En los años 60, yo crecí en una hacienda junto al río Grande, en las afueras de la ciudad fronteriza de Laredo, Texas, donde constantemente le dábamos techo y trabajo a mexicanos ilegales. Ellos son la gente que yo he visto trabajar más duro; se trataba de gente religiosa y con profundos valores familiares. Trabajamos, comimos y jugamos juntos. Muchos de ellos fueron mis amigos y entre mis mejores recuerdos están las ocasiones en que los ayudé a esconderse de la policía fronteriza.
La contratación de indocumentados era algo común. Muchas familias de clase media tenían una empleada doméstica, quien a menudo se convertía en parte de la familia, ejerciendo un papel importante en el cuidado y educación de los niños.
Tanto el empleado como el empleador se beneficiaban. El trabajador recibía un mejor salario que en México y el patrón se beneficiaba del trabajo y la lealtad tradicional mostrada por los mexicanos. La única explotación provenía de las leyes de inmigración. Cuando alguna empleada doméstica estaba descontenta y buscaba otro empleo, se exponía a ser reportada a las autoridades.
En una ocasión le pedí al sheriff de la localidad que nos permitiera a mi primo y a mí presentarles un espectáculo navideño a los indocumentados detenidos en su centro de detención. Nos dijo que sí.
En el día escogido nos presentamos en un escenario preparado para la ocasión, frente a una audiencia de alrededor de 150 detenidos. Mi primo comenzó a tocar su guitarra y a cantar “Cielito lindo” y después de varias canciones me pasó el micrófono. Nuestro español era bastante bueno y les dije: “A pesar de que ustedes están presos, no piensen ni por un instante que son delincuentes porque no lo son. Ustedes no han hecho nada moralmente criticable. Han hecho lo que Dios espera de ustedes: todo lo posible por mejorar sus vidas y las de su familia con su trabajo. ¿Por qué no debiera haber libertad para ello? Los verdaderos delincuentes son los jueces federales, los guardias fronterizos y los funcionarios de inmigración que los metieron en esta cárcel.
La reacción no se dejó esperar. Le trajimos sonrisas de oreja a oreja a esa pobre gente el día de Navidades.
El presidente Bush estuvo justificado en molestarse con Linda Chávez al enterarse por terceros sobre su ayuda a indocumentados, pero hubiera podido utilizar la ocasión para oponerse públicamente a que ciudadanos americanos sean castigados por contratar o por albergar a indocumentados. También ha podido aprovechar la ocasión para exigir la revocación de leyes malas e inmorales, anunciando el perdón a todos los que las hayan violado.
El presidente Bush, en lugar de enarbolar la bandera de la libertad y defender la libertad de asociación y de contratación recordando los fundamentos históricos de nuestra Estatua de la Libertad, prefirió callar y pasar desapercibido. No fue exactamente un buen ejemplo de compasión conservadora.
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AIPEJacob G. Hornberger es fundador y presidente de
The Future of Freedom Foundation.