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DRAGONES Y MAZMORRAS

Los guerreros de la paz

Eso de haberme alejado de la patria me ha dejado muy descolocada. He perdido el hilo de la narración y no sé cuántos premios se habrán concedido en mi ausencia pero me temo que muchos.

Me dio justo tiempo antes de marcharme de felicitar a Andrés Trapiello (Nadal) y a Juan Bonilla (Biblioteca Breve) y ahora resulta que debo añadir a la lista a Juan Manuel de Prada ganador del Primavera, premio que cada vez se concede más temprano pues no en vano lo patrocina el Corte Inglés, entidad que no sólo rivaliza con la UNESCO en materia de atribución de días conmemorativos sino que además decide cuándo y cómo tenemos que quitarnos los abrigos.

Algún premio más hay por ahí que se me olvida, seguro, pero no importa porque también se les habrá olvidado a los demás. No hay nada que dure menos que la fama y para demostrarlo reto a cualquiera a que me diga, sin consultarlo en los papeles, quien ganó el premio Nacional de literatura el año pasado, o incluso el Planeta. Desde luego, yo no, y escribo todos los años sobre ello. Sin ir más lejos, los periódicos, al comunicar que acaban de dar el Fernando Lara a Terenci Moix —otra sorpresa— han tenido que recordar que el año pasado lo recibió Álvaro Pombo. Según veo, los finalistas de la presente (y segunda) edición también son muy sorprendentes: Almudena Grandes, Javier Marías y Enrique Vila Matas. A eso se le llama correr riesgos.

Otra cosa que me he perdido es la polémica por el triunfo, en toda la regla, del libro de Pío Moa. Algunos amigos caritativos han querido transmitírmelo por correo pero yo estaba demasiado inmersa en el beatífico paraíso francés, rodeada de “guerreros de la paz” (así rezaba la pancarta en la que aparecían, mejilla con mejilla, Villepin y Chirac expuesta en todas las ciudades de Francia) como para permitir que los postergados asuntos de la patria me pusieran de mala leche. A veces hay que cortar por lo sano, aunque luego te topes con la cruda realidad.

A propósito de Moa, me cuenta una amiga, supuestamente todavía de izquierdas, que le admira, pero que sólo se atreve a hacerlo en secreto y así, acude a su trabajo con el libro envuelto en papel de estraza, como cuando durante el franquismo envolvíamos en aquel patriótico color marrón los libros prohibidos, ya fuera por el franquismo, como el Segundo sexo de la infumable Simone de Beauvoir o La función del orgasmo del delirante Wilhelm Reich, ya fuera por el antifranquismo, es decir, algún libro de Rilke, Baudelaire, o de cualquiera de los escritores considerados “decadentes”. Terrible época aquella a la que parece que volvemos a pasos agigantados, aunque hoy la represión sólo la ejerce la izquierda y, de preferencia, contra la propia izquierda, como siempre a lo largo de su historia. Los guerreros de la paz de ahora no pueden soportar que alguien les diga, en extenso y en documentado, lo que supo ver desde muy pronto George Orwell en su Homenaje a Cataluña y que sentó tan mal a los guerreros de la paz de entonces.

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