Los activistas antiglobalización son en el fondo como los pesados insoportables que te dicen cómo debes vivir, qué debes hacer, qué no puedes hacer, con quién está bien relacionarse y con quién no. No parece que haya forma de librarse de ellos: se suben a tus espaldas y buscan “espacios de consenso” para discutir sobre los problemas sociales y decidir democráticamente las soluciones. Y al que no le guste el consenso y sus resultados, que se jorobe, ya que todo es susceptible de votación y lo que gane se impondrá por la fuerza.
En realidad son aspirantes a políticos, que son quienes han profesionalizado y sistematizado la intromisión presuntamente legítima en las vidas ajenas. Se han creído y venden a conciencia el timo ese de que toda opinión cuenta. Pero como por su radicalismo no les votan, se hacen pasar por representantes de la voz de la calle, del ciudadano de a pie, ese mismo que pasa olímpicamente de ellos el día de las elecciones porque algo de sensatez aún le queda.
Los metomentodo antiglobalización no quieren globalización sin representación, y naturalmente ellos serán los representantes, lo que no está claro es quiénes serán los representados. El metomentodo quiere controlar la globalización, cambiar su curso, reorientarla a su gusto. El metomentodo seguramente no ha contribuido en nada al desarrollo de la tecnología de las comunicaciones, del procesamiento de la información y del transporte que hacen posible la globalización, pero quiere no sólo aprovecharse de ellos, sino incluso decirle a todo el mundo cómo deben ser utilizados. Gracias a los avances de la globalización los pelmazos pueden fastidiar no sólo a sus vecinos más próximos, sino también a otros sufridos semejantes muy alejados de ellos.
Al metomentodo no le gusta que haya personas que intenten escapar de la confiscación estatal de su riqueza recurriendo a los paraísos fiscales, esos países que respetan los derechos de propiedad y la libertad contractual. Al metomentodo no le gusta que haya gente que se arriesgue y especule, que invierta su dinero hoy aquí y mañana allá. Al metomentodo no le gustan los empresarios que buscan el máximo beneficio para los accionistas, ni las empresas que pretenden satisfacer a los consumidores con mayor calidad y precios más bajos. Al metomentodo no le gusta la competencia pacífica entre distintas instituciones: todas deben ser igualmente intervencionistas, centralistas, planificadoras y coactivas. El metomentodo ambiciona el gobierno mundial: se le cae la baba al pensar que puede jugar a ser el diosecillo que lo controla todo.
El metomentodo probablemente tiene una vida aburrida y sin interés, por eso intenta superar sus frustraciones viviendo de forma parasitaria la vida de los demás. El metomentodo es un ignorante incapaz de aprender de sus propios errores, pero quiere imponérselos al resto de la especie. El metomentodo es intolerante por definición y cree saber lo que es bueno para miles de millones de personas que ni siquiera conoce. Un solo consejo para los entrometidos a gran escala que se creen llamados a inmiscuirse en todo y dirigir a la humanidad: vive y deja vivir, o en el lenguaje global, mind your own business.