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13 de Julio de 2001

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Libertad económica y los empresarios

Por Sheldon Richman

Uno de los grandes mitos de la era industrial es que a los empresarios les gusta el libre mercado. Por ejemplo, la gente tiende a creer que las propuestas para desregular los mercados favorecen a grupos empresariales. Pero uno se da cuenta de su equivocación al leer un poco de historia y constatar que los empresarios tradicionalmente se han opuesto al libre comercio.
Ese sigue siendo el caso hoy en día. Stephen Labaton describía recientemente ese hecho en el New York Times, indicando que Microsoft, empresa que luchó contra la demanda antimonopolios desatada contra ella por la administración Clinton, sin embargo se opuso a la fusión de AOL y Time Warner, alegando que AOL trataba de monopolizar los mensajes instantáneos en la Internet.

El reportaje concluye que el gobierno continuará activo en amplias áreas de la economía a petición de los mismos empresarios y cita a un representante de Disney diciendo: “Algunas veces las estrictas regulaciones ayudan y otras veces no. Lo que realmente quisiera es que un gobierno de Gore regulara a mis competidores y el de Bush a mi empresa”.

La realidad es que el sector empresarial, desde la era mercantilista hace 400 años, típicamente quiere a un gobierno que lo proteja de sus competidores. El término “proteccionismo” suele restringirse a las barreras contra importaciones baratas a las que se oponen los empresarios nacionales, pero la palabra tiene un significado más amplio. Los empresarios tienden a favorecer toda clase de regulaciones e impuestos que perjudican a competidores actuales o potenciales.

Los impuestos dificultan la acumulación de capital, la expansión de empresas existentes y la fundación de nuevas empresas, todo lo cual favorece a las grandes ya establecidas. Lo mismo sucede con las regulaciones. Las empresas más viejas y más grandes están en mejor posición de sobrevivir los aumentos impositivos que aquellas que apenas comienzan. Gigantes como IBM y AT&T cuentan con departamentos legales y contables mucho más grandes, pudiendo así darle frente a la montaña de regulaciones. Dadas las dificultades impuestas por los gobiernos, muchas empresas nuevas no sobreviven.

Lo que los críticos del capitalismo jamás han comprendido es que no hay nada conservador respecto al capitalismo. El capitalismo, o sea la economía de mercado que se autorregula, no respeta los intereses de las grandes y antiguas empresas; sólo respeta el interés del consumidor.

Para que una empresa triunfe en una economía libre tiene que complacer al consumidor. Los empresarios saben que los consumidores no están casados con ningún producto ni ninguna marca e infinidad de empresas que antes dominaban su sector han caído o desaparecido. A nosotros, los consumidores, no nos importa lo buena que era una empresa ayer, sino lo que nos ofrece hoy.

A menudo oímos decir que Wal-Mart, modelo de tienda de bajos costos, ha hecho desaparecer a otras tiendas. Eso no es cierto. Quien hizo desaparecer a las otras fue el consumidor, prefiriendo hacer sus compras en Wal-Mart.

Por el contrario, muchas veces he escuchado a empresarios pidiéndole al gobierno que le impida a sus competidores favorecer al consumidor. Así, esos empresarios tratan que el gobierno adopte regulaciones e impuestos que van directamente en contra de los intereses del consumidor.

Una vez que comprendamos que el capitalismo en lugar de favorecer al empresario favorece a la masa de consumidores, entenderemos que es hora de desmantelar el estado regulador que nos ha oprimido por tanto tiempo.

©AIPE

Sheldon Richman es director de la revista “Ideas on Liberty” y académico del Future of Freedom Foundation.
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    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899