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LA POLICÍA DEL PENSAMIENTO

La rebelión al servicio del poder

Quienes participaron en el debate sobre la cultura de masas iniciado en la década de 1960 escribieron, consciente o inconscientemente, un capítulo importante de la historia de la Primera Guerra Fría. Hoy, en el curso de la segunda, el asunto conserva toda su vigencia, pero se resuelve desde un solo bando: el de los que ganaron la batalla de la propaganda.

Quienes participaron en el debate sobre la cultura de masas iniciado en la década de 1960 escribieron, consciente o inconscientemente, un capítulo importante de la historia de la Primera Guerra Fría. Hoy, en el curso de la segunda, el asunto conserva toda su vigencia, pero se resuelve desde un solo bando: el de los que ganaron la batalla de la propaganda.
Ana Belén y Víctor Manuel, en un concierto contra la intervención en Irak.
Mucha agua ha corrido desde 1964, cuando Umberto Eco publicó Apocalípticos e integrados, un libro valioso para todo el mundo: tanto, que sirvió para la defensa de cualquier punto de vista.
 
En los 60 el combate se libraba en dos frentes: el de la cultura popular y el del realismo. En el primero de esos frentes, para las izquierdas, sobre todo las de raíz populista, la cuestión consistía en equiparar a Velázquez y Miguel Ángel con los dibujantes de cómics mediante el expediente de incluirlos a todos bajo el manto de la palabra "cultura". En el segundo, la clave estaba en la noción de que el progreso y el realismo estaban indisolublemente ligados, asunto sobre el cual teorizaron largamente Georg Lukács y, entre nosotros, Manuel Sacristán y Alfonso Sastre.
 
Las consecuencias no se hicieron esperar: la kultur fue absorbida por la cultura en sentido antropológico, el arte fue sustituido por las reproducciones de obras, Shakespeare se vio en versiones modernizadas o adaptaciones, la canción popular desplazó a la poesía. Y el realismo, convertido en realismo socialista, de clase, se redujo al figurativismo, procurando enaltecer el cartelismo soviético, la novela de la berza y los ruidos de la producción en las obras seudomusicales de compositores fieles al régimen en los países del Este.
 
El realismo socialista del siglo XX, premiado con el Nobel en la persona de Mijail Sholojov, fue un engendro del stalinismo que las instituciones culturales y políticas de Occidente podían haber ignorado o haber reconvertido para dar sus propias respuestas a las demandas de la época. En cambio, la CIA, en un parto de los montes ejemplar, dio a luz el Congreso por la Libertad de la Cultura y decidió promover lo que suponía era la contrapartida radical de la propuesta rusa: el expresionismo abstracto, casi islámico en su negativa a representar la obra de Dios. No habiendo comprendido lo que sucedía en el plano de los contenidos, se dedicó a financiar la forma.
 
Lograron en la pintura y la escultura lo que Kundera lamentaría más tarde respecto de la música, que según el novelista checo "llega hasta Schoenberg: después, viene un idiota con una guitarra".
 
Lucien Freud: REFLECTION (detalle).Así, en las salas de la nueva Tate Gallery de Londres conviven los carteles leninistas con Tápies y Beuys, dominando sobre Lucien Freud, Monet o los cubistas, que, como Joyce en la literatura, sí buscaban un camino para un realismo distinto del figurativo, que tanto sirve al Partido Comunista como a la divulgación del vudú.
 
El triunfo fue una vez más del agit-prop, con sus colores planos y sus contornos netos. Como si los enemigos de Occidente entendiesen mejor que sus defensores la lección de Trento: el arte como cátedra, como instancia formativa.
 
El agit-prop fue ganando lugar, primero, en los espacios de prestigio de las élites alternativas, más poderosas que las élites auténticas, las aristocracias del arte, lanzadas de lleno, desde mediados de los 60, al culto de lo indescifrable. Las élites alternativas, valiéndose de la verdad axiomática de que en términos políticos basta con declararse revolucionario para serlo, ganaron la partida en los medios de comunicación de masas: Mario Benedetti es un poeta mucho más reconocido que Milosz o Perse, que no proporcionan letra para cantantes de moda y pancarta. Ahora, el idiota de la guitarra lo ocupa todo: Bach sobrevive en una emisora minoritaria no comercial.
 
Las élites alternativas proveen al mercado ideológico –discos, cine, televisión, teatro "de ideas", libros– hasta el punto de hacerlo dependiente y ligarlo a las políticas del Estado a través de la subvención y los créditos.
 
Se financia un determinado cine, y se lo dobla a una u otra lengua con cargo a la hacienda pública. Las redes de bibliotecas autonómicas compran automáticamente libros por el hecho de haber sido editados en un idioma determinado. Se intenta censurar canciones y ponerlas fuera de concurso por razones de contenido –por machistas: acaba de suceder con Son de Sol– o, por el contrario, se las promueve a los diez o veinte principales por idénticas razones –también acaba de suceder: Bebe y, antes, Ella Baila Sola.
 
En ese punto, las élites devienen policía del pensamiento. Del pensamiento único, nacionalprogresista o nacionalbolchevique, el de un presidente intelectualmente nutrido por la lectura y las recomendaciones de un novelista menor de una lengua periférica.
 
La ubicuidad es la mejor arma de la policía del pensamiento. Por exceso de presencia, se hace invisible. Cuando una señora canta los goces de la sumisión a su amante, ahí están la oenegé o el colectivo feminista ad hoc para condenarla a la hoguera por incorrección política. Cuando otra señora canta la maldad de su amante, ahí están la discográfica capaz de lanzarla o el colectivo de fans creado ex nihilo para su consagración.
 
Nadie se da cuenta de que el Estado es democrático –para el caso, no censor– por simple inutilidad: la policía del pensamiento lo hace superfluo. Los rebeldes de toda la vida siguen siendo rebeldes: no han tomado oficialmente el poder, a la cubana, ni cobran directamente del erario común, pero funcionan como si hubiesen hecho las dos cosas. Nadie se da cuenta de que los rebeldes mandan porque continúan hablando como rebeldes, como revolucionarios, incluso. Tal vez, porque, como decía Schumpeter, "no hay nada más difícil de demostrar que lo obvio".
 
Y lo que es más llamativo: nadie se da cuenta del modo en que las figuras que formaron parte del poder en el pasado se han integrado hoy en las filas de los falsos enemigos del poder, de cómo se han trasladado, sin trasladarse, del pesebre oficial al pesebre paraoficial.
 
Ana Belén canta a Benedetti con el apoyo sin fisuras de Víctor Manuel, su marido, su manager, que también canta a veces, que cantó en la celebración de los XXV años de paz del Caudillo de España y que ahora asiste, al parecer feliz, al derribo de la estatua del personaje. Pero que nadie se desvíe de los principios del pensamiento único, ni proponga una política internacional distinta de la sumisión al eje francoalemán, ni derrame una gota de chapapote, porque ahí estarán ellos, los dos, para demandárselo. Revolucionarios del sistema.     
 
 
vazquez-rial@telefonica.net
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