CRóNICAS COSMOPOLITAS
La guerra de cincuenta años
Por Carlos Semprún Maura
Para quienes en las Universidades norteamericanas, en “Le Monde diplomatique”, o en “El País”, etc, siguen considerando que la URSS fue una potencia justa y bondadosa y en cambio los USA fueron y siguieron siendo el Gran Satanás y el capitalismo el mal absoluto, el libro de Georges-Henri Soutou (“La guerre de cinquante ans”. Ed. Fayard, París 2001), será vilmente condenado como “de derechas”. Para quienes, en cambio, se interesan por los hechos, la realidad (y el Gulag y sus, por lo menos, 30 millones de muertos inocentes, que les pese a tirios y troyanos, es una realidad), lo consideraremos magnífico. No es el primero que se publica —ni que leo— sobre la guerra fría y las relaciones Este-Oeste de 1943 a 1990, en este caso, pero es uno de los más documentados e inteligentes. Se apoya, claro, en la distancia histórica y la apertura parcial de algunos archivos secretos, pero el trabajo de análisis del autor, profesor de Historia en la Sorbona, es muy serio. Tratándose de un libro de más de 700 páginas, esencialmente consagrado a las relaciones entre estados, gobiernos, enfrentamientos militares y diplomáticos (sin que la “guerra ideológica”, digamos, esté ausente), me limitaré a comentar ciertas circunstancias y acontecimientos que están en la memoria de casi todos y aún alimentan polémicas.
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Lo primero que me ha llamado la atención —y provocado retrospectivos escalofríos— es el profundo desconocimiento de los dirigentes y jefes de estado occidentales de la verdadera naturaleza del totalitarismo comunista, que se trate de la URSS, luego de China, etc. En este libro se demuestra que así fue desde la IIº Guerra Mundial, pero claro hubiera podido remontarse antes, el caso es que Roosevelt tenía una opinión profundamente errónea sobre Stalin y la URSS. El presidente norteamericano y aunque mucho menos algo también Churchill, consideraban a Stalin como el dirigente indiscutible de una potencia en guerra contra su enemigo común: la Alemania nazi y sus aliados italianos, rumanos, etc. En esa óptica consideraban totalmente justificado que esa potencia aliada en esa tremenda guerra, quisiera sacar beneficios de todo tipo tras la victoria. En ningún momento y pese a que Churchill se mostrara más al tanto de la realidad soviética reaccionaron como si fueran conscientes de que estaban aliados al totalitarismo comunista contra el totalitarismo nazi, y cedieron, no todo lo que pretendía Stalin, pero mucho más de lo que hubiera sido necesario para mantener la alianza guerrera.
Hoy resulta fácil pero imprescindible afirmar que hubiera sido posible derrotar juntos al nazismo, sin favorecer tanto la expansión del comunismo soviético. Eso hubiera podido evitar las tragedias que ha conocido media Europa. Buena prueba de la ceguera, cuando la no cobardía occidental, en las diversas conferencias aliadas de Yalta, Postdam, etc, es que, resumiendo mucho, los occidentales “regalaron” la Europa del Este a la URSS pero a condición de que los soviéticos respetaran en aquellos países la democracia representativa y el pluralismo de partidos. Está visto como la respetaron: organizaron —en todos los sentidos del término— elecciones en las que los candidatos oficiales ganaban automáticamente con el 99,9% de los votos, y que durante años mantuvieron la ficción de partidos vasallos, agrarios o agrícolas. La conclusión fundamental es, repito, que esta ceguera sobre la verdadera naturaleza de la URSS gran potencia con “legítimos” intereses, les hizo olvidar su segundo y a veces primer objetivo de subversión mundial (Soutou lo califica de revolución mundial), que jamás habían abandonado.
La conquista del mundo, un mundo único con un sistema político-económico único y totalitario, fue siempre la meta de los países y partidos comunistas, pese a sus contradicciones y enfrentamientos sobre los “periodos de transición”. Evidentemente la política imperialista “de nuevo tipo” soviética y china, que se convirtieron en divergentes, conocieron diferentes etapas con ofensivas militares o “revolucionarias” (en el “tercer mundo”, por ejemplo) seguidas de altos al fuego y negociaciones de paz y desarme. Enfrente ocurrió algo parecido: a la agresividad, no del comunismo sino de las grandes potencias, se respondió en Corea, Vietnam, pero también en Berlín (puente aéreo), como en Cuba (crisis de los misiles soviéticos), alternando con incesantes intentos de acuerdos sobre el desarme y la paz eterna, que los comunistas en su conjunto, se pasaban por el sobaco, cuando les convenía y podían. Exactamente lo mismo hicieron en su momento la Alemania nazi y la Italia fascista.
Algún ejemplo: resulta evidente que el desembarco de un puñado de anticastristas en la Bahía de los Cochinos (1961) planeado por la CIA en tiempos de Eisenhower y aceptada por Kennedy luego, constituyó un rotundo fracaso que reforzó la dictadura castrista y su sometimiento a Moscú. Aquello condujo directamente a la “crisis de los cohetes”, o sea a la locura de Jruschov quien envió a Cuba 50.000 militares y miles de cohetes nucleares que podrían arrasar dos tercios de EEUU, con el pretexto de proteger la pequeña isla de los ataques de su potente vecino. Burdo pretexto. Si Kennedy se mostró firme y dispuesto, si necesario, a la guerra, obligando los soviéticos a retirar los cohetes y buena parte de la tropa, fue sólo una victoria a medias. Pese al cabreo de Castro que prefería la guerra, Cuba siguió siendo una avanzadilla de la URSS y actuó en América Central y en África (asolando Angola y Mozambique) a sus órdenes. Además, los USA, siempre con el criterio del posible entendimiento entre grandes potencias, retiraron sus propias armas nucleares de Turquía para complacer a Moscú. Este espíritu “muniques”, de los diferentes Presidentes y gobiernos norteamericanos no se manifestó únicamente en relación con Cuba. Desde luego no todos reaccionaron de la misma manera ante el peligro comunista y si Soutou es bastante crítico con la política de Nixon, aconsejado por Kissanger, que someramente puede resumirse por “nos repartimos el mundo con la URSS y todo irá bien”, la administración Carter fue un modelo de estupidez arropada en buenos sentimientos: en vez de enfrentarse a la URSS bastaría con dialogar y colaborar para que la paz y la justicia fueran eternas. Convencida, la URSS atacó Afganistán y Washington ayudó a los castristas en Nicaragua y hasta al “Sendero Luminoso” en Perú. No directamente, claro, pero subvencionaron a las asociaciones “caritativas” que el “Sendero” había hábilmente montado para recaudar fondos y comprar armas.
Uno de los traumas más profundos de la sociedad norteamericana fue, sin lugar a dudas, la Guerra del Vietnam. Desde luego, fue una guerra cruenta, pero sobre todo mal concebida, mal conducida y perdida tanto por motivos políticos como militares. Ya sé que voy a levantar ampollas en almas sensibles, si j’ose dire, fue, sin embargo, una guerra necesaria: había que frenar el expansionismo militar comunista en Asia. ¿Quién se atrevió a afirmarlo entonces aparte Soljenitsin? En cambio, el tan despreciado Ronald Reagan, ese mediocre actor del que todo el mundo se mofaba, no sólo no fue el desastre prometido sino que su firmeza y lucidez frente a Gorbachov aceleró el hundimiento de la URSS. Claro, su política de rearme, sus proyectos de “escudo antimisiles” etc, ”costaron muy caros”. Algunos, en USA, sólo quieren ver eso, pero “eso” aceleró la implosión de la URSS y la agonía de los totalitarismos, y es lo más importante a fin de cuentas. Mi anticomunismo visceral me ha llevado a desbordar a ratos este libro admirable sin traicionar a su autor.
Concluiré con la constatación de que si la política de los dirigentes occidentales frente al peligro comunista fue desastrosa en muchas ocasiones, la propia incapacidad del marxismo realizado para resolver los problemas económicos, sociales, culturales y humanos en los países que sometió, lo llevó al desastre y se derrumbó. Hoy, el capitalismo derrotado militarmente en Vietnam, por ejemplo, triunfa allí económicamente. Como en China y Rusia pese a los pesares. Si los actuales dirigentes rusos y chinos siguen teniendo sus ambiciones de gran potencia, que pueden llegar a ser peligrosas, ya no tienen a su disposición las armas ideológicas del comunismo. Si en el mundo entero hubo gentes dispuestas a matar y morir por Stalin, por Putin, ustedes me dirán... Lo cual no quiere decir que nuestras perfectibles democracias ya no tengan enemigos mortales, uno de los peores sobre el cual se tiene la misma ceguera que antaño con el comunismo, es el integrismo musulmán. El cuento de nunca acabar.