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EDUCACIÓN

Meritocracia y socialismo

A riesgo de incurrir en una simplificación, se podría decir que la política educativa tiene como objetivo fundamental conciliar dos ideales en conflicto, la igualdad de oportunidades y la calidad de la enseñanza.


	A riesgo de incurrir en una simplificación, se podría decir que la política educativa tiene como objetivo fundamental conciliar dos ideales en conflicto, la igualdad de oportunidades y la calidad de la enseñanza.

Nadie discute el deber del Estado de educar a todos por igual en los niveles de primaria y secundaria. No obstante, en esta última, en los países industrializados se abre un proceso de selección por méritos y aptitudes con vistas al ingreso en universidades de prestigio.

El precursor de la selección por méritos fue el sicólogo francés Alfred Binet, el primero en publicar la prueba estandarizada de inteligencia denominada IQ (Intelligence Quotient). En cuanto al vocablo meritocracia, fue acuñado por el sociólogo británico Michael Young en 1958, en su libro The Rise of the Meritocracy. Pero fue en EEUU donde prendió la idea.

En la década de los 40, los rectores de Harvard –James Bryant Conant–, Yale –Clark Kerr– y California –Kingman Brewster Jr.– fueron los primeros en advertir que en EEUU las universidades estaban nutriendo a una élite hereditaria que negaba los principios democráticos e igualitarios de la Constitución. Para corregir esta situación, propusieron una nueva y compleja jerarquía, pensada para reclutar a los mejores cerebros de todas las clases sociales. Lo cual no condujo a una reducción del número de universitarios. Todo lo contrario. El efecto fue la extensión de la enseñanza superior de manera extraordinaria. En 1900 sólo un 3% de los jóvenes de 23 años había obtenido un grado universitario; para 1990, esa cifra se había decuplicado.

Méritos y socialismo

Ese esfuerzo colocó a EEUU en cabeza en los ámbitos del conocimiento científico y tecnológico. Pero su ejemplo no convenció a los europeos. A partir de las protestas del 68 francés, y especialmente en los países con gobiernos socialistas, apostaron por que las universidades relajaran sus pruebas de admisión.

El resultado fue catastrófico. Hoy en día, ninguna de las universidades alemanas se cuenta entre las 50 mejores del mundo. Las listas las dominan las universidades norteamericanas, y las excepciones europeas son Oxford y Cambridge. La calidad de la educación en el Nuevo Continente decayó y las aulas se masificaron. En un siglo, la Unión Soviética acumuló el mismo número de premios Nobel que la Europa pre-masificación en sólo diez años.

Michael Young, el británico que acuñó el vocablo meritocracia, murió hace unos años. En su libro escribía, en modo satírico, acerca de una élite sustentada en el talento y las habilidades cognitivas que tomaba el poder en 1958 y era desalojada del mismo en 2023 por una revuelta popular.

Lamentablemente, Young murió sin saber que esa revuelta de ficción contra la pérfida meritocracia se hizo realidad en Venezuela. Una revolución humanista y bolivariana erradicó la absurda idea de favorecer a aquellos estudiantes que tienen mejor preparación y puntuación académica. Así lo proclamó uno de los pensadores socialistas de esta era, el almirante Franklin Zeltzer, rector de la Universidad Nacional Experimental de la Fuerza Armada Bolivariana.

 

© Diario de América

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