Lo curioso es que, en la lista, está precedido de un clásico del humor, bien conocido y bien vendido, el “Wilt” de Tom Sharpe ( ¿Recuerdan? Aquel profesor que se lió con una muñeca hinchable y luego tuvo que asesinarla). El hecho puede tener importancia, porque mostraría que se recuperan los grandes bestsellers de humor y demostraría, con esa misma recuperación, que ya no se escriben. Todo son thrillers (tecnothrillers, psicothrillers, ciberthrillers, milithrillers, thrillers financieros) o dramas de gente acomodada (la Pilcher). En ambos casos, los protagonistas se toman en serio y salvan el mundo o, al menos, su alma lírica. ¿Vuelve el humor? El elenco de libros de humor de El Corte Inglés recomienda un poco alentador “Shit yourself little parrot”(Cágate lorito) de un español llamado Federico López Socasau, que debe tener mucha gracia porque, según reza la publicidad, “tiene más cuento que Calleja” y porque es autor también de “From Lost To The River” (es decir, “De perdidos al río”) y de otra cosa igualmente conocida que se llama “Speaking In Silver” (es decir, “Hablando en plata”).
Ambrosio Bierce estaría encantado con la compañía de esos humoristas, y, de modo general, se sentiría a sus anchas entre el resto de los libros que figuran entre los mejor valorados de El Corte Inglés. Junto a un lógico Reverte, un inevitable Harry Potter y un magistral Ricardo Piglia, figuran, seguramente por desidia, “Las grandes aventuras del Pato Donald” y, a su lado, la obligada novela histórica de ambiente sexual (“Los espejos de Fernando VII: las cuatro esposas del Rey” de María Pilar Queralt del Hierro) y varios títulos inquietantes: “Guía de los movimientos de musculación”, “El nuevo libro del perro de salvamento”. El primer libro de la lista tiene un título aun más prometedor: “La mamá: un sueño hecho realidad”.
Campante en el misterio de las listas de librerías, abrimos el “Diccionario del Diablo” que nos trae en español Valdemar. Las editoriales tienen tendencia a engordar un poco el formato de los libros para embellecerlos, y éstos pueden devenir en libros gordos, complicados de leer. Ambrose Bierce lo explicaba mejor: “Las tapas de este libro están demasiado separadas”. Esa circunstancia no nos embaraza aquí. Primero, porque un diccionario no es necesario leerlo, basta con abrirlo cada día por un pasaje. Segundo, porque el diablo no camina en línea recta. Tercero, porque nada habríamos asimilado de las lecciones de Ambrose Bierce si, a estas alturas, lo tratáramos con respeto. Pues ésa es la primera lección de Bierce, nacido en 1842, superviviente de la guerra de Secesión y descreído de su mitología, que un día se marchó a México a ver a Pancho Villa y desapareció por ahí, no sin antes haberse despedido por carta de su sobrina, y que, en el prólogo, constata que muchos humoristas ya lo han leído por partes y lo han plagiado a conveniencia. El Arcipreste de Hita autorizaba esas prácticas con el “Libro del Buen Amor”. Pero Bierce, aunque declara que debe parte de la inspiración de su diccionario al Padre Gassalasca Jaspe, de la Compañía de Jesús, no era de tipo clerical. Fue un hombre de periódico, como Stephen Crane o Jack London, con quienes coincidió en el “Examiner” de San Francisco cuando lo contrató Randolph Hearst. Stephen Crane escribió “Red Badge Of Courage”, el mejor relato de la guerra de Secesión, el correlato americano, pero mucho más físico, de la batalla inicial de “La Cartuja de Parma”. Bierce también hizo cuentos en que apuró sus recuerdos históricos (el ajusticiamiento de “An Occurrence at Owl Creek Bridge”) y asentó un estilo despiadado y sólo aparentemente desprevenido que producía cosas como ésta: “Habiendo asesinado a mi madre en circunstancias de singular atrocidad...” (“My Favorite Murder”). Nadie, si no fue Poe, lo hizo mejor en el relato corto.
Pero no divaguemos como el diablo o como las listas de librerías. El rasgo fundamental de Ambrose Bierce es lo que aparece en el Diccionario: su cinismo insultante. O insultador. El cínico sufre de un defecto visual que “ve las cosas como son, no como deberían ser”. Lo que sale de la boca del dueño de unos ojos desvariados sólo pueden ser insultos. Ya nadie insulta bien. El parangón europeo de Bierce podría ser el austriaco Kraus, que también era hombre de periódico (escribía él solo “Die Fackel”), pero que a lo mejor era sofisticado de más y que, con frecuencia, da la sensación de perseguir un fin superior. Mientras que Bierce ni siquiera pretendía ser bueno. Y seguramente no tenía paciencia con la cultura alemana. En la entrada “rana” del Diccionario, el Diablo declara que la música que canta ese bicho, que “tiene buena voz pero no tiene oído”, la ha compuesto Richard Wagner.
Todos estos libros están disponibles en la
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