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4 de Mayo de 2001

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AUTORES Y GéNEROS

La moda de las pirámides

Por Agustín Jiménez

Christian Jacq debe su fortuna a una curiosa combinación de factores. O es tan listo que se ha fabricado por sí mismo un filón. En ciencia, en tecnología, la comprobación de necesidades vulgares origina imperios. Así surgieron el post-it o el cepillo de dientes. En la literatura de bestsellers —diez millones de ejemplares vendió de una tacada la pentalogía de "Ramsés"— es parecido. Se trata de encontrar un tema y ceñirse a él. Christian Jacq no escribe novelas históricas, escribe novelas sobre Egipto, "es" el escritor de novelas de Egipto. Las novelas sobre Egipto que no vienen firmadas por él conocen éxitos mucho más discretos o pasan desapercibidas.
Esta semana, en "Amazon" se ofrecían casi trescientas novelas egipcias. Pauline Gedge o Gilbert Sinoué —por citar sólo autores publicados en España— han querido subirse al carro. "El último Faraón" de Sinoué, que trata del extraño destino de Mehmet Alí, el comerciante albanés que se quedó con Egipto y lo modernizó en el siglo XIX, es un ensayo novelado que se lee con gusto y aprovechamiento. Pero el XIX no es en absoluto una época mítica. Pauline Gedge —"La ciénaga de los hipopótamos"— sí se ocupa del Egipto mítico: el de la dinastía XII, la misma durante la que vivió un personaje legendario cuya recreación produjo la única gran obra literaria que conocemos sobre el país del Nilo: "Sinuhé el egipcio" del inmenso finlandés Mika Waltari. Pero si alguien encontraba cursi a Christian Jacq —y es casi inevitable serlo cuando se tiene un gran tema pero no se es un gran escritor— puede leer a la Gedge. A su lado, Christian Jacq es un modelo de ponderación y clasicismo. ¡Quién sabe¡ Al menos el autor está convencido de su valía y, si escribe como escribe hoy, es porque le funciona. En realidad, como reveló en una entrevista, su estilo original, y dos novelas inéditas que publicará cuando sea viejo, se decantan más bien hacia Robbe-Grillet. Sea como sea, su carrera empezó en la Academia, aunque los académicos le dan menos importancia que los críticos de literatura. Que, a su vez, le dan menos importancia que los libreros.

Otros autores de fama han empezado como profesores de asignaturas arduas. Es el caso de Asimov, de Clark, de Michael Ende, de Umberto Eco. Todos ellos escriben mejor que Christian Jacq, pero éste es hoy el único imprescindible. Los estudios de egiptología los capitanean hoy los alemanes, pero la ilustración mítica corresponde, como en tantos asuntos, a los franceses. Independientemente de sus valores narrativos, Christian Jacq despliega una inteligencia considerable que aboca a fórmulas esclarecedoras. Como ésta, de su novela sobre Champollion: "Sólo los egipcios supieron unir lo grandioso y lo humano". ¿Ésa es la razón de que nos intriguen y, a la vez, nos conmuevan?

El escenario egipcio conmueve o asusta a los artistas europeos. Del reposo eterno de las momias se ocupan infinidad de películas, una novela de Anne Rice o una famosa serie de televisión cuyo remake se acaba de estrenar en Francia: "Belphegor". Del efecto maléfico de su entorno tratan, por ejemplo, "Muerte en el Nilo" de Agatha Christie, que estuvo casada con un excavador de tumbas, o "La esfinge" de Robin Cook, autor de tantas novelas sobre patologías de hospital. Los cómics han explotado a placer el filón. Pueden citarse el nombre de Lucien de Gieter, autor de la serie "Papiro" y tres perlas del género: "El misterio de la gran pirámide" de E.P. Jacobs, que asienta el estilo en 1954, el "Cleopatra", probablemente la mejor entrega de toda la serie de Astérix, y "Las momias enloquecidas" de Tardi.

La literatura seria también se ha dejado llevar: la actual —Kadaré ("La pirámide"), el nativo Naguib Mahfouz ("Derivas sobre el Nilo", "La maldición de Ra")— y, mucho antes, la clásica: los románticos alemanes —Achim von Armin— y muchos franceses del XIX que hicieron una escapada a Egipto, o la soñaron, para emular como fuera la extravagante y efímera conquista de Napoleón: Teófilo Gautier, Flaubert y uno a quien Jacq cita como motor de su imaginación: el poeta Gérard de Nerval que, en su "Viaje a Oriente", justificó hasta las cosas más injustificables de los egipcios.

Desde que los egipcios la diseñaron, la construcción piramidal no ha dejado de extrañarnos. Entre nosotros simboliza lo más eterno, lo más estático y lo más ridículo: la pirámide de Peeters (aunque Berlov, un especialista soviético que cita con fruición Jacq, puntualiza que "el Egipto antiguo es el único país en que los funcionarios han servido para algo"). Por los años en que empezó a publicar Christian Jacq, Francia conoció, en el huero esplendor de los últimos años de Mitterrand —un presidente que, sin duda, hubiera deseado llegar a faraón—, un apogeo del motivo piramidal como elemento decorativo —se veía en los platós de televisión— y urbanístico: la pirámide del Louvre. Que ahí sigue como siguen en la librería los libros informativos, soñadores, alternativos, literariamente pasables, en todo caso leidísimos, del arqueólogo Christian Jacq.

Los libros de Christian Jacq están disponibles en la Tienda de Libros de El Corte Inglés
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