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30 de Marzo de 2001

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CRóNICAS COSMOPOLITAS

La televisión en un cha, cha, cha

Por Carlos Semprún Maura

Hace una semana, en el Figaro Littéraire, Helmut Schmidt, ex canciller alemán, contaba en una entrevista su carrera política, su entusiasmo añejo por la construcción europea, resaltando lo que, según él, constituía su eje: la colaboración franco-alemana. Esta ilusión —porque se trata de una ilusión— no le impide ser lúcido, como cuando recuerda que el presidente Mitterand hizo todo lo posible para impedir la reunificación alemana, viajando a Moscú y Berlín con ese objetivo. Inútilmente. O cuando señala los prejuicios antialemanes que perduran en la clase política y un sector de la opinión en Francia y Gran Bretaña en donde se sigue viendo a Alemania como una potencia enemiga y siempre potencialmente agresiva, sin querer darse cuenta de cuán profundamente ha cambiado su país. En este sentido yo añadiría que la señora Thatcher era mucho más antialemana que Toni Blair, mientras que en Francia, Mitterand, como Chirac, como Jospin, sufren todos por igual del mismo complejo antialemán, enmascarándolo.
Al final de esa larga e interesante entrevista, Helmut Schmidt dice algo así como que el papel de la televisión ha cambiado las reglas del juego político. Es una evidencia. El papel carismático y la influencia que podían ejercer antaño los grandes oradores políticos, que entusiasmaban a su público no tanto por lo que declamaban como por la forma de declamar, esa retórica, ha muerto con la televisión y ha sido sustituida por el misterioso “carisma telegénico”. Además, la televisión resultando tan imprescindible como cara, bajo todos los conceptos, y los partidos y sindicatos habiendo perdido a sus militantes entusiastas y benévolos, aunque a menudo fanáticos, y haberles sustituidos por funcionarios asalariados, si las reglas del juego político han cambiado, uno de estos cambios, y no el menos importante, es su vertiginoso encarecimiento, lo cual, es obvio, constituye un obstáculo al desarrollo de la democracia.

Algo parecido puede decirse del papel de la televisión en el mundo cultural, ya se trate de libros, cine, teatro, etc. Los carteles, como los viejos oradores, ya no pintan nada, la televisión se ha convertido en el principal medio de publicidad de todas estas actividades, y el hecho de que pretenda ser un medio de difusión y conocimiento de la cultura, cuando sólo es promoción, le da una hipócrita buena conciencia, asimismo rentable. Todo es relativo, claro, porque por cada hora de televisión seudo cultural podríamos tragarnos cien de deportes. La actualidad política, sobre todo en periodos electorales, o, desgraciadamente tan a menudo en España con los crímenes de ETA, que no cesan, está mejor tratada que la cultura, aunque menos que el deporte, y no hablemos ya del chorro incesante de vulgaridad de las emisiones de entretenimiento, juegos y demás.

Un hecho reciente acaecido en Francia ilustra bastante bien este papel de gato por liebre de la televisión. Bernard Pívot, habiendo anunciado hace unas semanas, y públicamente, su autojubilación el próximo mes de junio, se le ha homenajeado con un grandioso “entierro de primera clase”. En francés, esta expresión popular no quiere decir un sepelio sino un desorbitado homenaje que se rinde a alguien para mejor “enterrarle”, o sea, arrinconarlo, olvidarlo. En el último salón del Libro, y en el Journal du Dimanche (equivalente de nuestra difunta “Hoja del Lunes”, sólo que el domingo), más de cien escritores depositan coronas en su tumba. O si se prefiere, la tumba de sus emisiones. Es cierto que se ha hecho célebre porque en el país de los ciegos, ya se sabe que los tuertos... y que ha dedicado varios decenios de su vida a dirigir emisiones literarias. La más famosa fue Apostrophes, pero después de varios años se hartó, bien sea de los libros, bien sea de los escritores, y la cambió por Bouillon de culture (literalmente “caldo de cultivo”, pero en francés, cultura y cultivo significan lo mismo, ¡qué lengua tan pobre!) en la que no se hablaba sólo de libros, también de espectáculos, y no invitaba sólo a autores, también a actores, directores, pintores, etc. Fue un desastre. Curiosamente la vulgaridad innata de Pívot se desató en esta ocasión y lo que no se atrevía con escritores —preguntarles detalles íntimos de su vida sexual, por ejemplo— lo hizo con insistencia y un mal gusto supino tratándose de actrices o actores. No ha cambiado el título, pero ha vuelto a la tertulia con escritores de tiempos de Apostrophes, pero se le nota cansado.

Yo ya he notado aquí la, digamos, filosofía política de Pívot que no supera, más bien al revés, la de un maestro de escuela socialista, pero lo quiero subrayar. Es que sus emisiones, con la imprescindible coartada “cultural”, sólo sirven de promoción a las grandes editoriales. Forman parte, como los premios literarios, por ejemplo, del sistema comercial que impera en el mundo editorial.

Hace más de treinta años, un desconocido autor de teatro, Roland Dubillard, tenía en cartel en una pequeña sala en parís su obra “Ingenuas golondrinas”, ante un público de dos o cuatro personas, según los días. André Roussin y Eugene Ionesco, autores muy dispares, uno, divertido boulevardier, el otro, quien bien se sabe, lanzaron en la prensa un grito de alarma, cada cual por su lado, pero ambos afirmaban: “¡Dubillard es un genio!” Y el éxito coronó de flores a ese patético y talentoso actor/autor. Pues esta bonita historia de salvación de un autor novel por confirmados y célebres escritores (ambos “de derechas”, dicho sea de paso) no ha ocurrido jamás con Bernard Pívot, pese a su propia fama y a la audiencia de sus emisiones. En cuarenta años de carrera no ha descubierto ni un solo autor, ni un solo libro. Pierre Nora, director de la revista “Le Débat” y de varias prestigiosos colecciones chez Gallimard me lo criticaba en un libro-conversación publicado hace años. Y aún más, citaba una serie de nombres de autores importantes quienes jamás habían sido invitados por Pívot. Yo recuerdo los de Claude Lefort y Cornelius Castoriadis, porque les conozco, pero eran muchos más.

Pívot intentó defenderse declarando que ese no era el objetivo de sus emisiones, que se dirigía al gran público y trataba únicamente de lo que podía interesarle. Es desprecio por el “gran público” no viene a cuento porque en realidad, no de manera cínica sino solapada, Pívot sólo habla de los libros que las principales editoriales quieren promocionar. Claro, hay diversidad porque la curiosidad de los lectores es diversa, pero detrás de esa diversidad están las ventas. Ninguna “ingenua golondrina”, ningún acto generoso de amor a la literatura, en sí, cruzó los estudios de televisión de monos de Pívot. Salieron los pesos pesados, siempre en cuanto a ventas, y a veces en cuanto a talento, porque no siempre son términos irreconciliables. Salieron Jean d´Ormesson, Bernard-Henri Levy, Jean-François Revel, Philippe Sollers, Max Gallo, Regis Debray, como Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Carrère d´Encausse y un larguísimo etcétera, y no faltó y ¡cómo iba a faltar! la escritora novel que, cada temporada, los editores lanzan al mercado. Estuvo —está— de moda, y no sólo en Francia, eso de las muy jóvenes escritoras que salen con su tenderete de emociones íntimas, que generalmente no tienen el menor interés. Pero, las cosas como son, los jóvenes escritores, podrán tener envidia a esa pasarela de moda femenina, tampoco despuntan por su talento. No es un buen periodo para las letras francesas. Este dicho, con la evidentísima reserva de que no leo todo lo que se publica y que nos informan mal. El gesto humano, simpático, privado, de Roussin o Ionesco para salvar a Dubillard no aparece en ninguna pantalla de televisión.

Si a Jean-François Revel, es sólo un ejemplo, se le entrevista regularmente es porque tras bregar toda una vida ha logrado imponer una obra, y sobre todo, ha encontrado lectores, muchos lectores; es, por lo tanto, rentable. Pero los Jean-François Revel de veinte años, los iconoclastas, se verán cerradas todas las puertas. La televisión actúa como las cámaras de vigilancia en los bancos y los supermercados, graba lo que tiene delante pero es incapaz de descubrir al ladrón genial, y aún menos, de felicitarle. Lo dicho, la televisión es una cha, cha, cha, pero sin ritmo caribe.
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