NUEVAS TECNOLOGíAS
Los miedos de Europa
Por José Hermida
En un magnífico artículo publicado en el último número de la revista Wired, el historiador Misha Glenny repasa las razones por las cuales Europa parece odiar todo lo que suene a Nueva Economía, incluyendo bajo este concepto la explotación de cualquier avance tecnológico y, por supuesto, la importación de una moral norteamericana que premia la competitividad de las personas y de las empresas.
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Las que podríamos llamar “autozancadillas”, explica Glenny, hunden sus raíces en un constante mirar hacia atrás, en lugar de hacia delante, hacia un pasado marcado por la desconfianza entre países vecinos y por una actitud obsesiva hacia la preservación de la identidad cultural como arma defensiva frente a los distintos enemigos (normalmente, de nuevo, los vecinos más cercanos, aunque tras la última guerra los temores se hayan dirigido a la contaminación cultural estadounidense).
Evidentemente, los puntos de vista de Glenny son discutibles, pero ello no les resta ningún valor. Lo cierto es que Europa vive actualmente un retraso respecto a la economía norteamericana que en nada beneficia a sus ciudadanos. Y no se trata de copiar el modelo yankee donde lo individual prima sobre lo social (Unión Europea prevenida vale por dos), sino de liberarse de una serie de complejos y malas actitudes muy generalizadas entre nuestros aparatos estatales y nuestras conciencias individuales.
La tecnofobia, la ricofobia —en efecto, en nuestro entorno reconocer el propio fracaso está tan mal visto como presumir de nuestros éxitos—, la progresofobia... están tan implantadas que se expresan en los más íntimos engranajes estatales: la burocracia administrativa, la política impositiva, castigan, en lugar de premiar, a los emprendedores, a la innovación, al mundo empresarial en general. De hecho, si las compañías cuya actividad se centra en las nuevas tecnologías e Internet han podido arrancar ha sido gracias al desconocimiento de las administraciones. Glenny pone como ejemplo en este punto a la que actualmente es el primer proveedor de Internet de Albania, Albania OnLine. En un país sumido en el caos y la crisis, donde sólo el 10% de la población tiene acceso a líneas telefónicas, a Ylli Panariti, fundador de la compañía, no le quedó más “remedio” que utilizar satélites y centralitas para tecnología celular y... convertir la suya en una empresa pionera en el mundo de la comunicación sin cable. Pero la clave de su éxito no radica tanto en su espíritu emprendedor y su imaginación a la hora de superar problemas de índole tecnológica. “Tuve la gran ventaja sobre otro tipo de negocios —explica Panariti— de que los burócratas no entendían a qué se dedicaba mi empresa”. Triste pero cierto.
Véase si no, cómo, una vez puestos al tanto de en qué consiste Internet, los estados de la Unión se han apresurado a poner trabas a su desarrollo bajo la ilusión de que lo que hacían era proteger a la sociedad: nada más han tenido la oportunidad se han puesto a hablar de impuestos, en lugar de dedicarse a cuestiones algo más urgentes como por ejemplo, cómo solucionar el terrible déficit de expertos en tecnologías de la información que sufren los países del área comunitaria, cómo establecer políticas que permitan abaratar al máximo el acceso a Internet o la factura telefónica, cómo impulsar el desarrollo científico y tecnológico desde las entidades públicas y privadas y un largo etcétera.
Por cierto, ¿alguien había oído hablar alguna vez de Silicon Fen? Si la respuesta a esta pregunta es afirmativa por su parte, le aseguro que es usted una auténtica rareza. Si no, déjeme contarle que Silicon Fen, en Cambridge, Gran Bretaña, es actualmente el segundo mercado de venture capital en el mundo. ¿Por qué no lo sabe prácticamente nadie? Por la misma razón que se desconoce que Irlanda es actualmente el principal productor de software del planeta (curiosamente, tras siglos de exportar seres humanos a Estados Unidos y el resto de Europa, actualmente son grandes importadores de profesionales ¡especialmente británicos!).
Según Glenny, la razón de nuestro profundo desconocimiento acerca de nuestra propia Nueva Economía se debe a un secular conservadurismo que nos convierte en recalcitrantes enemigos de cualquier cambio que ponga en cuestión, aunque sólo sea sobre el tapiz de nuestros propios prejuicios, a esa religión que casi todos profesamos en el viejo continente: la tradición. Creo que no soy el único que piensa que no hay que mezclar las churras con las merinas ni que mirar hacia delante es mucho más sano y creativo que volver la vista hacia lo que ya ha quedado a nuestras espaldas. Porque, como le explico a mi hijo cada vez que tropieza en el camino, no se puede andar mirando hacia atrás ya que, por regla general, uno acaba cayéndose.