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9 de Marzo de 2001

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LA CRISIS DE JAPóN

Las lecciones no aprendidas de la historia siguen cobrándose víctimas

Por José Ignacio del Castillo

Doce años lleva ya Japón sin levantar cabeza. Según las recientes encuestas publicadas, el presidente Mori bate todas los récords de impopularidad para un mandatario nipón, desde que se vienen haciendo estos sondeos. El Nikkei que llegó a alcanzar los 38.000 puntos en 1989, se mueve en el entorno de los 13.000 ¡un 65,8% menos que entonces! El desempleo, las suspensiones de pagos y las quiebras se multiplican. Los niveles de producción han tocado fondo y se arrastran por él.
Antes de 1929, ninguna crisis duraba más allá de un par de años. Es verdad que había habido episodios de burbujas bursátiles irracionales. Los casos de la Compañía de los Mares del Sur en Inglaterra y de la Compañía del Mississippi en la Francia de John Law son los más conocidos. En todo caso, hasta 1929 se tuvieron las ideas bastante claras respecto de las causas y los remedios de la enfermedad. La inflación del crédito —la multiplicación en la concesión de préstamos no respaldados con ahorros reales—, creaba poder adquisitivo adicional y con ello elevaba el precio de los activos y bienes de capital hasta cotas insospechadas. Al cesar la inflación, la burbuja se deshinchaba de forma espectacular, arrastrando consigo no sólo a los inversores y banqueros, sino también a aquellas empresas que producían los susodichos bienes de capital, que veían entonces caer miserablemente su cartera de pedidos y los precios de venta. También respecto a los remedios, las cosas estaban claras. Se trataba de permitir el reajuste de precios y costes a sus niveles adecuados y de corregir los desajustes en la estructura productiva, purgando las malas inversiones en un doloroso proceso que no obstante, nunca duraba más allá de tres o cuatro semestres.

Durante los años 20 y 30 extrañas ideas inflacionistas y subconsumistas vinieron a trastocar este proceder. El efecto de este nuevo ideario fue convertir una crisis bursátil y crediticia severa pero no fatal, en la mayor depresión que el mundo ha visto. Se llegó a creer que la misión de los gobernantes era arreglar la economía con las recetas de los arbitristas monetarios, llevando a cabo intervenciones masivas. Fue entonces cuando dichos gobernantes impidieron el reajuste a la baja de los salarios en las ramas más castigadas por la crisis, otorgando poderes excepcionales a los sindicatos y condenando así al desempleo a cerca del 25% de la fuerza laboral. Al garantizar precios de compra a los agricultores, multiplicaron los excedentes de imposible colocación. También devaluaron la moneda, creando una incertidumbre sobre los instrumentos de crédito que impedía cualquier plan a largo plazo. En su necedad, elevaron el tipo del impuesto sobre el beneficio hasta el 90%, ignorando que son las empresas y la obtención de beneficio los que mueven la economía, crean la riqueza y generan los salarios. Elevaron formidables barreras arancelarias que empujaron a países con escasa dotación de recursos naturales como Alemania o Japón a agresivas políticas de expansión territorial. Igualmente se empeñaron en gastar sin límite, lo que recaudaban y lo que no, llevando las cifras de déficit y deuda pública a niveles sin precedentes.

Todavía se escucha hoy la sandez que fue Roosevelt quien sacó a América de la Gran Depresión. La realidad es que en 1938 —cuando FDR llevaba ya seis años de experimentos desde la Casa Blanca— el nivel de desempleo superaba todas las marcas conocidas. Más de once años después del Martes Negro del 29, la producción industrial seguía muy por debajo de los niveles precedentes. La II Guerra Mundial fue probablemente la mayor catástrofe sufrida por el mundo civilizado en su historia. Roosevelt que había sido uno de los principales artífices de la misma con su política comercial, no tardó en provocar el ataque japonés. Para ello decretó un brutal embargo que garantizaba el desabastecimiento del Japón en menos de tres meses en lo que a materias primas se refiere. Sólo tras entrar en guerra, dejó América atrás la Gran Depresión. La masiva inflación para financiar el esfuerzo bélico garantizó la subida de los precios. Por otro lado, los salarios no pudieron subir debido a los controles establecidos por la Administración. Con ello apareció de nuevo el margen entre costes y precios, que hace rentable la producción. Lo que le llevaba al mercado pocos meses, lo había alcanzado el Estado sólo tras doce años de intervencionismo y millares de muertes y destrucción en el camino.

Pues bien, Japón no parece haber aprendido las lecciones. Al menos no todas. En vez de permitir los dolorosos reajustes necesarios, un gobierno japonés tras otro, se empeña en aprobar un Presupuesto más deficitario y derrochador que el anterior. El déficit se sitúa persistentemente en el 7% del PIB y la deuda acumulada en el 120%. Billones y billones de yenes son destinados año tras año a tapar los agujeros de bancos y empresas. Hablar de liquidaciones es tema tabú. Flexibilidad laboral y libre comercio parecen ser términos desconocidos en su diccionario. ¿Cuánto tiempo durará todavía la agonía?
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