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29 de Junio de 2001

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CRóNICAS COSMOPOLITAS

Los trostquistas y yo

Por Carlos Semprún Maura

Cuando en 1956 (no habíais nacido) rompí con el PCF, estuve durante un largo periodo en un no man’s land teórico incapaz de concebir el rotundo fracaso del marxismo, pensando (como aún piensan hoy gentes “estadísticamente” más inteligentes que yo) que el totalitarismo no podía ser el hijo natural, pero legítimo, del marxismo, esa genial teoría que lo explicaba todo para mejor transformarlo todo, y que, por lo tanto, sólo podía tratarse de desviaciones y traiciones a los evangelios porque no hay nada que se parezca más a una religión que el marxismo, que pretendía liquidar las religiones, para convertirse en la única. O sea, que en busca del “buen comunismo” o, en todo caso, de teorías más afines al Fundador y a sus apóstoles de verdad —los viejos barbudos— me puse a leer todo lo que pude de los marxistas heterodoxos y críticos del “estalinismo”. Pongo comillas, pero en realidad no hubo un solo militante comunista ortodoxo que no fuera estalinista hasta las cachas, y eso durante, por lo menos, 40 años. Todos pretenden olvidar hoy ese detalle. Estoy, claro, hablando de los imbéciles, y fuimos millones, por no poder ver (por oportunismo o pereza intelectual) que la fuente de los horrores totalitarios ya estaba en la obra del propio Marx, portentosa inteligencia dedicada al Mal, ya que, como él mismo afirmó, toda teoría, por inteligente que parezca, debe someterse a la realidad de los hechos y a sus resultados —como en biología—.
Pues bien, está visto que la praxis del marxismo es el Gulag. En mi búsqueda del marxismo heterodoxo me topé, claro, con Trotski. No únicamente; leí a Suvarin, el magnifico libro de Antón Ciliga (“En el país de la mentira desconcertante”), a Victor Serge y a bastantes más. Pero Trotski me deslumbró unos instantes, primero por su papel en la revolución bolchevique de 1917, luego porque escribía mucho mejor que los demás bolcheviques. Hoy considero que fue un desastre humano y social, y que si Stalin ganó e hizo asesinar esto se debe únicamente a la despiadada lucha por el poder absoluto, tras la muerte de Lenin, en la que Stalin se mostró infinitamente más hábil.

Volviendo a mi experiencia con los trotsquistas. Si mis lecturas no me convirtieron en uno de ellos me hicieron pensar en la posibilidad de otro comunismo, más revolucionario y más democrático que la pesada burocracia soviética. Por lo tanto, cuando ingresé en el FLP, en 1962, y el comité de Bruselas me hizo saber que Ernest Mandel quería verme me apresuré a acudir a su cita. Mandel, que firmaba E. Germain sus artículos en la prensa trotsquista, era por aquel entonces el líder intelectual indiscutible de una de las secciones de la IV Internacional. Aún no había escrito su monumental “Tratado de economía marxista”, y otros libros, pero escribía muchísimo. Vivía (ahora ya ha muerto) en un típico chalé de Bruselas con una lápida de notario en la verja, nada de muy revolucionario, pero era la lápida de su padre y la guardó. De entrada Mandel me mareó con su conocimiento supuesto de la lucha de clases en el mundo entero, de Ceylan (entonces) a Bolivia, pasando por la URSS, China, Reino Unido o España. Y es aquí donde comenzaron a fallar las cosas, porque si podía deslumbrarme hablando de países cuya realidad conocía superficialmente, hablándome de España, enseguida me di cuenta que desbarraba.

En cada una de nuestras reuniones, en Bruselas (siempre estaba tomando café con leche y galletas) o en la sede parisina del PC internacionalista (transformado ahora en Liga Comunista Revolucionaria, calle de Abuokir), me preguntaba, muy serio: “¿Cuándo van a comenzar las insurrecciones armadas campesinas en Andalucía?” Y yo respondía: “Nunca”. Y él: “¡Es imposible! ¡Tiene que haber insurrecciones armadas en Andalucía!” Se basaba para su seguridad y clarividencia en un texto de Trotski sobre los movimientos campesinos en el siglo XIX. Fue mucho más Mandel que Pierre Frank, el secretario oficial del PCI, quien influyó en jóvenes (hace más de treinta años) como Alain Krivine o Ben Said. El otro motivo de conflicto entre nosotros ( y pese a que yo colaboré durante unos meses en su prensa), era la “naturaleza de clase” de la URSS y el papel de los PC pro-soviéticos. Mandel y sus discípulos no se movían de las tesis de Trotski definidas, por ejemplo, en “La Revolución traicionada”, de 1937, en las que venía a decir que la situación en la URSS exigía una revolución política, ya que las bases económicas del régimen eran sanas, socialistas. Hablando claro, no se había restablecido la propiedad privada. Curiosa adaptación de la teoría marxista según la cual, las superestructuras dependen de las estructuras. Pero yo, influido entonces por teorías izquierdistas sobre la autogestión, replicaba que la propiedad y la economía en su conjunto estando en la URSS totalmente en manos del Estado, se podía hablar de una forma peculiar de capitalismo de estado (burocrático, decía G. Castoriadis ) y que los trabajadores estaban aún más explotados que bajo el sistema capitalista, el cual, además, era mas eficaz y sabía “nutrirse” de sus crisis.

Tremendas discusiones que llegaron a la ruptura cuando Ernest Mandel, en un café del Barrio Latino, me afirmó que, pese a todo, los comunistas y ellos estaban detrás de la misma barricada anticapitalista, y yo respondí: “en este caso yo estoy en la barricada de enfrente”. Pero, ya lo he contado en algún sitio, después de Mayo 68, los trotsquistas de la LCR, tuvieron un momento de gloria, y famosos de lo más variopinto, como la modista Agnes B., y actores y escritores se pasearon durante unos meses por el bulevar del trotsquismo chic. En España, a través de Acción Comunista, por ejemplo (de la que fui uno de los fundadores pero con la que rompí en 1966 siempre por el mismo motivo, porque se negaban a ver en el comunismo un totalitarismo semejante al nazismo), tuvieron antaño cierta influencia y aún me ocurre encontrarme con gente, de lo más insospechado y en ciertos casos, celebre, que me dice: “Yo fui de Acción Comunista”.

Desde la fundación de la IV Internacional por Trotski en 1936/37 y sobre todo después del asesinato del “Viejo”, el movimiento trotsquista está dividido en innumerables grupos y capillas que se excomulgan mutuamente. Buena prueba de ello es que convocan periódicamente Congresos de reunificación que fracasan uno tras otro. En Francia siguen siendo tres, la LCR, ya citada, “Lucha Obrera”, que podría calificarse de bolchosindicalista. Es muy obrerista. Su líder visible pero no verdadero —el jefe es super-clandestino— Arlette Laguillier, durante su campaña para las presidenciales en 1995, entrevistada por un periodista un poco menos ignorante que los demás, cuando afirmaba que había que liquidar a los patronos y arrancarles sus empresas le preguntó: “Y, desde su punto de vista ¿cómo funcionarán las empresas tras la “muerte” de los patronos; en autogestión o serán estatales?”. Arlette quedó boquiabierta, jamás había concebido la puesta en practica de su demagogia anticapitalista. Escurrió el bulto como pudo: “Eso lo decidirá el pueblo”. Pues el “pueblo” no entra en las categorías marxistas, hay muchos “pequeños burgueses” en el pueblo, es el proletariado y su dictadura los que decidirán de todo...

Por último, está la OCI, llevada a las primeras planas de la actualidad por la larga trayectoria clandestina de Lionel Jospín en su seno. Tiente fama de ultra-sectaria, pero se hacían menos ilusiones sobre la URSS y el absurdo “apoyo crítico” de Mandel y compinches. Por ello desdeñan el “entrismo” en los PC y sus sindicatos y prefieren infiltrarse en la social-burocracia. Su tenor intelectual fue (se ha ido, o le han echado) Pierre Briué, autor de una Historia de nuestra guerra civil ( con E. Temine) y de la otra sobre el partido bolchevique de un gran rigor metafísico. En el Reino Unido, por los años setenta, una organización trotsquista prosperó mucho más activa y “numerosa” que los estalinistas. Pero no sé lo que queda de todo ello, sólo el nombre de dos famosos: la estupenda actriz Vanessa Redgrave y Ken Loach, el cineasta de “Tierra y Libertad”, una estafa, pero una estafa “antiestalinista”. Algo es algo. También tuvieron cierta influencia en América Latina los POR, apodados “posadistas” del apellido del jefe, Posadas. Sobre todo en Bolivia, no sabría decir por qué.

Tuvieron algunos adeptos en España y una tarde, debió ser en 1965, Enrique E. nos trajo a una reunión de redacción de la revista “Acción Comunista” a un chaval posadista, muy nervioso, que nos aseguró tajantemente que la Revolución Mundial había comenzado, prueba de ello la Revolución de los guardias rojos en China, conducida por trotsquistas. ¿De verás?- preguntamos, irónicos. Claro que sí, se ha encontrado en Cantón un folleto de Trotski traducido al chino. Luego, añadió: ¿Sabíais que en España también ha comenzado la lucha final? Diecisiete comisarías han sido asaltadas por obreros en armas... El pobre chaval no hacía sino repetir el delirio de sus jefes y es probable que sin esa droga no se sacrificaría por la “causa”. Perseguidos, calumniados, asesinados (cuando podían) por los estalinistas y los maoistas, los trotsquistas han perseguido y persiguen una utopía tan monstruosa como la de sus eternos rivales y perseguidores. Ahora que la URSS ha naufragado algunos piensan que ha llegado el momento de la unificación; bastaría con añadir la foto de Trotski a la de los demás asesinos ilustrados (y bien se lo merece, en este sentido). Pero sería no contar, una vez más, con la naturaleza humana y sus odios. ¿Cómo van a tratar de camaradas a sus verdugos? O ¿cómo van a tratar de compañeros de lucha a esos eternos agentes de la Gestapo y de la CIA? A la basura con todos ellos.
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