Con los sindicatos y ambientalistas, Bush tendrá que vencer en lo que Clinton fracasó, logrando conseguir del Congreso lo que antes se llamaba “autorización de vía rápida”.
Fast track es el mecanismo mediante el cual el presidente de Estados Unidos puede enviar acuerdos comerciales para que sean aprobados por el Congreso, el cual puede rechazarlo, pero no enmendarlo, para favorecer a algún grupo con influencia política. El encargado es Bob Zoellick, el nuevo Representante Comercial, quien es miembro del gabinete y goza de tanto aprecio que ni los franceses hablan mal de él. Zoellick le cambió el nombre a la “vía rápida”, la cual ahora llama “autorización para promocionar el comercio”, en un intento de hacerlo más atractivo a congresistas preocupados por ofender a grupos proteccionistas.
Pero cualquiera que sea el nombre que se le dé, el significado es el mismo: se le pide al Congreso que ceda parte de su poder al presidente, y los demócratas, como también muchos republicanos, son reacios a hacerlo. Por ello, Zoellick ahora dice que la industria del acero requiere alguna protección mientras se reestructura, a la vez que muestra cierta receptividad en cuanto a la inclusión de normas laborales y ambientales en nuevos tratados comerciales.
Es difícil que logre esto último sin espantar a las naciones en desarrollo, cuya principal ventaja es su relativamente barata mano de obra. Pero no hay duda que Zoellick tiene un buen argumento: a menos que Estados Unidos comience nuevamente a negociar acuerdos comerciales, el resto del mundo los seguirán haciendo a espaldas norteamericanas y de forma que afecta a su industria y a sus puestos de trabajo. La Unión Europea, por ejemplo, ha firmado 27 acuerdos y está negociando otros 15, todos los cuales excluyen a Estados Unidos.
Pero los opositores de Zoellick no están convencidos y siguen temiendo que nuevos acuerdos aumentarán la ola de importaciones, las cuales están produciendo crecientes déficit en la balanza comercial y que causará desempleo en una economía cuyo ritmo ha caído.
Mientras tanto en Europa no le perdonan al presidente Bush que le haya dado el tiro de gracia a Kyoto. John Gummer, ex ministro británico de medioambiente, quiere que se suspendan los acuerdos comerciales con Estados Unidos a menos que Bush dé marcha atrás. No hay posibilidad. El presidente sabía que el acuerdo estaba muerto al llegar al Senado y que el comprensible rechazo por parte de China y la India, países que no estaban dispuestos a reducir su consumo de carbón y sufrir así una caída en su crecimiento, hubiera hecho que Estados Unidos cargara con casi todo el peso.
Mientras tanto la Organización Mundial del Comercio espera iniciar una nueva ronda durante su reunión ministerial en Qatar en noviembre. Su director general, Mike Moore, está tratando de persuadir a los países en desarrollo que el libre comercio y la apertura a las inversiones extranjeras hacen mucho más por aumentar el nivel de vida que la ayuda extranjera. Por otra parte, el Consejo Nacional de Comercio Extranjero, cuyos miembros incluyen a las industrias y bancos más grandes, está pidiendo la congelación de aranceles a los niveles actuales, seguido por una gradual eliminación de todas las barreras al intercambio comercial.
Así pues, Zoellick cuenta con algunos aliados, mientras prepara su viaje a Buenos Aires para la reunión ministerial sobre el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la cual es una prioridad para el presidente Bush. Esa reunión será seguida por la Cumbre de Québec que comienza el 20 de abril y en la cual participarán 33 jefes de estado.
A Zoellick se le atribuye el haber conseguido que México entrara en el NAFTA. Pero eso fue fácil comparado con su reto actual.
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AIPEIrwin Stelzer es columnista del
Sunday Times de Londres y de la revista
Weekly Standard