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15 de Diciembre de 2000

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AUTORES Y GéNEROS

Los vampiros bohemios de Anne Rice

Por Agustín Jiménez

Por el título, las novelas de vampiros se dividen en dos: las que hablan de Drácula y las que hablan de vampiros. En cine es igual. Frente a las innumerables aventuras del Conde se nos ofrecen las de otros murciélagos más seculares: desde "El vampiro de Dusseldorf" de Lang o "El baile de los vampiros" de Polanski. Como la brujería y la alquimia en la Edad Media, como las fuerzas secretas en la historia del mundo, como el mal que subyace a todas las religiones que predican el bien, el espacio donde imaginamos a los "no muertos" está siempre con nosotros. Y no abandona nunca las librerías ni las salas oscuras (que proyectan estos días "La sombra del vampiro").
Anne Rice ha hecho su agosto con una saga complicadísima de personajes de ultratumba que meriendan a media noche y que tienen un éxito loco. Sus argumentos son tan abigarrados y ella parece tan ansiosa por sugerir explícitos meandros de cultura a sus almas en pena que sólo pueden entenderse desde ese desparpajo tan impudoroso como visual de que hacen gala muchas americanos de hoy. Poe asustaba por lo que vaticinaba su tono. Lovecraft nunca describía la realidad que lo aterrorizaba; nos dejaba solos ante ella para que, sin luz ni redención, cayéramos al abismo.

Rice es de una época rica, desordenada y peliculera. La primera consecuencia de la generalización de la opulencia es que el número de vampiros ha aumentado. Nótese que Drácula, para mantener su tren de vida, necesitaba un castillo en los Cárpatos, una mansión con capilla en Londres, varias recuas de sirvientes gitanos, un barco ruso, cincuenta ataúdes. Esa riqueza no sólo era necesaria por su condición de conde en un tiempo en que los pobres aún no tenían derecho a ser protagonistas de novelas. Se explica también porque el respeto -y él indudablemente lo provocaba- va unido a la aceptación de la jerarquía y, sobre todo, porque ningún pobre encuentra tantos sitios donde esconderse de día. Su riqueza era la única posibilidad de apuntalar el argumento.

Drácula era también un señor de costumbres muy ordenadas. Se alzaba sin la mínima pereza a las doce en punto y era incluso un poco maruja. Durante días, Jonathan Harker no vio a ningún criado en el castillo y, sin embargo, encontraba siempre la mesa del comedor aderezada sabrosamente a sus horas y su habitación desordenada. El primer susto serio lo tiene el abogado el día que sorprende al pálido castellano haciéndole la cama. Son detalles difíciles de adaptar a nuestros días cuando todas las calles tienen luz eléctrica, los coches forman atascos de madrugada y la gente que vive sola no lava siquiera los platos.

Otro dato de Drácula era que no se dejaba ver. No sólo porque sólo salía del armario de noche cerrada, cuando las calles estaban prácticamente oscuras, sino porque literalmente no tenía sombra. Colocado ante un espejo, era como si no existiera. Ese dato es terrorífico en literatura. Es difícil de explicar y pasa desapercibido en nuestra época visual como se comprueba desde aquellas primeras películas en que salía Cristopher Lee.

Rice ha tenido que enfrentarse a todo eso para hacer creíbles a personajes como "El vampiro Armand" que está ahora en el mercado español (Ediciones B). Y ha introducido muchos cambios. Bram Stoker deja adivinar muy pocas cosas del gran conde. El montón herrumbroso de monedas que Jonathan Harker descubre en su habitación, hacen pensar melancólicamente en todos los imperios cuyo único despojo en pie era ya Drácula, el mismo que, una noche, recuerda con tristeza a las tres vampiresas que se disputan el cuello de Harker que él también ha amado. Rice, sin embargo, detalla con total precisión las genealogías de sus personajes, los nombres de sus padres, los países en los que han vivido, los muchos sitios a los que viajan -volando ellos solos, como si fueran aviones privados-, los lechos que han visitado. La ficha comprende el año exacto de su vida en que recibieron el "don oscuro".

Así, por ejemplo, Armand es de Kiev, es niño bajo el yugo mongol, lo venden como esclavo en Constantinopla y va a parar a Venecia donde lo seduce un vampiro riquísimo, cultísimo y de gran autoridad llamado Mario. Cae luego en malas compañías con unos vampiros renegados -porque normalmente son creyentes en Jesucristo- se va a París a hacer teatro -uno de las mejores situaciones de Rice: los espectadores creen que el aspecto de los actores es maquillaje-, recala en Nueva York, se ocupa de dos protegidos, a los que al principio no muerde, lo invitan a Nueva Orleáns...

Quien haya leído algún libro de Rice estará ya acostumbrado a ese barullo, pero el barullo está documentadísimo. A Rice le gusta la entrevista periodística ("Entrevista con un vampiro") y tiene a un vampiro a quien ha nombrado cronista de la orden. Sus muchísimos y coquetísimos personajes nos hacen pensar en una banda de jóvenes bohemios de sexualidad desordenada. La sexualidad era un elemento fundamental de la gran novela de Bram Stoker, como también lo era su machismo. Acuciada por su entorno, Rice ha dado varios pasos adelante: ha convertido la sexualidad en pornografía -y las mordidas de cuello en atracones- y sus vampiros son homosexuales.

Y, si son malignos, es porque no pueden evitarlo, como la alegre juventud de los campus universitarios de América en las noches del fin de semana. Son tan religiosos que uno de ellos ha presumido en varias novelas de haber probado la sangre del mismísimo Jesús de Nazaret, después que vio lo que había hecho la corona de espinas.
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