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4 de Mayo de 2001

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EXPOSICIONES

Los Bassano en el Museo del Prado

Por Pablo Jimenez

Con el título de “Los Bassano y la España del Siglo de Oro” el Museo del Prado acaba de presentar una pequeña exposición que reúne los 37 cuadros de Jacopo Bassano (Bassano, 1510-1592) y de sus cuatro hijos, también pintores aunque de menor y desigual talento. La exposición tiene el interés no sólo de poder contemplar el importante conjunto de obras que de Bassano se conserva en las colecciones del Prado, sino cómo en la mayoría de los casos se han rescatado de los lugares más inhóspitos (“La fragua de Vulcano” que se acaba de restaurar, se encontraba hasta ahora depositado en un despacho de la Universidad de Barcelona).
Junto con Veronés y Ticiano, Bassano está considerado como uno de los grandes renovadores del manierismo veneciano. Y ocupa, incluso, dentro de este movimiento un lugar muy personal con un estilo que evoluciona muy fuertemente a lo largo de su carrera. La fortuna crítica de Jacomo da Ponte, como realmente se llamaba, ha sido muy desigual, debido precisamente a esos fuertes giros estilísticos de su carrera que han hecho que la última crítica internacional considere que se sitúa entre dos tendencias: una primera muy abierta a una imaginación desbordada e incluso un poco alucinada y dramática en los contrastes bruscos de luces y sombras y en el alargamiento de las formas y figuras.

Es curioso que sea precisamente en este sentido en el que influye de manera muy directa en El Greco a quien se sabe que produjeron un importante algunos de sus cuadros, por lo aunque sólo fuese por ello debería de gozar de un mejor acomodo en El Prado.

Pero además, sobre todo la crítica francesa, viene señalando cómo en los momentos en los que el estilo de Bassano se serena y se abre hacia un realismo muy bien observado y muy hábilmente transmitido, desbordando incluso muchas veces los límites del dibujo, su pintura parece un antecedente de Velásquez y, por ende, de los impresionistas.

Bassano es un pintor curioso en sus dicotomías y sus continuos cambios de estilo que parecen mostrar a una persona que si bien consigue serenarse en la contemplación de la realidad y la naturaleza, mantiene siempre un fondo lleno de pasión y de dramatismo. En parte a él se le debe el gusto por las grandes escenas sacadas del Antiguo Testamento que en esa época hicieron furor como grandes cuadros de iglesia. Ello explica el que su taller trabajara muy intensamente, tanto como para dar trabajo a sus cuatro hijos.

De ellos sólo Francesco (1549-1592) y Leandro (1557-1622) mostraron algún talento aunque nada parecido a la fuerte personalidad del padre, mientras que Giambatista (1553-1613) y Girolamo (1566-1621) se mostraron como pintores más rutinarios y sólo interesantes como copistas de algunas de las obras más célebres de su padre que gozó de un crédito y de una fama más que estimables, por mucho que se supone que nunca abandonó su Bassano natal.

Es, por lo demás, más que sorprendente el número de cuadros que se han reunido y que muestra cómo en la España de Felipe II realmente fue un pintor admirado. Hay que recurrir al caso de Tiziano para encontrar a un pintor italiano mejor representado en las colecciones reales.

Y por muy lejos que este tipo de representaciones y de pinturas nos coja; por muy ajenos que seamos a las claves bíblicas que explican en muchos casos las truculentas escenas que se desarrollan ante nuestros ojos o por mucho que se nos torne un poco ingenua la simbología de trabajos campesinos dedicada a los diferentes meses, Bassano transmite ya el drama del hombre moderno quebrado por la dicotomía entre el sentimiento y la observación de la realidad.

Es capaz de imaginar los más terribles tormentos, las más dramáticas escenas y en el mismo cuadro emocionarnos con un bodegón pobre y casual o con un trasfondo en el que el paisaje se torna intenso de pura observación.

Este difícil equilibrio entre la experiencia directa y la adquirida, esta tensión presente en todos los momentos de su producción lo convierten en un pintor especialmente grato a nuestros modernos que tienen ya dificultades para moverse por entre los tópicos de la “vulgata” y las necesidades de convencer del drama humano que saben rescatar de los Evangelios y de las lecturas heroicas y terribles de la Antigüedad.

Se echan de menos más exposiciones de este tipo que nos permiten no sólo volver a acercarnos a pintores de primera importancia como es este caso, sino también reconstruir un poco la historia del gusto y de la construcción de nuestras colecciones de arte y que deberían marcar una de las prioridades de ese siempre polémico museo que a pesar de sus tesoros es El Prado.
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