Hace 32 años, los humanos pudimos ver por primera vez la imagen de la Tierra desde la Luna. La Tierra era una pequeña esfera azul rodeada de la negrura del espacio punteado por la luz de miles y miles de astros. En ese momento, nuestra conciencia colectiva dio un salto cualitativo. Por primera vez, miles de millones de hombres y mujeres nos vimos en la perspectiva correcta. Las fronteras de los casi cien países existentes no se podían distinguir desde allá arriba. De hecho, no se podía distinguir ninguna estructura creada por nosotros. Y sin embargo, habíamos logrado enviar a tres personas a nuestro satélite. La tarea no fue nada fácil.
Hace unos 100.000 años salimos de África a buscar nuevos horizontes. La sabana había dejado de ser el ambiente ideal para un grupo de nuestros antepasados. Lentamente avanzaron a través de la geografía del continente negro. Asia, Europa, Oceanía y las Américas fueron colonizados por estas pequeñas bandas de aventureros. Desarrollaron miles de lenguas para comunicarse. Crearon cientos de culturas. Inventaron diversas tecnologías para enfrentar con éxito los nuevos ambientes que encontraban en su peregrinar. Descubrieron hace unos 10.000 años la agricultura y la metalurgia. Domesticaron animales silvestres. Se asentaron en campamentos, villas y finalmente ciudades. Se organizaron en sociedades complejas y desarrollaron los métodos y técnicas de la administración. La aventura humana estaba floreciendo rápidamente.
Con las nuevas técnicas, los recursos disponibles aumentaron en forma exponencial. La población humana del planeta creció desde unos diez millones hace 10.000 años hasta alcanzar 350 millones hace 2.000 años. La masa humana total creció 35 veces en ocho milenios. Roma y Teotihuacán eran las ciudades más pobladas en ese período. La Urbe, la ciudad fundada 753 años antes por Rómulo y Remo era la cabeza de un gran imperio universal. Su lengua y sus caminos de piedra unían las tierras que circundaban el Mediterráneo. En América, Teotihuacán vivía su apogeo.
El futuro sería muy diferente. Mientras la Roma clásica crecía, peleaba, se dividía y finalmente era conquistada por los pueblos bárbaros, sus legítimos herederos, la urbe americana fue abandonada para siempre. Otros pueblos llegarían al valle y asombrados observarían las glorias de una civilización que simplemente había muerto siglos atrás. Nada, sino ruinas, quedó de la “ciudad de los dioses” mesoamericanos. Hasta su lengua pereció con la ciudad. Roma, en cambio, logró sobrevivir en sus vástagos. Su lengua vive en el español de casi 350 millones de hispanohablantes. Sus tradiciones en los derechos occidentales. La Roma clásica logró sobrevivir a su propia muerte gracias a la tecnología de la información que ella misma heredó de los fenicios y los griegos. Sin estas tecnologías, Roma estaría hoy tan muerta como lo está Teotihuacán.
Y es que, mientras las piedras y todo lo demás se desintegra con el paso del tiempo (entropía), las ideas y los que las transmiten —la información (negentropía)— se multiplican y se transforman sin cesar creando nueva riqueza. La economía industrial incorpora ideas a la materia y esto la ha hecho tan productiva, pero la nueva economía de la información produce riqueza con las puras ideas. Logra que estas se multipliquen casi a la velocidad de la luz (internet) infectando a más y más cerebros humanos. Hoy la red vincula a más de una quinta parte de la población del planeta. 1.200 millones de cerebros procesando información en paralelo. Una verdadera bomba productora de riqueza. Sólo cuando una gran parte de los latinoamericanos estemos bien integrados a la economía de la información podremos conquistar el futuro.
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AIPERoberto Blum es investigador del
Centro de Investigación para el Desarrollo AC de Ciudad de México