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8 de Junio de 2001

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La demolición de Letamendi

Por Alicia Delibes

Con bastante interés ha sido acogida, por los admiradores de Baroja, la publicación de la obra de Eduardo Gil Bera, Baroja o el miedo. Una biografía que, si bien es verdad que puede ser discutible, nadie negará que resulta enormemente sugerente para quienes la desmitificación de héroes indiscutidos supone siempre un reto intelectual.
Gil Bera habla en su libro de un personaje real que aparece con frecuencia en las novelas de Baroja y que para la inmensa mayoría de la gente seguramente habrá pasado inadvertido. Se trata del aquel profesor de patología que cometió la tremenda imprudencia de suspender al joven Pío en su tercer año de universidad. El suspenso obligó a toda la familia Baroja a trasladar su residencia a Valencia, pero la afrenta infringida por el catedrático Letamendi no quedó impune.

Hace tres años, con ocasión del centenario de la Generación del 98, me encargaron que preparara una charla para los alumnos del último año de bachillerato sobre “El 98 y las matemáticas”. Difícil tarea la de encontrar referencias matemáticas entre las páginas de aquellos sobre los que Ricardo Baroja dejó escrito:
“Noté en el Café de Madrid que el tema favorito de las conversaciones era literario. Alguna vez se habló de pintura y de escultura, jamás de música ni de nada científico. Me extrañó que no todos, pero sí la mayoría de los principiantes literarios, fueran incapaces de multiplicar un número de dos cifras por otro de dos” (Ricardo Baroja, “Gente del 98”)

Por eso me resultó sorprendente el descubrimiento de Letamendi en “El árbol de la ciencia”. Cuenta Baroja en esta novela que el joven Andrés Hurtado, intrigado por el prestigio del catedrático de Patología, Letamendi, y deseoso de profundizar en los problemas de la vida se sumerge en la lectura de una de las obras del afamado profesor “La aplicación de las matemáticas a la biología”. Pretendía Letamendi en esta obra establecer un cierto paralelismo entre la biología y las matemáticas, paralelismo que si bien fascinó al ingenuo Andrés provocó las risotadas de su amigo Sañudo que estudiaba para ingeniero.

Muchos fueron los intentos de científicos y filósofos por enfocar el estudio de sus disciplinas a la luz de los descubrimientos sobre lógica formal de los matemáticos de finales del siglo XIX. No andaba pues Letamendi desencaminado si, como parece, quería sumarse a las nuevas corrientes europeas.

Ni que decir tiene que he leído con interés las páginas que Gil Bera dedica a las difíciles relaciones entre Letamendi y su humillado vengador. Cuenta este biógrafo sin escrúpulos que hasta tres veces fue suspendido Baroja en Patología, la última si bien no fue culpa de Letamendi sí de un “letamendiano convicto por haber sido durante varios años auxiliar del gran farsante”

Había nacido José de Letamendi, en Barcelona el año 1828. A los 26 años era ayudante de la cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina de Barcelona, cátedra que ganó tres años después y que ocupó hasta que, en 1878, vino a Madrid como catedrático de Patología General.

En Madrid todo fueron glorias para don José hasta que la malhadada fortuna quiso que entre los alumnos que poblaron las aulas del San Carlos, aquel curso de 1890 a 1891, estuviera el que llegaría a ser una de nuestras grandes glorias literarias.

Letamendi que era antropólogo, filósofo, pedagogo, pintor y aficionado violinista, escribió varios libros, más de mil artículos y hasta composiciones musicales.
“Era en el Madrid de entonces, un genio indiscutible, así lo decretaron Menéndez Pelayo y Galdós; y, sin embargo, hoy, pese a las vindicaciones de Marañón, Laín Entralgo, Palafox y Del Castillo-Nicolau, la posteridad no le hace ni caso. ¿Por qué? ¿Fue conjunción astral, veleidad fatal, orden ministerial…? No. Fue una demolición: “Creo que no ha quedado nada […] la fama de Letamendi la he comenzado a demoler yo”.” ( Eduardo Gil Bera, “Baroja o el miedo”)

No sé si los literatos del 98 llegaron a ser conscientes de ese poder de destrucción que todavía hoy, pasado ya un siglo, sigue alcanzando a personajes de la cultura de su tiempo. De alguno, como Echegaray, aquel “viejo idiota” excelente matemático, honrado político y aficionado dramaturgo, la concesión del premio Nobel impidió que España se olvidara. Pero de este otro desconocido Letamendi, después de la rotunda descalificación de Baroja, jamás se podrá saber si era un tonto engreído o un sabio investigador más o menos pedante y antipático.
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