La confirmación por el Senado fue una ruda prueba para el juez Thomas, quien no podía prever el ensañamiento de gente opuesta al concepto de una nación regida por leyes, en vez de por funcionarios dispuestos a torcer las leyes en favor de ciertas causas populares del momento.
Thomas dice que en los casos que llegan a la Corte Suprema lo más difícil no suele ser encontrar la respuesta legal correcta, sino tener la valentía personal de insistir en ella, en contra de todas las olas de presiones, críticas y protestas de grupos interesados en que la decisión sea diferente.
Cuenta que en 1980, recién llegado a Washington, sostuvo una larga y sincera conversación con un periodista del
Washington Post, a quien le comentó lo que consideraba eran legítimas objeciones a ciertas políticas como las del estado benefactor, la acción afirmativa, meter a niños en autobuses para llevarlos a escuelas en otros distritos, etc. Thomas pronto se llevó la sorpresa que no es políticamente correcto cuestionar tales planes de acción política y procedió a recibir los peores insultos que jamás había escuchado. Resulta que en las cuestiones realmente difíciles no se quiere permitir que las puertas estén abiertas al debate y a la expresión de ideas diferentes. Y aquellos que lo intentan suelen ser ferozmente atacados e intimidados. Thomas cuenta que se consideraba imperdonable que alguna persona blanca cuestionara la sabiduría convencional de ciertas políticas raciales y si lo hacía un negro como él, entonces se interpretaba como una traición a su propia gente.
Pero en los asuntos que uno considera importantes no hay que dejarse acobardar, por más despiadada que resulte la crítica de aquellos que nos quieren imponer a la fuerza su manera de pensar. En su oficina, el juez Thomas tiene un letrerito que dice: “Para evitar ser criticado, no diga nada, no haga nada, no sea nadie”.
El precio de ser un verdadero ciudadano libre puede ser bastante alto, pero Thomas nos recuerda que hay tres cosas más importantes que la comodidad personal: las obligaciones, el honor y la patria. Lamentablemente, el espíritu de valiente firmeza que distinguía a los próceres fundadores de la nación parece no ser ya considerado como una de las principales virtudes a ser transmitidas a las futuras generaciones. En las escuelas del gobierno, a los niños ya no se les inculcan tales principios morales; más bien se les enseña que diferentes personas tienen comportamientos diferentes, que no debemos juzgarlos sino aceptarlos como son. Eso, entonces, nos permite también hacer lo que nos venga en ganas y si hacemos algo muy malo, la culpa no es nuestra sino de la sociedad.
Thomas nos recuerda el mensaje que el Papa Juan Pablo II llevó a todos los rincones del mundo, retando a los dictadores y asesinos de sus pueblos: “No tenga miedo”. Ese fue el fondo de sus prédicas a la gente que vivía bajo la tiranía comunista en Polonia, Checoslovaquia, Nicaragua y China.
Hoy, la mayoría de nosotros no vivimos bajo una tiranía tipo nazi ni fascista ni comunista, pero indudablemente que enfrentamos una guerra cultural y para lograr preservar la libertad es necesaria nuestra activa participación, una “constante vigilancia” por parte de la ciudadanía. Y por encima de todo, tenemos la obligación de vigilar que malos maestros y propagandistas no destruyan durante el horario escolar todos aquellos principios y tradiciones que luchamos por inculcarle a nuestros hijos. No tenga miedo.
©
AIPECarlos Ball Director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del
Cato Institute.