Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
18 de Mayo de 2001

En portada

La venganza de las vacas locasPor Antonio López Campillo
Semana tristePor Carlos Pérez Gimeno
Hacia la “estanflación”Por José Ignacio del Castillo
Carpe diem (III)Por Rafael Escalada
La Fórmula 1 ruge en InternetPor Martín Higueras
La guerra de cincuenta añosPor Carlos Semprún Maura
¿Cómo luchar contra el colesterol?Por Carmen Fernández Ruiz
¿Existen criterios objetivos?Por Jesús Gómez Ruiz
Fin de la temporada ComplutensePor Carlos de Matesanz
Zarzuela pide tiempoPor José Apezarena
La carabina de AmbrosioPor Agustín Jiménez
Hipatía de AlejandríaPor Alicia Delibes
La línea UltimatePor David Jiménez Torres
Regresa la MomiaPor Andrés Arconada
ARN, la molécula de la vidaPor Enrique Coperías
Cataluña se exponePor Pablo Jimenez
Semana del 12 al 18 de mayoPor I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

DRAGONES Y MAZMORRAS

La forma en que vivimos literariamente

Por Julia Escobar

Una amiga mía que trabaja en el periódico “Le Monde”, concretamente en “Le Monde des Livres”, ha venido unos días a Madrid para escribir un reportaje sobre la vida literaria madrileña. Es evidente que Martine Silber (alguna vez la he citado en esta sección) tiene una confianza desmesurada en mí, porque me ha pedido asesoría al respecto. ¡Tremenda responsabilidad la de contribuir a trazar el esquema de lo que los franceses deberán pensar sobre la supuesta vida literaria madrileña! Espero estar a la altura de sus expectativas y, cómo no, de las nuestras. Lo primero que me he planteado es si, en puridad, se puede hablar de “vida literaria madrileña” sin caer en el oxímoron, porque como nos dijo Andrés Trapiello, a quien nos encontramos en la Feria del Libro de Ocasión, la vida literaria o es vida, o es literaria. Pero boutades aparte, mentiría muy mucho si dijera que Madrid es una ciudad donde la literatura no está presente.
Otra cosa es que se note, y ahí me duele, porque lo que pretende mi amiga no es hacer un censo de escritores, editoriales, periódicos, revistas o instituciones culturales con sede en la capital de España, sino rastrear su reflejo en las calles, y captar lo que estas últimas nos cuentan de su historia literaria. Mi amiga conoce bien España y nuestro carácter iconoclasta, por tanto no la ha sorprendido que nuestro paseo sentimental haya tenido un sesgo casi arqueológico. Empezamos por el Café Lyon, convertido parte en un pub irlandés, donde quedan algunos restos del naufragio, y parte en un VIPS. No pudimos ver los sótanos que albergaron “La ballena alegre” (alojados en la parte irlandesa), donde se codeaban –en tertulias diferentes aunque bajo el mismo techo- Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera, ni por lo tanto comprobar si seguían los frescos en las paredes de la cueva. Pasamos, porque está al lado, a la Cervecería de Correos, otro hito de la historia literaria, convertida en un restaurante pulcro y luminoso, prácticamente irreconocible, donde el pasado se encarna en una foto, arrumbada en un rincón, de la alegre muchachada previa al desastre: Neruda, los dos Machados, Alberti, Buñuel, otra vez Lorca. Luego el Café Gijón, parada inevitable, mejor conservado, pero sin contenido especifico y, por último, el Café Comercial, donde ya no tiene tertulia ni Rafael Sánchez Ferlosio pero donde creo que todavía escribe versos Tomás Segovia. No les aburriré con nuestro trayecto, que se prolongó por el Madrid galdosiano, el Madrid de los teatros y se terminó (ella tenía que volver a Francia) en el Madrid romántico. ¡Qué orgullo y qué dolor!

“De acuerdo –dirán ustedes- pero ¿qué le dijo usted de la vida literaria de hoy?" Pues la verdad, algunas cosas que la debieron chocar, entre otras, que la vida literaria madrileña, como la vida literaria española, no es un milagro de la democracia, aunque se haya visto impulsada por ella, sino que es la continuación de una historia literaria rica y consolidada, que se vio traumatizada por la guerra civil, y sin duda alguna seriamente baqueteada por la dictadura, pero nunca silenciada del todo, ni anulada.

Que la inteligencia, la belleza y la cultura no son patrimonio de la izquierda -como hemos sostenido algunos durante los años oscuros en aras de un antifranquismo mal entendido, con lo que sólo hemos tirado piedras a nuestro propio tejado, y como me consta que todavía piensan en Francia, claramente por nuestra culpa y también por la culpa de cierta prensa- y que no hay más que repasar la historia de nuestra literatura para ver el hilo de continuidad y de parentesco que, por encima de las ideologías y de los partidismos, unió siempre a poetas, intelectuales y novelistas anteriores a la maldita guerra civil, al malhadado franquismo y al antifranquismo que generó, tan inoperante como malintencionado y duradero.

En fin, esto y muchas otras cosas es lo que yo he querido transmitir a mi amiga Martine Silber para que pudiera comprender los intríngulis de la vida literaria madrileña y los escollos que todavía tiene que salvar para recuperar su independencia. En ello están algunos suplementos literarios, y algunas instituciones culturales, porque, entre unos y otros, es en donde se desarrolla en la actualidad la vida literaria y cultural madrileña, cada vez menos condicionada por el amor a la literatura que por los intereses mercantiles de las editoriales. El Círculo de Bellas Artes, la Residencia de Estudiantes, la Casa de América, el centro cultural Conde Duque –pero principalmente los dos primeros- aglutinan la moderna manera en que vivimos literariamente, a través de las presentaciones, mesas redondas y conferencias que, como no me canso de repetir en estas páginas, han sustituido, generalmente de manera harto insatisfactoria, a las antiguas tertulias, salones y corrillos literarios de la Villa y Corte.

En cuanto al Ateneo, todavía sagrado por su esplendorosa biblioteca, mejor computarlo entre los restos arqueológicos del pasado.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899