MúSICA CLáSICA
Navidaz con zeta
Por Carlos de Matesanz
Es terrible, señoras y señores lectores: se acerca la Navidad. Pero no la Navidad
del dulce Nacimiento, la de los buenos sentimientos y la familia reunida en el
hogar: sino esa otra Navidad de la que no hacemos más que quejarnos pero a la
que nos lanzamos ansiosos como consumidores natos que somos, la Navidad vulgar
y materialista que, por su propia vulgaridad y materialismo debería ser llamada
Navidaz con zeta... sin que esto tenga nada que ver con el Grupo ídem de comunicación,
claro.
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Sabedores de que, inmersos en esta vorágine consumista, también los melómanos
vamos a picar y a dejarnos los cuartos comprando como todo quisque, los sellos
discográficos incrementan sus lanzamientos y los centros musicales, sus “conciertos
de Navidad”; conciertos que, dicho sea de paso, son siempre el mismo: el sobadísimo
“Oratorio de Navidad” de Bach o “El Mesías” de Händel. En países más cultos musicalmente,
alternan esta omnipresencia con obras como “La infancia de Cristo” de Berlioz,
el “Cascanueces” de Tchaikovsky, el “Hänsel und Gretel” de Humperdinck o “El Murciélago”
de Strauss. Y no deberíamos olvidarnos de la “Misa del Gallo” de Charpentier o
el “Oratorio de Navidad” de Saint-Saëns, que por este solar hispánico, ni los
conocemos. Bueno, pues, a pesar de ello, nosotros (es decir, nuestros responsables
culturales) empeñados en Bach y en el que va a acabar siendo su “Oratorio de Navidaz
con zeta”.
Y esto sería un mal menor, porque la gran música -y más la de Bach- nunca estorba,
sino todo lo contrario, aunque se la sobe más de la cuenta. Lo que realmente da
una pereza de morirse son los montajes navideños de ínfimo nivel y de máxima promoción,
tanto en lo concertístico como, sobre todo, en lo discográfico. Ya saben: los
divos de turno dándole al villancico hortera (o al villancico horteramente aliñado,
porque algún villancico estimable “per se” habrá, aunque lo dudo). Este año, además,
toca suplicio máximo: ¡¡¡Los Tres Tenores cantan a la Navidaz con zeta!!! No vamos
a extendernos en denuestos, porque todos sabemos la catástrofe musical que ello
significa.
Igualmente desconsolador es que el sello musical de nuestro ente público RTVE
se apunte al bombardeo navideño aprovechando estas fechas de consumo para sacar
su enésimo subproducto de “Clásicos musicales”, disco horroroso en el que, quitando
una pieza de Teobaldo Power dirigida por Argenta, todo es para tirar a la basura.
Menos mal que, a pesar de todo esto, la Navidad con de sigue ahí y que quienes
aún tengamos un poco del niño que fuimos dentro intentaremos revivirla. Y si no,
como antídoto -porque de los Tres Tenores no nos libra nadie, aunque nos encerremos
bajo siete llaves en casa- siempre podemos ponernos morados a escuchar sinfonías
de Shostakovich, cuartetos de Beethoven y Madrigales de Monteverdi, que nada tienen
que ver con la Navidaz con zeta.
RECOMENDACIONES DISCOGRÁFICAS
R. STRAUSS: Integral de lieder con orquesta. Solistas vocales, Orquesta
Filarmónica de Niza / Friedrich Haider. NIGHTINGALE NC 000072-2. 3 CD (197’17”).
Todas
las canciones para voz y piano de su creación que orquestó el propio Richard Strauss
están recogidas en esta interesante nueva grabación, cuyo único lunar está, precisamente,
en la prestación orquestal, pues la Filarmónica de Niza -muy bien dirigida por
Haider- es agrupación en exceso modesta, aunque muy pulcra, para este empeño.
Sin embargo, las prestaciones vocales son excelentes, comenzando por la esposa
del director, la imponente Edita Gruberova, que es una excelente straussiana.
Las otras dos sopranos -Judith Howard en los lieder más ligeros y Adrianne Pieczonka
en los más pesados, incluyendo los “Cuatro últimos”- quedan un tanto a su sombra,
igual que la mezzo Petia Petrova, de bello timbre. Los caballeros brillan por
sí mismos: Peter Straka, a pesar de su voz de tenor no muy hermosa; Boje Skovhus
como uno de los grandes barítonos liederistas de la actual generación, y el gran
bajo Kurt Moll como el fantástico artista que siempre ha sido, a pesar de que
su voz haya perdido brillo.
VARIOS: Thomas Adès, piano. Obras para piano del siglo XX interpretadas
por Hades. EMI 5 57051 2 (72’01”).
Thomas
Adès es uno de los compositores jóvenes más promocionados del actual panorama
internacional merced a su relación como compositor residente de la Orquesta Sinfónica
de la Ciudad de Birmingham y su contrato con el sello EMI, con el que ya ha grabado
varias de sus obras, dirigiéndolas. Pues bien, además de director y compositor,
Adès es un notable pianista, tal y como puede apreciarse en este su primer y muy
interesante recital. Junto a piezas de vanguardia de György Kurtág, Conlon Nancarrow
o Niccolò Castiglioni -elegidas con mucho tiento-, Adès interpreta piezas más
clásicas de Grieg, Stravinsky, Busoni o Janáçek, descubriéndonos, además, al compositor
Alexey Stachinsky (1888-1914). Más que por sus valores estrictamente pianísticos,
que los tiene, éste es un disco de interés estrictamente musical. A Adès podrá
criticársele -y no sin motivo- como compositor o intérprete, pero no como exquisito
seleccionador musical.
WAGNER: Oberturas y preludios. Orquesta Filarmónica de Viena / Karl
Böhm. DEUTSCHE GRAMMOPHON 469 538-2 (48’54”).
Pasamos
al apartado de reediciones fijándonos en un par de referencias recientemente incorporadas
a la serie económica Classikon y que son históricas, como el presente cedé con
las oberturas de “Rienzi”, “Tannhäuser”, “Maestros cantores” y “Parsifal” de Wagner,
dirigidos a la mejor orquesta del mundo por Karl Böhm, con su particular solidez
y luminosidad, interpretaciones de ideales modestos y terrenos pero sinceros y
de realización magnífica. La música respira por sí misma, fluye espontánea y clara,
sin alambicamientos. Lástima de lo breve que es la duración del disco, en el que
hubieran cabido, perfectamente otros dos preludios más: por ejemplo, “Tristán”
y “Lohengrin”.
DEBUSSY: Cuartetos. Cuarteto Lasalle. DEUTSCHE GRAMMOPHON 469 591-2
(51’39”).
Tampoco
es muy generosa la duración de esta otra referencia, pero éste es un compacto
perfectamente completo en sí mismo. La agrupación de los dos únicos cuartetos
de Debussy y Ravel es inevitable y siempre deseable; obras vecinas y casi consecuente
la una de la otra. Además, esta interpretación, límpida, aristada e implacable,
es una de las máximas referencias discográficas de estos cuartetos, insuperada
desde el punto de vista “moderno”; desde el “romántico”, tal vez cabría preferir
al Cuarteto Orlando o al de Tokio. La toma sonora, además, es de excepcional calidad.