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22 de Junio de 2001

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La educación matemática

Por Alicia Delibes

Cuando se estudian los orígenes de la enseñanza de la llamada matemática moderna en todas las escuelas e institutos del mundo occidental es preciso remontarse a 1950. A partir de aquel año una serie de seminarios internacionales tienen lugar en distintas ciudades de Europa. Entre los más famosos se podrían citar el de Debden cerca de Londres en abril de 1950, el de la Rochette en Francia en abril del 52 , el de Calw en la Selva negra en julio del 53 o el de Bellano en Italia en abril del 55. El problema que en todas aquellas reuniones se discutía era cómo enlazar los estudios matemáticos universitarios con la enseñanza media.
Era la primera vez que se realizaban encuentros de esta índole entre personalidades de campos tan diversos como las matemáticas, la psicología, la tecnología, la lógica o la historia. Se creó una Comisión Internacional, integrada por representantes de diferentes países y de distintas ramas profesionales, que se encargó de investigar todo aquello que tuviera que ver con la enseñanza de las matemáticas. En 1961 apareció su primera publicación, una colección de artículos escritos por seis de sus socios fundadores, entre los que se encontraban dos figuras de especial relevancia: el matemático francés Jean Dieudonné y el psicólogo suizo Jean Piaget. El libro, que fue publicado en español por la editorial Aguilar en el año 1971, es imprescindible para comprender qué extrañas relaciones se crearon, a partir de entonces, entre matemáticos profesionales, psicólogos y pedagogos.

El pistoletazo de salida para la implantación de la mayor reforma que se ha producido en los planes de estudio de matemáticas de la enseñanza primaria y secundaria lo había dado Dieudonné en una conferencia internacional celebrada en Royaumont (Francia) en 1959. En ella el prestigioso matemático francés ante la expectación de un numeroso auditorio pronunció estas palabras: “Creo que el día de los remiendos ha pasado y ahora estamos obligados a una reforma más profunda si no queremos llegar a una situación que impida seriamente todo progreso científico. Si todo el programa que propongo tuviera que condensarse en un solo eslogan yo diría. ¡Abajo Euclides!”

Un eslogan que, sacado de contexto, dio la vuelta al mundo y sirvió de coartada para que la obra que había sido hasta entonces imprescindible para el estudio de la geometría, el libro de los Elementos de Euclides, fuera sepultada para siempre.

La nueva corriente pedagógica ganó adeptos en todo el mundo occidental, recibió el apoyo de las administraciones educativas y se impuso en todos los planes de estudio de enseñanza primaria y secundaria. Se incluyó en los estudios de magisterio y se organizaron cursos de formación y reciclaje del profesorado por todo el mundo.

En 1973 Morris Kline, profesor de matemáticas en la Universidad de Nueva York , publicó un pequeño libro, de no más de 200 páginas, titulado Why Johnny can’t add: the failure of de New Math. En él pretendía llamar la atención sobre el fanatismo con el que una gran parte de los profesionales de la matemática había abrazado esta moda pedagógica y pedía, encarecidamente, que se discutiese y examinase con detenimiento para que no se impusiera de forma ortodoxa cuando nadie había comprobado aún eficacia.

Poco caso se hizo entonces de la advertencia de Morris Kline pero el tiempo ha terminado por darle la razón. La apuesta de grandes figuras de la matemática, de profesores, maestros, psicólogos, pedagogos e incluso de las administraciones educativas fue tan grande que, aunque hace ya bastantes años que nadie se atreva a negar que la matemática moderna ha sido un fracaso, la capacidad de reacción parece haber quedado anulada. El campo de la enseñanza matemática se ha abandonado en manos de pedagogos que, inasequibles al desaliento, se niegan a dar marcha atrás y ofrecen constantemente innovaciones matemáticamente confusas en el campo de la enseñanza.

Resulta verdaderamente curioso que mientras sobre la figura del matemático Dieudonné ha caído un extraño silencio, el cómplice psicológico de aquel movimiento de renovación, Jean Piaget, siga orientando a cuántos se creen competentes para dictar doctrina sobre lo que se ha dado en llamar “educación matemática”.
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