Casi toda la pobreza se origina de la destrucción que un puñado de personas causan a millones de ciudadanos cuando tienen el poder para hacerlo. Si tienen el poder, invariablemente lo utilizarán. Así es el ser humano. Lo deberíamos saber y cuidarnos de no otorgar a los que gobiernan el enorme poder que les conferimos.
El daño suele comenzar al eliminar la libertad de los demás, “por su bien”. Quienes gobiernan se constituyen mentores y custodios de los intereses de los demás adultos y, “por su bien”, establecen prohibiciones para impedir que los habitantes dispongan pacíficamente de sus propias personas y pertenencias. Es así como a los patronos y trabajadores se les prohíbe contratar libremente. A todos se les castiga con impuestos por intercambiar lo suyo cuando la contraparte vive en el exterior. “Por el bien de todos” disponen intervenir en el mercado de crédito, distorsionando las tasas de interés y provocando una depresión económica que causa estragos en el patrimonio de innumerables familias. Con el sistema discrecional de impuestos distorsionan los precios de las cosas. Otorgan privilegios a algunos a costa de todos los demás... La lista es larga.
Todas esas decisiones las toma un pequeño grupo, porque para eso son elegidos democráticamente. ¿No aprendemos que si se le otorga poder a alguien, lo va a usar y que nadie es tan sabio como para saberlo todo? Lo más que un gobierno debería hacer es mantener las reglas del juego para que la gente resolviera sus propios problemas, ocupándose sólo de cuidar a los menesterosos, sin fomentar la indigencia. Cuando los gobiernos se meten a producir bienes y servicios fracasan rotundamente. Así, por muchos años, utilizaron el poder para privar a millones de servicios esenciales, requeridos para progresar.
Estudie cada ley que promulga el grupo de políticos que mandamos al Congreso, no por lo que saben o por buen juicio, sino por razones que no tienen nada que ver con su capacidad legislativa y se convencerá que la mayor parte de ellos no tiene idea de las consecuencias de lo que hace. Pero como tienen el poder de legislar, a legislar se ha dicho, y van a legislar todo lo que se les ocurra, lo entiendan o no. Van a emitir pomposas opiniones que son ridículas y que darían risa si no fuese por el efecto destructor de las mismas. Pero como, al instante de ser investidos para el cargo, se sienten imbuidos de sabiduría, emiten opinión experta sobre temas que el día antes desconocían. Opinan sobre actividades económicas en las que nunca han tenido experiencia y resultan víctimas de grupos de presión que tienen recursos convincentes para inducir la legislación que les conceda ventajas y privilegios.
Nuestros legisladores ni se dan cuenta de lo que hacen. ¿El daño? Ni lo conciben, porque se consideran tan motivados por el bienestar ajeno, seguros de que con la intención basta. No tienen idea de la pobreza que causan. Pero la culpa no es de esos pobres señores y señoras con poder; la culpa es de quienes, en su propia Constitución, ingenuamente les han otorgado tanto poder.
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AIPEIngeniero y empresario guatemalteco,
Manuel F. Ayau Cordón es fundador de la
Universidad Francisco Marroquín y fue presidente de la
Sociedad Mont Pelerin