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15 de Diciembre de 2000

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AL MICROSCOPIO

Las vacas felices

Por Jorge Alcalde

Quizás no haya animal con peor prensa en estos días que la vaca. Y, probablemente, con razón. El único rumiante por cuya salud mental andamos preocupados ha servido para poner de manifiesto un problema que algunos científicos empiezan a considerar de estudio prioritario: el bienestar de los animales destinados al consumo humano. Una de las instituciones que ha lanzado la voz de alarma sobre las condiciones de vida de estas bestias es la Universidad estadounidense de Purdue, desde donde se ha solicitado un esfuerzo internacional por crear un “andamiaje bioético para el bienestar del ganado”.
Por absurdo que parezca, al carro se han subido biólogos, filósofos, productores de carne, psicólogos y ecologistas que no tienen empacho en exigir un trato humano a los animales, sin aparentar caer en la cuenta de lo incongruente de la mezcla de términos. A un animal no se lo puede aplicar un trato humano por mucho que nos empeñemos en cuidarle y hacerle la vida fácil. Entre otras cosas, porque sería una desconsideración para los propios humanos.

Pero, dejando a un lado este detalle retórico, lo cierto es que bajo esta pretensión neoecologista se esconden grandes dosis de razón y una disciplina científica floreciente. Porque no cabe duda de que el mal trato de los animales que usamos para alimentarnos, protegernos o trasladarnos repercute de manera decisiva en nuestro propio bienestar. Y no hace falta acudir a la triste realidad bovina del presente. Los estudios realizados con ganado de Estados Unidos han arrojado una relación directa entre la calidad de vida de los animales y la calidad nutricional de los productos que de ellos se extraen. El problema reside en la dificultad de medir qué es el bienestar para una vaca, un cerdo, una gallina o una alcachofa. Por ello, la nueva disciplina científica echa mano de la psicología, la genética, la economía, la medicina, la biología y las técnicas de control de calidad para tratar de conocer qué condiciones de vida son aceptables o perjudiciales para el desarrollo de las plantas y de los animales de granja.

Algunas líneas de investigación son verdaderamente reveladoras:

*Un análisis de las relaciones materno-filiales de los cerdos ha demostrado que las hembras adultas tienden a separarse de sus crías cuando se les da el espacio suficiente para ello, lo que favorece el desarrollo de los cerdos pequeños y la calidad de su carne.
*Las vacas muestran una mayor tendencia al estrés y la agresividad cuando se utilizan correas, cuerdas o arneses para su desplazamiento. Es mejor hacerlas moverse mediante golpes suaves en los cuartos traseros o a través de empalizadas.
*Un novedoso método de selección genética permite criar grandes familias de pollos que no se piquen unos a otros, eliminando periódicamente del grupo los individuos más agresivos y competitivos por el alimento.
*Se ha demostrado que los cerdos que sufren mayor estrés durante los procesos de transporte terminan desarrollándose peor y, a la postre, su carne es de peor calidad.
*La práctica de atar o sujetar la cola de las vacas mientras se las ordeña no causa ninguna modificación en el comportamiento de los animales adultos, pero genera grandes dosis de ansiedad en los jóvenes.
*Un correcto uso de los piensos y de los ciclos de luz en las instalaciones cerradas puede evitar el problema de la cojera en los pavos de corral.

Y la lista continua hasta completar cerca de un centenar de estudios relacionados con la materia. Algunos de ellos, de especial trascendencia; como la evaluación del impacto del uso de antibióticos en el ganado, las técnicas de engorde artificial o el desarrollo de sistemas de alimentación de las crías con intención de “fabricar” adultos más sanos, fértiles y longevos. La mayoría de los expertos en la materia asegura que los ganaderos y productores de alimentos han mostrado tradicionalmente un gran interés por cuidar el bienestar de sus animales y que dicho interés debe trasladarse a los consumidores que pensamos (¿injustamente?) que los culpables de que haya vacas locas han sido los que les echaron guarrerías para comer y quienes se lo permitieron.

En cualquier caso, bienvenidas sean estas ciencias modernas que ponen la neurona a trabajar porque el mundo de las bestias de establo sea un poco menos duro. No hay nada más satisfactorio que contemplar un prado pisoteado por un buen puñado de vacas felices.
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