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20 de Julio de 2001

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MEDICINA Y SALUD

La otra guerra contra la impotencia masculina

Por Enrique Coperías

Se estima que 150 millones de hombres en todo el mundo padecen algún grado de disfunción eréctil, o sea, que tienen serias dificultades para alcanzar y soportar una erección lo suficientemente firme y duradera como para iniciar el coito, mantenerlo y finalizarlo con éxito. Dos millones de los afectados viven en nuestro país.
No cabe duda de que la aparición en el mercado de Viagra, que estuvo precedida de una auténtica expectación mediática, supuso un gran alivio para millones de varones que sufrían en silencio o, en el mejor de los casos, junto con su pareja, este trastorno sexual o que consideraban los tratamientos anteriores incómodos, desagradables o siniestros, como las bombas de vacío, los supositorios uretrales, las inyecciones intracavernosas y las prótesis quirúrgicas. Los ensayos clínicos realizados en todo el mundo han demostrado que el fármaco es eficaz casi en el 80 por 100 de los casos, con independencia de cuál sea la causa que bloquea la erección peneana: diabetes, hipertensión, depresión, lesiones medulares... La tolerancia y la seguridad de la Viagra también han quedado resueltas en los ensayos clínicos, a pesar de que se le haya responsabilizado del fallecimiento de pacientes con cardiopatías severas. En cualquier caso, la pastilla azul ha sido un rotundo éxito comercial para los laboratorios que la fabrica, o sea, Pfizer. ¿El secreto? Su principio activo, el sildenafilo. Este fármaco actúa en el miembro viril aumentando los niveles sanguíneos de guanosín monofosfato cíclico (GMPc), sustancia que se produce en respuesta al estímulo sexual. Los niveles elevados de este mediador, fundamental para la relajación del músculo liso y la vasodilatación del pene, permiten que la sangre fluya por éste y se produzca la erección.

Pero a la pastilla azul le están saliendo competidores: la Viagra corre ahora más que nunca el peligro de perder su hegemonía en las alcobas. Su nuevo competidor fue presentado en España a principios de julio. Nos referimos al clorhidrato de apomorfina, un fármaco también oral desarrollado y comercializado por Abbott bajo el nombre de Uprima. El mecanismo de acción de la apomorfina nada tiene que ver con el del sildenafilo. La Uprima actúa sobre el sistema nervioso central del impotente, concretamente en las regiones del cerebro involucradas en el desarrollo de la erección, como son el núcleo paraventricular del área preóptica media y ciertas zonas de la médula espinal. Tras el estímulo sexual, la apomorfina activa los neurotransmisores —en particular, la dopamina— que inician y mantienen el proceso eréctil.

En palabras de los urólogos, la apomorfina actúa en concentraciones muy bajas. Si éstas se sobrepasan, aparecen los primeros efectos indeseables, ya que el medicamento actúa también sobre otras áreas cerebrales, como la que controla el vómito (la apomorfina ya se prescribía como emético) o el movimiento (se utiliza en el tratamiento del Parkinson). Ahora bien, administrada en las dosis adecuadas, la seguridad y la eficacia de la Uprima queda fuera de dudas, según los responsables de Abbott. Los resultados obtenidos en 33 ensayos clínicos, en los que han participado unos 5.000 pacientes, así lo avalan. Sobre los voluntarios que respondieron al tratamiento se ha hecho un seguimiento de un año y se ha visto que su índice de respuesta está, siempre, en torno al 90 por 100. Y estos datos son los que han puesto de uñas a los fabricantes del Viagra. Pfizer acaba de interponer una denuncia contra Abbott ante la comisión de autocontrol de la publicidad, ya que considera que la información que este laboratorio está transmitiendo a los médicos y la sociedad falsea los datos reales sobre la capacidad de acción, la seguridad y la significación terapéutica de la molécula apomorfina. La guerra entre laboratorios está servida: las espadas están en alto.

Pfizer acusa a su competidor de divulgar resultados que no han podido ser contrastados científicamente, de adjudicarse primicias terapéuticas a la apomorfina que ya quedaron superadas con la Viagra y de hacer cuanto menos referencias peyorativas de la pastilla azul. Por ejemplo, Pfizer asegura que Abbott no hace honor a la verdad al señalar que la eficacia de su fármaco es del 90 por 100, cuando este dato, según la única documentación científica hecha pública que al parecer lo avala —la presentada ante la FDA estadounidense— se refiere al porcentaje de intentos de relación sexual con éxito que tuvo una muestra de 16 pacientes, los que abandonaron el estudio tras 6 meses (de un total de 1008), debido a los efectos adversos y la débil acción del medicamento. Sin embargo, Abbott no menciona, siempre en palabras de Pfizer, este hecho en sus folletos promocionales y habla siempre de 5.000 pacientes estudiados. Abbott tampoco deja bien clara cuál es la eficacia real de la Uprima en pacientes diabéticos, hipertensos o con lesiones medulares.

Ahora le toca a Abbott salir al paso de estas graves acusaciones y demostrar que el difamador está equivocado. Los intereses comerciales, que en este caso saltan a la vista, nunca deben primar sobre la salud de los enfermos: la información que llega a estos debe ser siempre objetiva, clara y concisa. Bastantes tabús y conceptos erróneos existen ya en torno a las disfunciones sexuales como para que los laboratorios vengan a embrollar aún más nuestra tapada sexualidad. De lo contrario, el gatillazo será tremendo, para unos y otros.
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