En España se había publicado ya
"Los crímenes del balneario". Y ahora puede leerse, con cierta fatiga pero mucho aprovechamiento,
"El sueño robado". Fatiga, porque el libro es prolijo en un sentido en que hace tiempo que no lo son las novelas occidentales, demasiado marcadas por el ritmo del cine, por el juego de índices y de suspenses. Aprovechamiento, porque, desde la misma elección del argumento, el libro nos remite a una sociedad que, aún con rémoras evidentes —¿la misma prolijidad no es acaso reflejo de la persistencia de un estilo funcionaril?—, está cambiando a marchas forzadas.
La tradición literaria rusa nos tiene acostumbrados a delirios obsesivos (Dostoievski), a delirios histriónicos (Gogol), a melancolías inauditas (Pushkin), a melancolías más discretas (Chejov), a análisis fríos y, al final, bastante puritanos (Tolstoi), a emborronamiento de géneros (Nabokov) y a emborronamiento de registros: Bulgakov, cuyo "El Maestro y el género", con el diablo y los gatos paseando por las calles y las brujas en escoba sobre los tejados de Moscú, es el referente inevitable cada vez que un libro ruso escenifica un disparate en un escenario realista. No deja de ser un disparate la primera sospecha que brota en el último caso de Anastasia: la de que a una joven le roban los sueños. Pero los crímenes reales y los procedimientos reales no tienen nada de fantásticos. En los crímenes ingresan como protagonistas actores de los que sabemos por los periódicos pero que no utilizaban los escritores rusos. Pues la mafia y demás excreciones de la actual descomposición rusa son temas que aparecían sobre todo en novelas occidentales: en el sueco Guillou, que escribe sobre el contrabando de armas, en el francés Sulitzer, que escribe sobre las aventuras de la mafia chechena, en Cruz Smith, de "Gorky Park", cuyos libros comenta en la página 125 la policía Anastasia, consciente su autora de que los elementos policíacos del imaginario de su país estaban siendo fijados por extranjeros, por lo mismo que, en la página 10, un confuso director de teatro —una ocupación plenamente soviética— que, no sabemos si irónicamente, sueña con montar un espectáculo sobre la vida de los perros, lamenta que sus actores sean todos "Madonnas y Van Dammes".
Y no es que Alexandra Marinina proponga un modelo por fin realista y autóctono de su país. Ya habíamos leído "La calle de Arbal". No es que sea la primera autora policíaca que nos llega del frío. Hace años, en occidente se publicó alguna novela de Semyonov.
No es que Marinina siquiera critique a su país. Si descontamos las invectivas normales al fárrago burocrático —y de muchas penalidades que a nosotros no chocan, como los procedimientos judiciales, ella no parece ni darse cuenta—, critican más el suyo, que es la Suecia de los años setenta, Sjöwall y Wahlöö. Lo que Marinina pone de relieve —y tal vez sea lo que emociona a los rusos, y tal vez sea lo que nos intriga a nosotros— es la acción sin ideología de una profesional que se mueve con frialdad en la sordidez. No parece tener grandes metas. Desde luego no actúa por amor a una patria legislativa. Tal vez desconfíe de algunas leyes. Pero alguien tiene que mantener el orden. Su cabeza fría ante tanto desasosiego y su inédita capacidad de trabajo son una novedad. Esa novedad se ha hecho referencia.
Los libros que Marina Alexeyeva ha publicado en España pueden encontrarse en la Tienda de Libros de El Corte Inglés