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1 de Junio de 2001

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FUEGO AMIGO

Las apariencias...

Por Antonio López Campillo

Es un ejercicio de imaginación el mirar las nubes tumbado en la hierba y tratando de ver caras, montañas, caballos, ratones… Es un buen entrenamiento de la imaginación y agradable. Las apariencias y la imaginación. Ver lo que no es, es equivocarse si se cree que es. El error es humano, que ya lo decía Quevedo: “Que errar es de hombres y ser herrado de bestias”.
Millones de seres humanos ha visto en la Luna una cara, con sus ojos, su boca, incluso sus gestos. Era bonito y entretenido (a falta de televisión), pero en esto llegó Galileo con su telescopio y las cejas eran montañas y la boca un valle, los ojos podían ser cráteres o impactos de meteoritos. Con sus lentes, Galileo, hizo que la imaginación sólo fuera imaginación, y lo real, real.

Pero el tiempo pasa y las cosas, incluso las más elementales, se olvidan. Hace poco al publicarse unas fotografías de la superficie de Marte, algunos vieron una cara. Con sus ojos, la boca, las cejas... vamos, todo lo que hace que una cara sea una cara. Y a partir de esa constatación se elaboraron teorías sobre todo lo divino y superhumano. Una nueva foto muestra que la cara de Marte es un sistema de montañas y valles. Ha hecho falta otra operación Galileo cuatro siglos después para saber que la cara, en estos casos, no son los astros los que la tienen.

Con motivo de las antenas de la telefonía móvil se ha generado un debate en el que se enfrentan los que creen que las radiaciones empleadas en este sistema de comunicación son nocivas para la salud y los que afirman que son inocuas, con ciertos defensores del sistema que opinan que no son demasiado malas.

El sistema exige, dado el tipo de radiaciones, una infinidad de antenas locales para cubrir el territorio y que el teléfono móvil funcione. Esta proliferación de antenas es lo que inquieta a parte de los ciudadanos, precisamente a los viven cerca de las antenas. En algunas localidades se ha reglamentado su implantación, pues las dudas sobre sus efectos sobre los seres vivos exigen una cierta cautela.

La importancia económica y social del teléfono móvil hace que las autoridades no se decidan a establecer unas reglas adecuadas. El principio de precaución es de difícil aplicación cuando las cantidades de capital son muy elevadas, esto es como una ley natural: “a más dinero en juego, más precaución al establecer unas medidas de precaución”. Pero volvamos a las apariencias. Una autoridad sanitaria catalana ha intervenido con su doctorado en la discusión sobre los efectos de las radiaciones de los teléfonos móviles. Comenta que los artículos donde se dice que las radiaciones afectan la salud no se publican en “revistas científicas de prestigio”, dando a entender que los trabajos así publicados no valen mucho.

Este es otro caso del triunfo de las apariencias. En una revista científica de prestigio se dice más verdad que en una de menos prestigio. Resulta, según esa autoridad sanitaria catalana, que la veracidad de una aseveración científica no depende de su adecuación con la realidad, sino del nivel de la revista donde ha sido publicada.

La apariencia es el renombre de la revista, su título, lo que la hace más segura es el nivel de los trabajadores que criban las comunicaciones científicas, que son seres humanos y pueden errar, ejemplos hay de revistas de renombre que han publicado errores. Y pequeñas revistas que han dado a conocer excelentes teorías. Por eso los científicos leen todos los artículos que se publican, sin distinción del “nivel” de la revista, pues lo que les interesa es lo que dice el que escribe y no el título de la revista que lo publica. Las apariencias a veces engañan.

En este asunto, lo de las radiaciones de las antenas no es lo único inquietante.
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