AL MICROSCOPIO
La última conquista
Por Jorge Alcalde
La clave está en el nanómetro, unidad de medida equivalente a una milmillonésima parte del metro. En los lares de lo más pequeño la ciencia cobra apariencia de límite, casi de ficción y se llama nanotecnología. A esta disciplina consistente en fabricar objetos útiles de tamaño microscópico le dedica la revista Science su portada de esta semana lo que, a todas luces, puede ser considerado como un espaldarazo para una ciencia que ha pasado su travesía del desierto entre la incredulidad y el descrédito.
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De momento, el umbral mínimo hasta el que ha podido llegarse es 7 nanómetros. Por debajo de este tamaño es difícil lograr estructuras físicas artificiales consistentes. Pero, incluso en tamaños superiores, se hace problemático conseguir que estas micromáquinas se muevan. Y, la verdad, de poco sirve un aparato que no es capaz de transportar, cortar, retirar, coser.
El gran sueño de la nanotecnología es crear un abanico de artilugios invisibles que se desplieguen por todos los rincones de nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, sistemas microelectromecánicos que regulen el flujo de tinta de una impresora y lo adapten a las peculiaridades del papel, sensores alojados en el morro de un coche para comunicar con exactitud el impulso de un choque y activar mejor el airbag, robots capaces de introducirse por los poros del hormigón de una central nuclear para detectar fugas o dispositivos de diagnóstico que navegan por nuestro torrente sanguíneo a la busca de enfermedades.
Sin embargo, la cruda realidad es que el salto de lo micro a lo nano cuenta con un obstáculo serio: la locomoción.
Se conoce como NEMS (nanoelectromechanical systems) a estos aparatos presentes y futuros. El mejor modo de conseguir que un NEM se mueva es utilizando motores biomoleculares. Por ejemplo, encimas como la kinesina, la RNA polimerasa, la miosina o la ATP, pueden ejercer labores propias de un motor. En el fondo, la vida misma es movimiento, y, del mismo modo que lo expertos en energías tratan de aprovechar el movimiento de las mareas para generar electricidad, los nanotecnólogos pretenden impulsar sus máquinas con el latido interior de las estructuras biológicas más pequeñas.
Otros pequeños problemas dificultan el desarrollo final de estos aparatos. En el fondo, la nanotecnología es una tarea de génesis, una especie de juego a ser un dios que crea cosas de la nada. Cada detalle referente a estas máquinas es un campo de creatividad infinita. No sólo hay que diseñar qué queremos que hagan y cómo vamos a conseguir que se muevan, también se tiene que diseñar su forma, su tamaño óptimo y el material sobre el que queremos que se encarnen. Todo es posible. En el mundo a escala humana, los ingenieros llevan siglos mejorando las técnicas de construcción, adaptando piezas, ensamblando montajes y estableciendo usos adecuados para cada material. En la nanotecnología se parte de cero.
Uno de los materiales que más papeletas tiene para convertirse en el elemento de referencia para construir nanomáquinas son los polímeros. Estos derivados plásticos son versátiles, resistentes y baratos y, sobre todo, permiten todo tipo de combinaciones en su composición. Incluso pueden fabricarse biopolímeros a partir de injertos de genes o tejidos vivos. De momento, una de las áreas donde más se espera que se utilicen las micromáquinas de polímeros es la genética. Se hacen necesarios chips informáticos que puedan diferenciar genes a gran velocidad con el fin de diagnosticar enfermedades o de conocer patrones de conducta de determinados medicamentos. Para ello se necesitan sensores nanoscópicos cuya fabricación sea compatible con los materiales genéticos a los que tienen que enfrentarse.
Es evidente que todavía quedan muchas preguntas sin respuesta y muchas sorpresas aguardando tras la esquina de lo más pequeño. También lo es que, a partir de ahora, las noticias sobre micromáquinas invadirán las páginas científicas y que la primera década del siglo XXI será a los NEMS lo que última del siglo XX fue a los chips. El ser humano comienza la conquista que aún le quedaba pendiente: la del mundo que reside en escalas demasiado pequeñas para ser entendidas.

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