenecen a las llamadas revistas de referencia, publicaciones cuyo prestigio y rigor las convierte en biblias de su sector. Si alguien (un ciudadano, un investigador, un periodista) quiere enterarse de la opinión de la ciencia sobre alguno de los casos de actualidad citados, no tiene más que acudir a ellas.
En España, las revistas de ciencia y tecnología (incluidas las no especializadas y más generalistas) mantienen un mercado estable de cerca de 5 millones de lectores. La ciencia interesa y vende. Pero sigue echándose de menos que los medios de información general (diarios, emisoras de radio, cadenas de televisión) le concedan el respeto que se merece. Quizás falte por contagiar a la profesión el orgullo de hablar de ciencia, el mismo orgullo que, con razón, exhiben los prestigiosos editorialistas, comentaristas deportivos, analistas políticos y expertos en economía de los que goza nuestra prensa.