Para que usted y yo cumplamos los planes y las metas que libremente nos hemos trazado, requerimos que las reglas del juego sean claras, conocidas y estables. Paradójicamente, si el gobierno cae en la arrogancia de “diseñar el futuro” de los ciudadanos, fastidia a los ciudadanos. Cada cual hace sus planes y se fija sus metas. Este quiere escribir la gran novela del siglo XXI, aquél desea descubrir la cura del cáncer, ella planea dirigir su propia empresa, aquella sueña con ser conductora en la televisión, el de más allá se desvela para hacerse inmensamente rico.
Si el gobierno quiere abarcar todos los planes y sintetizarlos en “el gran plan” –arrogancia estúpida– suele fastidiarnos a todos. El gobierno no está para cumplir metas cuantitativas –pretensión generalmente fallida– sino para cumplir y hacer cumplir la ley, las leyes sustantivas. El desarrollo no lo hace el gobierno, lo hacemos los ciudadanos. Cada cual a su aire, a su modo libérrimo, jugando en un terreno en el que las reglas deben ser las mismas para todos, deben ser públicas, deben ser estables.
Deje el gobierno los planes para cada persona, familia o empresa. Planes y metas elegidos libremente. Deje el gobierno ser a la sociedad y olvide esa enfermedad del siglo pasado con hondas raíces totalitarias: la planificación. En la medida que el gobierno incurre en la tentación de planificar, descuida y lesiona su tarea básica: cumplir y hacer cumplir las reglas universales. Planificar desde el gobierno implica abandonar la igualdad jurídica (requisito del Estado de Derecho) para entregarse a la manía discrecional que busca inútilmente de igualar a los desiguales.
Lo escribió Friedrich A. Hayek:
“Si los individuos han de ser capaces de usar su conocimiento eficazmente para elaborar sus planes, tienen que estar en situación de prever los actos del Estado que pueden afectar esos planes”. Cuando el Estado –léase gobierno para fines prácticos– se propone lograr tal o cual fin específico en la sociedad (aumentar la producción de guitarras, hacer que la gente vea más cine nacional y menos cine extranjero, fijar los salarios de los ingenieros o establecer los precios de los cereales) necesariamente tiene que abandonar las normas de aplicación universal e incurrir en decisiones discrecionales, que implican beneficiar a “X” perjudicando a “Y”.
En esa medida, la planificación gubernamental atenta contra el Estado de Derecho y contra la libertad de las personas de hacer sus propios planes y tener sus propias metas.
No necesitamos que un funcionario planificador decrete que en tal fecha las tasas de interés serán de tanto por ciento; necesitamos que el Estado se comprometa a que las tasas de interés pactadas libremente en los contratos se respetarán.
No necesitamos que el Estado proponga que haya tal porcentaje de ingenieros aeronáuticos, necesitamos que todo aquél que quiera dedicarse a la ingeniería aeronáutica pueda hacerlo sin que se lo impidan trabas gubernamentales.
No necesitamos que un funcionario planificador diga por dónde debemos caminar, necesitamos que un gobierno responsable garantice a todos la libertad de caminar por donde nos plazca.
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AIPEEl mexicano
Ricardo Medina Macías es
analista político.