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9 de Febrero de 2001

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Llegan las superproduccionesPor Andrés Arconada
ResonanciasPor Agustín Jiménez
Las tabaqueras americanas y el contrabandoPor José Ignacio del Castillo
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El universo anormalPor Jorge Alcalde
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Esa muchacha rubiaPor José Apezarena
Glópita-GlópitaPor Rafael Escalada
Señas de identidadPor Julia Escobar
Luces, cámara, acciónPor Fabián C. Barrio
Jordi Pujol está librePor Fabián C. Barrio
ComprensividadPor Alicia Delibes
Una casa divididaPor Ramón Díaz
Davos, Porto Alegre y los payasosPor Marta Yolanda Díaz-Durán
Odisea personalPor Carlos Ball
La señorita CristinaPor Carlos de Matesanz
Semana del 3 al 9 de febreroPor I. González y Rosana Laviada

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DAVOS Y PORTO ALEGRE

La izquierda y la globalización

Por Aníbal Romero

El reciente Foro Económico Mundial de Davos tuvo su contrapartida en un denominado "Foro Social Mundial", que congregó en Río de Janeiro a varios miles de activistas e intelectuales de la izquierda internacional. Desde luego, ese heterogéneo agrupamiento incluye desde feministas radicales, "verdes" y marxistas de la más variada especie hasta simpatizantes del terrorismo y miembros de organizaciones fundamentalistas. En realidad, lo único que les une son sus odios, pero jamás serían capaces de ponerse de acuerdo en torno a un programa medianamente coherente de acción concreta y positiva, en función de construir una alternativa viable ante el actual contexto global.
Dicho en otros términos, ese "Foro Social" congrega individuos que tienen claro a qué se oponen, pero sólo con grandes dificultades podrían articular un panorama mental mínimamente comprensible acerca de la opción que proponen, más allá de balbucear abstracciones como "una sociedad justa para todos", "un mundo de equidad y prosperidad", y "un socialismo con rostro humano a escala planetaria". Lo lamentable del asunto, aparte de su superficialidad y confusión, es que esa izquierda huérfana de ideas y cada día más radicalizada estará con nosotros siempre, pues la perfección a la que aspiran no es tarea de seres humanos sino de dioses. ¿Conclusión? Nunca estarán contentos con lo que ven, sino con lo que aspiran crear.

Lejos estoy de argumentar que las cosas, tal y como hoy se nos presentan en el escenario internacional, sean del todo satisfactorias. Sin embargo, considero de igual forma que son muchos y muy significativos los avances que se han realizado estos pasados años. Para empezar, el colapso del comunismo en la ex Unión Soviética y Europa Oriental, y el fin de la Guerra Fría han abierto perspectivas alentadoras y dado un indudable impulso a las ideas que promueven la libertad política y económica de las personas alrededor del mundo. ¿Qué propone ante esto la izquierda neomarxista y ecologista?

Tanto su diagnóstico como sus propuestas están equivocados, y son una simple repetición del viejo sueño utópico que dio origen a las tragedias totalitarias del siglo XX. En síntesis, la esencia del planteamiento antiglobalización parte de una teoría conspirativa de la historia, según la cual los gigantescos cambios económico-tecnológicos que están modificando la faz del planeta son resultado de una conspiración estructurada por grupúsculos elitescos, cuando en verdad se trata de un movimiento espontáneo que nadie en el fondo controla y que se origina en la acción de centenares de millones de seres que buscan su destino.

Por otra parte, esa globalización (que Marx y Engels, por cierto, vislumbraron con lucidez en su Manifiesto Comunista hace 150 años) es indetenible y abre enormes oportunidades para el progreso de la gente, si sabemos aprovecharlas. Es una idea absurda y reaccionaria pretender un retorno al nacionalismo decimonónico, la autarquía y el primitivismo ecológico. Por ese camino, los padecimientos que hoy aquejan a tantos, el hambre, el desempleo, el atraso y las enfermedades, se multiplicarían de manera exponencial.

No cabe duda que las transformaciones globales que estamos presenciando arrojan dificultades a la vez que ofrecen oportunidades, pero constituye un serio error político, cuestionable también desde un punto de vista ético, limitarse a formular condenas al proceso sin ofrecer alternativas que sean, a la vez, teóricamente coherentes y realmente viables en la práctica. El llamado "Foro Social" no hace sino dar cabida a un rechazo ciego y un odio estéril, sustentados ambos, de paso, en la negativa a admitir el fracaso estrepitoso del socialismo como modelo económico, y de sus patéticas y dolorosas implicaciones políticas. De allí que la izquierda globalizada y su anarquía intelectual y moral no ofrezcan nada que no conozcamos ya, muy a nuestro pesar, a través de las trágicas experiencias de un siglo plagado de falsas utopías.

© AIPE

Aníbal Romero es profesor de ciencia política en la Universidad Simón Bolívar de Caracas.
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