AUTORES Y GéNEROS
La vida es un drama
Por Agustín Jiménez
Hay autores clásicos que, si hubieran nacido más tarde, si hubieran conocido las delicias del marketing, serían gigantes del bestseller. Walter Scott y Dickens, por supuesto, y Fenimore Cooper y Balzac y, más recientemente, el grandísimo Mika Waltari, que se quedó a las puertas: "Sinuhé el Egipcio" se vendió menos que Clancy y otros de sus libros emocionantes pasaron desapercibidos o ni siquiera se publicaron entre nosotros. Ahora que hablamos de la globalización del gusto, los lectores sensatos —y, si tuvieran inteligencia, los editores— podrían practicar también la intemporalización del gusto. Si leen y predican "Los pilares de la tierra", ¿por qué no leen, aprendiendo más, "El último mohicano", que es mucho mejor? Pues, a la postre, esos libros de eras pasadas apelan del mismo modo que los éxitos de hoy a ideas y sentimientos elementales. Y tampoco nosotros debemos de ser muy diferentes de nuestros congéneres del siglo XVIII o XIX. Duranty, fundador de la revista "El realismo", que influyó en la preceptiva del siglo XIX francés —París era entonces, se jactaba el honesto Balzac, la inteligencia del mundo—, defendía que a los artistas sólo había que reclamarles que estudiaran su época. Los detalles que describe Balzac son diferentes de los que puede describir hoy Jeffrey Archer. Pero lo que cuenta es la actitud. Una actitud que se repite y se convierte en filosófica, la actitud filosófica, a veces un poco verdulera, de la civilización del periódico. Unos hechos repetidos por la descripción se convierten en estereotipos. El bestseller es una crónica "realista" o, si se quiere, un periódico dramatizado de estereotipos de una temporada. El anaquel de los bestsellers es hoy el periódico palpitante de la comedia humana. Afirmación estrepitosa que suena a culebrón.
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Durante varias semanas expectantes, la televisión francesa ha emitido una serie llamada "Rastignac", actualización del tipo, estereotipo o prototipo más famoso de los creados por Balzac. Este escritor, que más bien fue un atleta de la escritura, soñó, y casi lo logró, con crear 2.000 personajes. Los inventaba en una de las novelas de "La Comedia Humana", esa saga general de la humanidad occidental, y los volvía a sacar dos novelas más allá cruzándolos en los argumentos de otros personajes y, casi siempre, cerca del Jardín de las Tullerías. Rastignac es un joven pobre de provincias que llega a París y se come el mundo. Él solo caracterizará el estilo que llamamos "arribista" o, en más pedante, "parvenu". Balzac no consideraba que sus arribistas fueran ridículos. Se es arribista por ambición idealista: "Quiero llegar". Rastignac, y el otro jovencito de Angulema que triunfó en la capital, Lucien de Rubempré, son guapos, brillantes y, al empezar, desesperadamente nobles, y buscan la perfección con una obsesión suicida. Junto al lecho de muerte de "Le père Goriot", Rastignac da pruebas ardientes de abnegación y desprendimiento. Al principio de "Las ilusiones perdidas", Lucien sólo aspira a ser un gran poeta. Cuando, llevado por la necesidad o la vanidad, escribe crónicas deshonestas —la novela es un compendio de todas las trampas de comercialización y manipulación que desarrollan las editoriales y los periódicos—, Lucien llora de amargura.
Evidentemente, a Rastignac y Rubempré se los traga luego la tromba apabullante del lujo. En parte, quizás, porque la aspiración al lujo es, como otras aspiraciones, una aspiración al absoluto (como la del alquimista flamenco de "La recherche de l'absolu"). Y, en parte, porque la marcha de las cosas la conducen fuerzas oscuras, despiadadas, inmutables. En el humanísimo Balzac, estas fuerzas son otros estereotipos: el embaucador Vautrin, el español Carlos Herrera. Son los Mefistófeles que planean sobre Rastignac y Rubempré para adquirir su alma. Carlos Herrera recogió a un Lucien preparado para el suicidio y le abrió un crédito ilimitado. Algún crítico ha comparado esa entrega de almas con la dedicación total —por temporadas sólo dormía dos horas— que consumió, a cambio de una gloria inmensa, a Honorato de Balzac. Balzac, que ganó mucho y gastó más, es el prototipo del escritor arribista. A sus locas ganas de llegar a algo, debemos sus libros, sus descripciones meticulosas de palacios y cuchitriles, de atuendos y de gestos, su atención a los movimientos del alma. Pues Balzac nos enseña a sus personajes por fuera y por dentro. Ésta es una de las cosas en las que supera a Benito Pérez Galdós, nuestro decimonónico cronista, un poco garbancero, que tan pocas veces traspasa las fachadas.
En la serie de la televisión francesa, Rastignac es un periodista rompedor, inmoral, follador, excéntrico y generoso. Rubempré triunfa en política —se lía con la ministra de Medio Ambiente—, se corrompe, deja a la ministra por una polaca —Balzac se casó con una polaca—, se corrompe, empujado por un cínico torvo de logias y cabildeos que actualiza a los Carlos Herrera y, desesperado y avergonzado de obrar mal, se suicida. Independientemente de los méritos del guión o de la realización, el experimento prueba un hecho: los novelones clásicos son culebrones inacabables. Y también su contrario: los inacabables culebrones funcionan bien porque se basan en las mismas premisas que las grandes novelas. En el caso de Balzac la correspondencia es exacta. Sus novelas tienen kilómetros plagados de ambición y avaricia, de ruleta de deseos, de vuelcos de la fortuna, de piedad materna, de ardor voluble de mujer, de sexo de todos, de crueldad, de grotesco, de lujo de "Falcon Crest", de extravagancia y paciencia. Tantos sentimientos soterrados como el Festival de la OTI o los dramones limeños. Y están mejor escritos.