Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
8 de Junio de 2001

En portada

La escritura grungePor Agustín Jiménez
¡Anita siempre la arma!Por Carlos Pérez Gimeno
Tuertos o hemipléjicosPor José Ignacio del Castillo
TeloneroPor Rafael Escalada
Cientos de ojos nos miranPor José Hermida
¿Do fuir?Por Julia Escobar
Platón en las estrellasPor Jorge Alcalde
Tolerancia y anomiaPor Antonio López Campillo
Los elegidosPor Manuel F. Ayau Cordón
Los ThunderboltsPor David Jiménez Torres
Crear imágenesPor Fabián C. Barrio
Nuevos y viejos fascismosPor Carlos Semprún Maura
Un decálogoPor Roberto Blum
Lo que piensan los ReyesPor José Apezarena
Preparándose para BarenboimPor Carlos de Matesanz
La demolición de LetamendiPor Alicia Delibes
Pena, penita, penaPor Ignacio Montes
Menos planes y más Estado de DerechoPor Ricardo Medina Macías
La diabetes por InternetPor Libertad Digital
El yogur y sus propiedades curativasPor Carmen Fernández Ruiz
Semana del 2 al 8 de junioPor I. González y Rosana Laviada
Impuestos para la pobrezaPor Rigoberto Stewart

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

MéXICO

Menos planes y más Estado de Derecho

Por Ricardo Medina Macías

El compromiso fundamental del gobierno no debe ser con tal o cual meta cuantitativa, sino con el cumplimiento cabal del Estado de Derecho. Reglas del juego claras y estables permiten que cada cual adelante libremente sus planes. Es una de esas obligaciones legales que se convierte en rito y propaganda. El Plan Nacional de Desarrollo. Ojalá se quede en eso y el gobierno se aboque a lo verdaderamente sustantivo de su tarea: la construcción de un Estado de Derecho.
Para que usted y yo cumplamos los planes y las metas que libremente nos hemos trazado, requerimos que las reglas del juego sean claras, conocidas y estables. Paradójicamente, si el gobierno cae en la arrogancia de “diseñar el futuro” de los ciudadanos, fastidia a los ciudadanos. Cada cual hace sus planes y se fija sus metas. Este quiere escribir la gran novela del siglo XXI, aquél desea descubrir la cura del cáncer, ella planea dirigir su propia empresa, aquella sueña con ser conductora en la televisión, el de más allá se desvela para hacerse inmensamente rico.

Si el gobierno quiere abarcar todos los planes y sintetizarlos en “el gran plan” –arrogancia estúpida– suele fastidiarnos a todos. El gobierno no está para cumplir metas cuantitativas –pretensión generalmente fallida– sino para cumplir y hacer cumplir la ley, las leyes sustantivas. El desarrollo no lo hace el gobierno, lo hacemos los ciudadanos. Cada cual a su aire, a su modo libérrimo, jugando en un terreno en el que las reglas deben ser las mismas para todos, deben ser públicas, deben ser estables.

Deje el gobierno los planes para cada persona, familia o empresa. Planes y metas elegidos libremente. Deje el gobierno ser a la sociedad y olvide esa enfermedad del siglo pasado con hondas raíces totalitarias: la planificación. En la medida que el gobierno incurre en la tentación de planificar, descuida y lesiona su tarea básica: cumplir y hacer cumplir las reglas universales. Planificar desde el gobierno implica abandonar la igualdad jurídica (requisito del Estado de Derecho) para entregarse a la manía discrecional que busca inútilmente de igualar a los desiguales.

Lo escribió Friedrich A. Hayek: “Si los individuos han de ser capaces de usar su conocimiento eficazmente para elaborar sus planes, tienen que estar en situación de prever los actos del Estado que pueden afectar esos planes”.

Cuando el Estado –léase gobierno para fines prácticos– se propone lograr tal o cual fin específico en la sociedad (aumentar la producción de guitarras, hacer que la gente vea más cine nacional y menos cine extranjero, fijar los salarios de los ingenieros o establecer los precios de los cereales) necesariamente tiene que abandonar las normas de aplicación universal e incurrir en decisiones discrecionales, que implican beneficiar a “X” perjudicando a “Y”.

En esa medida, la planificación gubernamental atenta contra el Estado de Derecho y contra la libertad de las personas de hacer sus propios planes y tener sus propias metas.

No necesitamos que un funcionario planificador decrete que en tal fecha las tasas de interés serán de tanto por ciento; necesitamos que el Estado se comprometa a que las tasas de interés pactadas libremente en los contratos se respetarán.

No necesitamos que el Estado proponga que haya tal porcentaje de ingenieros aeronáuticos, necesitamos que todo aquél que quiera dedicarse a la ingeniería aeronáutica pueda hacerlo sin que se lo impidan trabas gubernamentales.

No necesitamos que un funcionario planificador diga por dónde debemos caminar, necesitamos que un gobierno responsable garantice a todos la libertad de caminar por donde nos plazca.

© AIPE

El mexicano Ricardo Medina Macías es analista político.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899