Para llegar a viejo es necesario no morirse antes. ¿Obvio, verdad? Pues parece que hay gente que no termina de tenerlo en cuenta. Me refiero a los no pocos amantes de la especulación científica que tanto gustan de prometernos un futuro de excelencias biomédicas donde los seres humanos superen sin dificultad los 100 años de edad. La promesa ha reverdecido con la reciente publicación del mapa genético humano y con la incursión en el panorama mediático de algunas investigaciones sobre el efecto de las dietas bajas en calorías en la longevidad. El sueño de un mundo preñado de centenarios está a punto de hacerse realidad, nos dicen.
Pero un vistazo más frío a la realidad científica debería servir para relajar la imaginación. Es lo que ha hecho, sin ir más lejos, esta misma semana el doctor Jay Olshansky, de la Universidad de Illinois, con una curiosa aportación a la revista Science. Según sus datos, si las tendencias de edades y sexos se mantienen en los próximos años a los niveles observados en la última década del siglo XX, la esperanza de vida al nacer combinada entre hombres y mujeres no alcanzará los 100 años hasta el siglo XXII en Francia y Japón y hasta el siglo XXVI en Estados Unidos. ¡Menudo jarro de agua fría!
La razón es que, como este mismo investigador descubrió empíricamente en 1990, cuando la esperanza de vida al nacer aumenta, la pirámide demográfica se hace menos sensible a disminuciones en la tasa de mortalidad. En otras palabras: las sociedades más desarrolladas, donde la longevidad es alta, han alcanzado sus umbrales de disminución de la mortalidad: ya no hay grandes epidemias, enfermedades contagiosas o deficiencias alimentarias que provoquen muertes en masa, la gente tiende a morirse, porque se tiene que morir y eso, hoy por hoy, es inevitable.
Es cierto que en estas mismas sociedades económicamente solventes puede ser más habitual encontrar individuos muy longevos. Pero estos individuos no hacen más que marcar picos de longevidad. La esperanza de vida al nacer es una razón estadística que tiene en cuenta a todos los miembros de un grupo, no sólo a los que se hallan e los extremos.
De hecho, es evidente que resulta más fácil añadir una década de vida a la media de los niños que mueren por infección en el Tercer Mundo (bastaría con incluir en su tratamiento los antibióticos suficientes) que añadir una década de vida a la media de los ciudadanos de un país desarrollado que han superado los 70 años. Ésta es la razón por la cual sólo sería realista pensar en un aumento real de la esperanza de vida al nacer hasta los 90 o 100 años si se produjeran cambios radicales en nuestros conocimientos biomédicos que permitieran a la ciencia modificar las bases fisiológicas del envejecimiento, y siempre que esos avances pudieran aplicarse a grandes poblaciones.
Es decir que, por mucho que se empeñen algunos, los cambios en la calidad de vida, en la dieta o en la farmacopea no podrán por sí solos auparnos hacia una vida centenaria. Sería necesario que disfrutáramos de la posibilidad de manipular las bases mismas del envejecimiento y erradicar las enfermedades que se derivan de él. Algo harto improbable a corto plazo.
Podremos pues olvidarnos de tomar alimentos vitaminados, complejos reconstituyentes u hormonas de la juventud. Ni melatoninas, ni ejercicios sanos, ni vida relajada. La longevidad es algo más serio y, de momento, menos controlable. Quizás vaya siendo hora de sustituir algunos términos de nuestro vocabulario. En lugar de hablar de esperanza de vida al nacer, deberíamos pensar en “esperanza de salud al nacer”. Porque, según nos dicen ahora, no es tan importante cuánto se vive, sino cómo se vive. Eso algunos ya lo sospechábamos.