CRóNICAS COSMOPOLITAS
La Marquesa salió a las cinco...
Por Carlos Semprún Maura
En sus polémicos, inteligentes y ultra sectarios ensayos sobre la novela, de hace unos cuarenta años (comme le temps passe), Alain Robbe-Grillet escribió una frase que se hizo indebidamente célebre, afirmando que ya nadie podía escribir cosas como: “La marquesa salió a las cinco...”. Para responder a esa bobada del papá de la nueva novela, Claude Mauriac, hijo de François, publicó una novela con ese mismo título: “La marquesa, etc”. Desgraciadamente vino a darle implícitamente la razón a Robbe-Grillet, no porque justificara esa teoría absurda —cada cual escribe lo que le da la realísima gana—, sino sencillamente porque su libro era pésimo.
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La “muerte del padre” o “la lucha de generaciones”, constituye una constante en el mundillo cultural parisino, o sea francés. No pueden afirmarse sin matar a sus predecesores. André Breton, por ejemplo (y sus discípulos) no dictaminó cómo debían escribirse novelas, sino que en la novela había muerto, e impuso la consiguiente prohibición a sus adeptos; no tenían derecho a escribir novelas. Se podrían dar otros ejemplos. He elegido uno que no tiene que ver con la literatura. Asistimos hace unas semanas, en Francia, pero no únicamente, a un gigantesco mea culpa de los que aún se creen protagonistas de los acontecimientos de mayo-junio de 1968. Vayamos por partes. Me parece lógico, ni bien, ni mal, lógico, que los jóvenes de hoy consideren a sus “padres” ex sesentayocheros (¡menudo barbarismo!), convertidos en senadores y notarios, como a cretinos ex combatientes. (Ionesco viendo desde las ventanas de su piso del bulevar de Montparnasse una gigantesca manifestación declaró, por lo visto: ¡vaya¡ Los notarios desfilan.) ¿Por qué farolean tanto por esos martes de carnaval y por qué se desgarran las vestiduras? No les falta razón.
El año pasado escribí en estas crónicas lo que pensaba de Mayo 68, intentando resumir algunos aspectos de ese impresionante batiburrillo en el que se mezclaban gritos de libertad a todos los niveles de la sociedad, protestas contra las jerarquías conservadoras, con discursos y acciones de la más supina intolerancia y defensa de las peores ideologías y praxis del totalitarismo: marxismo-leninismo, maoísmo, guevarismo, etc. No me voy a repetir. En Francia, los que intentan hacer un balance crítico de su actividad de entonces, justificando lo peor, son los que yo calificaría de “políticos”: maoístas, trotskistas, etc., quienes soñaron con una revolución decimonónica o tercermundista, pero con torrentes de sangre. La verdad sea dicha, el terrorismo no cundió en Francia, como en Alemania o Italia, y no hablemos de España. Aunque hubo algunos asesinatos por parte de Acción Directa, pero no únicamente. Todos estos señores S. July, A Geismar, R. Goupil, H. Castro, y muchos más, habiéndose convertido en colaboradores o funcionarios de la socialburocracia del PS/PC en el poder, resulta también lógico y “político” que exalten lo que intentan presentar ahora como “de izquierdas”, ya entonces, a la vez que critican sus excesos juveniles. Para dar un ejemplo: cuando Henri Weber, que fue uno de los dirigentes de la troika de la Liga Comunista Revolucionaria, trotskista, en 1968, convertido en senador socialista, pontifica sobre lo bueno y lo malo de aquellos eventos parece ni darse cuenta de que él, personalmente, se ha convertido en lo que más furiosamente odiaba en sus mocedades: o sea el notable oportunista de izquierdas.
En Alemania y en Italia, las cosas fueron diferentes y el terrorismo estuvo mucho más presente que en Francia. Para elegir sólo un aspecto de la polémica actual, o sea los ataques a los izquierdistas convertidos en Verdes, y concretamente el pasado de Joschka Fischer, Goñi-Bendit y algunos más, hay algo que me parece fácil de rebatir. Si no se les acusa de haber sido terroristas, sí de haber conocido a terroristas, de haber simpatizado con ellos, y se lanzan infundios sobre una supuesta o posible colaboración. Estas acusaciones y rumores provienen a menudo de personas turbias, ex-terroristas o familiares, de la RAF de Baader y Cia, y algunos pasados a la extrema derecha. Pero una extrema derecha nacionalista, anticapitalista y antinorteamericana —y sobre todo antiliberal—, o sea con odios muy semejantes a los de la RAF, y como ésta, más o menos manipulados por la Stassi, o sus residuos actuales. Yo ya conté aquí como Cohn-Bendit impidió que se utilizaran las armas en una de las noches más frenéticas de Mayo 68 en París. También se le reprocha (como a Fischer) haber ayudado al terrorista alemán Hans-Joachín Klein, y de haber testimoniado a su favor en su reciente juicio. Pues resulta que Klein constituye un magnífico testimonio sobre el honor criminal de su terrorismo, cuya lectura debería ser recomendada en todos los colegios del País Vasco, y en alguno más. Personalmente, yo aplaudo la actitud del ministro y del diputado europeo en esta ocasión y lamento la pena de cárcel para Klein. También es probable que si se hubiera rendido antes a la justicia alemana, su pena hubiera sido más leve.
Además ¿quién no ha conocido a terroristas? Yo, que jamás empuñé una pistola, ni hice explotar un artefacto, conocí durante mi larga militancia antifranquista a compañeros que terminaron por elegir la vía violenta. Tenemos el ejemplo de nuestra actual y trágica situación en el País Vasco. ¿Alguien se atrevería a condenar a Mario Onaindía por haber sido de ETA (y como terrorista ¡ustedes dirán¡), por haberla abandonado, por haber tenido luego cargos electos por el PSE en el País Vasco y por condenar hoy firmemente a ETA? ¿O a Jon Jauristi y a los demás, que creyeron que en la lucha contra la dictadura franquista la lucha armada era legítima? Pues eso es, más o menos, lo que se le achaca a Fischer: no puede seguir siendo ministro porque tomó un café con un terrorista. Desde luego, los métodos de lucha contra una dictadura pueden ser diferentes a los que deberían emplearse en las sociedades democráticas como en Alemania o Italia, y en España hoy. Aunque el terrorismo sea siempre deleznable.
Otro ejemplo, del bando opuesto: ¿Alguien se atrevería a negar que una persona tan ampliamente aceptada como lo fue en un periodo Dionisio Ridruejo no fue un falangista violento, no empuñó pistolas, no estuvo en la División Azul? ¿Su pasado de falangista violento hubiera debido impedirle ser diputado e incluso ministro si hubiera vivido después de Franco, en tiempos de la transición? Yo no conocí personalmente a Ridruejo, ni le leí, salvo algún artículo, pero este ejemplo me parece evidente. La vida es contradictoria y las sociedades aun más y la rebeldía juvenil constituye un factor case biológico. El sueño de una sociedad en la que todos los ciudadanos serían buenos, iguales, verían los mismos programas de televisión, comerían las mismas meriendas y serían obligatoriamente felices es un sueño totalitario.
Uno de los pocos famosos que han ironizado sobre este mea culpa colectivo y las críticas conservadoras a las locuras de Mayo 68 es Philippe Sellers. Pero ocurre que se cuida de no recordar su actitud en aquella ocasión, que fue, precisamente, de lo peor: ingresó estrepitosamente en el PCF, o sea en lo que encontró de más reaccionario, y luego, dándose cuenta de que había fallado el tren de la moda, se hizo maoísta una temporada. En ninguno de estos casos se sumió al grito libertario que parece defender ahora. El mundo es contradictorio y caótico y si la marquesa sale a las cinco, a veces lleva minifaldas, pese a su avanzada edad. Mientras tanto los niños leen libros prohibidos.