Uno de los blancos este año será la biotecnología, la cual ha sido caracterizada por unos de estos críticos como “una forma de aniquilamiento tan mortal como un holocausto nuclear”. Por su parte, Greenpeace dice estar buscando la eliminación total de productos biotécnicos de la alimentación y del medio ambiente. Greenpeace y otras organizaciones similares han cometido actos de vandalismo en universidades y fincas privadas donde se llevan a cabo experimentos biotécnicos.
Oyendo el lenguaje apocalíptico de los verdes, ¿quién se puede imaginar que lo que está de por medio son productos agrícolas como la papaya, el maíz y el algodón, cuyas plantas son genéticamente mejoradas para resistir insectos y pestes, para que puedan crecer con menos abono químico, en condiciones climáticas adversas y, además, producir mejores cosechas?
Los activistas vociferantes ignoran el consenso científico sobre que la unión de genes, el campo más nuevo de la biotecnología, es sólo un refinamiento de viejos métodos de modificación genética que se han utilizado por más de un siglo. Es decir, las nuevas técnicas son más precisas, más predecibles y resultan en productos más seguros.
Tanto los agricultores como el bienestar ambiental han sido los principales beneficiarios de las docenas de diferentes plantas genéticamente modificadas que ahora se ofrecen en el mercado. Según un informe del Servicio de Investigación Económica del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, la soya genéticamente modificada logra mayores cosechas y requiere menos herbicidas, mientras que con el algodón también se ha logrado incrementar las cosechas y reducir el uso de insecticidas.
Toda innovación que reduce los insumos agrícolas beneficia a todos y cada uno en el proceso que comienza con la siembra y termina en su propio plato de alimentos. El mejor rendimiento es ambientalmente importante porque hace innecesario la tala de bosques para convertirlos en tierra agrícola. También permite el uso más eficiente del agua, menos erosión y favorece el cultivo sin arado, más saludable para el medio ambiente.
Pero a pesar de tales logros y de un largo historial de seguridad, hay una creciente oposición en Europa a la importación de granos provenientes de semillas genéticamente modificadas. Alimentos provenientes de modernos procesos biotécnicos son rechazados por cadenas de supermercados. El vandalismo contra laboratorios por parte de activistas ocurre sistemáticamente sin que en la mayoría de los casos sean castigados. Los gobiernos han impuesto moratorias en el cultivo a nivel comercial y el papeleo y la cantidad de permisos necesarios han detenido los avances. Aquí en Estados Unidos, las agencias reguladoras han impuesto reglas poco científicas y exageradamente estrictas, lo cual retrasa el descubrimiento de nuevos métodos y el desarrollo de nuevos productos.
El tiro de gracia a la biotecnología agrícola puede venir de las Naciones Unidas, regulaciones que aumentarían el costo de la alimentación alrededor del mundo, producirían daños al medio ambiente, lo mismo que hambre y muertes en los países más pobres.
El año pasado, los delegados a la Convención sobre Diversidad Biológica, patrocinada por las Naciones Unidas, redactaron un “protocolo de bioseguridad” para regular internacionalmente el movimiento de organismos genéticamente modificados. Se basó en el espurio “principio preventivo”, el cual dictamina que hay que probar que todo producto sea absolutamente seguro antes de poder ser usado. Esto desplaza la carga de la prueba del regulador —quien antes tenía que demostrar que la nueva tecnología causaba daños— a los hombros del innovador, quien tiene que probar que no causará daños. Bajo estas nuevas normas, las agencias reguladoras están en libertad de exigir arbitrariamente cualquier cantidad de pruebas y de erigir barreras al comercio internacional, con la excusa de proteger la salud o el ambiente.
El Día de la Tierra es una buena oportunidad para la reflexión respecto a nuestro planeta, incluyendo el bienestar de su gente. La ciencia y la tecnología tienen necesariamente un rol vital y quienes las rechazan terminan siendo los peores enemigos de la humanidad.
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AIPEHenry I. Miller es médico, investigador de la
Hoover Institution, Universidad de Stanford.