Unos programan lo global como panorama saludable, y los otros como amenaza. Podríamos abstenernos todos, y de una vez por todas, de tales juicios: un mercado henchido de compradores no requiere mayores aventuras; el público cuenta con dinero, o por lo menos con el dinero que los bancos centrales consideran suficiente para colmar las demandas de satisfacción de los ciudadanos, una vez drenados de excesos por vía impositiva, de tal forma que pueden adquirir productos o contratar servicios, de acuerdo con sus posibilidades económicas, de contactos sociales o de capacidad individual, comprendiendo aquí la inteligencia, capacidad de trabajo, ambición personal y habilidad para la interacción social. Es lo mismo que sucede con las sectas en las que los acólitos entregan sus rentas al capitoste del cotarro y él o ella deciden cuánto te corresponde a ti.
Resulta chocante que no puedas adquirir un producto de
Dellhost si no eres residente en el Reino Unido, Estados Unidos o Canadá. Es como si el resto del mundo no existiese. No es una cuestión de raza, religión o creencias: de lo que se trata es de la localización geográfica de tu negocio. Puedes ser pakistaní, pero por favor, ten la oficina en Detroit o no jugaremos contigo. Para cualquier profesional del marketing, la cosa es como para llevarse las manos a la cabeza: ¿por qué despreciar el resto de los mercados?
Presumo que se trata de ceguera. Los amantes de las confabulaciones esotéricas y los devotos de revoluciones perdidas pueden atribuir el asunto a extraños designios pergeñados por poderosos
Doctores No empeñados en dirigir al mundo. Que no se molesten en abordar semejante tarea: tales doctores, si los hubiere, se verían afectados por una miopía fuera de lo común, porque mientras tanto, las empresas chinas y las coreanas, medianamente armadas con conocimientos básicos de inglés como lengua franca, venden y adquieren sus productos y servicios en los más recónditos lugares del mundo gracias a las bases de datos de oportunidades de negocio electrónicas presentes en Internet, bases de datos que los norteamericanos y europeos desprecian no prestan atención, pues bastante tienen con competir en sus respectivos mercados interiores (más del 70% de las “exportaciones” españolas tienen a países europeos como destino. Es algo increíble.
Y mientras tanto, el mundo hispano sigue obsesionado con los sueños de participación en una sociedad económica global en la que no le dejarán participar si no cuentan con la sagrada munición del pago al contado, verdadero y único poder, llave que abre todo negocio (incluidos los malos negocios) y recurso de reducción para mercados rebeldes o inhóspitos.
El camino del poder lo están marcando los asiáticos, gente desprovista de complejos, consciente de las diminutas dimensiones de sus mercados propios, firmemente convencida de que el mundo todavía sigue teniendo unas dimensiones considerables, habilidosa en el manejo de los recursos de Internet y conscientes de las posibilidades de negocio que se abren para las pequeñas empresas cuyos líderes no consideran prioritaria la posesión de un coche último modelo, sino la gratificación proveniente de una tarea persistente, confiada y debidamente agresiva.
¿Y a qué esperan los hispanos? ¿A quejarse una vez más?