Pero su agenda rara vez es honesta. Convencidos de su superioridad moral, los imperialistas verdes utilizan su retórica persuasiva y medios indirectos para paralizar el desarrollo económico. Su objetivo es impedir una economía global, con la excusa de proteger el ambiente y suprimir el crecimiento nacional. Y hasta ahora han tenido mucho éxito.
Los misioneros verdes, en el ámbito internacional, seducen a los países en vías de desarrollo para que firmen tratados ambientales internacionales que restringen el comercio. En sus países de origen y en el extranjero, estos ecoimperialistas “globales” utilizan una serie de tácticas para detener los proyectos (represas, plantas generadoras de electricidad, refinerías químicas, actividades mineras, operaciones forestales, aserraderos, exploraciones, transporte y refinación de petróleo) que mejorarían la calidad de vida de los más pobres de esas naciones.
Este asalto externo e interno al progreso económico y tecnológico es grave. En Chile, una coalición antidesarrollo no sólo amenaza la expansión en zonas remotas de operaciones forestales que proporcionaría trabajo de alta tecnología y mejoraría el componente del valor agregado doméstico, sino que también paralizan nuevos proyectos creativos para “cultivar” salmón.
Esto es verdaderamente trágico. Pocos pobres prefieren la pobreza. La oposición al crecimiento proviene de los ricos del mundo. Las fundaciones americanas juegan un papel clave en el freno al desarrollo chileno, financiando grupos que pretenden detener el desarrollo económico. Un ejemplo: Douglas Tompkins, un norteamericano residente en Chile, sostiene que la prometedora industria chilena del salmón debiera ser clausurada porque las especies que se cultivan no son "nativas".
Pero Tompkins tampoco es “nativo”. Tompkins es un típico misionero “verde”, un gringo muy rico que hizo fortuna con sus empresas Esprit Clothing Corp. y The North Face. Su esposa es parte de Patagonia Clothing Co., otra empresa global políticamente correcta. Visten a los ricos del mundo con elegancia ecológica y luego invierten parte de sus utilidades en suprimir las esperanzas económicas de los pobres, algo muy frecuente entre los misioneros verdes.
Los Tompkins del mundo son arrogantes; creen que sus valores deben imponerse; ellos sí saben lo que les conviene a los chilenos. No se dan cuenta que un mundo sin oportunidades económicas es un mundo en el cual el medio ambiente estará horriblemente afectado.
Tompkins, al menos vive en Chile. La mayor parte de la financiación de actividades contra el desarrollo proviene de fuera, de ricas fundaciones americanas. Una de ellas, Weeden Foundation, creada por el inversionista de Wall Street Frank Weeden, ha dado más de 200 mil dólares a ambientalistas chilenos en los dos últimos años para sus campañas antiforestales. Lamentablemente, tales “campañas” sólo promueven un cruel e irracional conflicto entre el desarrollo económico y la protección del medio ambiente. Esos grupos insisten que el “ecoturismo” beneficia más a los chilenos. Con su paternalismo elitista pretenden determinar quiénes pertenecerán para siempre a un tercer o cuarto mundo.
En Estados Unidos y Europa la riqueza ha permitido suprimir actividades contaminantes y muchas de sus elites olvidaron la base de su fortuna y prosperidad. Han crecido acostumbrados a cenar muy bien todas las noches, sin nunca ver los platos sucios.
Ellos ahora pretenden “salvar” a los pueblos de los “horrores” de la prosperidad, en nombre de la preservación del patrimonio mundial. Los pobres no tienen acceso al “lujo” de la educación, instalaciones sanitarias, electricidad, movilidad, agua potable ni tecnologías que simplifican el trabajo. Al igual que los europeos y norteamericanos del siglo XIX, preferirán “invertir” algo del patrimonio natural de su nación, como cortar algunos árboles, construir represas, extraer minerales, para poder lograrlo. Pero los ecoimperialistas pretenden restringirles esas opciones.
La protección de nuestro planeta requiere que integremos el bienestar humano (la “economía”) con el bienestar del medio ambiente (la “ecología”). Tal objetivo se logra promoviendo la protección de la propiedad privada y educando. Un pueblo que goza de bienestar está más dispuesto a conservar el medio ambiente. Ello se logra promoviendo, no prohibiendo, el desarrollo económico.
Es inmoral y absurdo tratar de convertir a Chile y a otros países latinoamericanos en museos ecológicos, donde el hombre es considerado como un intruso. Pero ese parece ser el objetivo de muchos verdes. La nueva y pesada cruz de los pobres es una cruz verde.
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AIPEFred L. Smith Jr. es
presidente del Competitive Enterprise Institute (CEI) de Washington.