Hay algo que nos une a los seres humanos con las colonias de bacterias, las familias de hormigas o el agua que se derrama sobre una mesa: tendemos a ocupar el máximo espacio posible. Una pulsión genética movió a un viejo australopitécido a dar el salto desde su África natal hasta Europa y Oceanía. Más tarde, algo impulsó a sus descendientes remotos a colonizar América. Hoy, no queda una parcela de la Tierra que no haya sido, cuanto menos, observada de cerca por los ojos del Homo Sapiens, pero el impulso continúa. Soñamos con superar la frontera de la atmósfera para colocar congéneres en otros planetas (y quizás lo hagamos muy pronto). Más lejano en el tiempo, el sueño se proyecta hacia la heliopausa, el confín de nuestro Sistema Solar, al que sólo podremos llegar cuando contemos con aparatos capaces de llevarnos y traernos de vuelta en un tiempo menor que el que dura una vida.
Del milenario camino del hombre en su constante superación de límites geográficos sabemos hoy gracias a que dejó huellas. En nuestro viaje, somos propensos al descuido, al rastro, al resto delator. La aventura hacia el espacio también tiene su remanente fósil, en este caso, mucho más doloso: la basura espacial. Se cree que en una órbita cercana a la Tierra y estable pueden estar flotando en este momento entre 8.500 y 10.000 piezas de tamaño mayor de un centímetro. Son, desde fases de cohetes eyectadas al cielo y viejos satélites jubilados que conservan su posición eternamente, hasta tornillos y tuercas desprendidos de las reparaciones en el espacio. Una cifra similar es la de objetos menores de un centímetro: granos de polvo, motas de pintura despegadas del fuselaje de un trasbordador o gotas de combustible derramado. Dado que viajan a miles de kilómetros por hora, el impacto de uno de estos microrresiduos podría producir graves daños en la estructura de una nave o en traje protector de un astronauta.
20.000 objetos pueden parecer pocos en la inmensidad del cosmos. Sin embargo, los científicos andan muy preocupados porque la basura espacial está alcanzando todos los umbrales de tolerancia. Enviar una nave al cosmos no es tan sencillo como parece. Uno no puede apuntar azarosamente al cielo y esperar que el aparato llegue a su destino. Existen ventanas muy estrechas de lanzamiento y caminos muy concretos para superar la atmósfera por los que la maniobra es segura y eficaz. Por eso en el mundo sólo existen tres zonas de lanzamiento (en el Pacífico, en Florida y en Kazajstán) que ofrecen todas las garantías de éxito. La cantidad de objetos de desecho que flotan sobre nuestras cabezas empieza a saturar estas vías de escape.
En otras palabras, con la basura espacial estaríamos contribuyendo a que el ser humano, por primera vez en su historia, encontrarse un obstáculo insuperable para sus ansias expansionistas: estaríamos obligados a permanecer en casa para siempre jamás observando con nostálgica rabia la inmensidad de un cosmos vedado.
Durante la conferencia sobre exploración espacial celebrada en Valencia esta semana y la Convención para el Uso Pacífico del Espacio que tuvo lugar en Viena en 1999, se sentaron las bases de una posible estrategia para evitar que sellemos nuestro futuro definitivamente. En primer lugar, empieza a ser un requisito para todas las agencias espaciales diseñar misiones que incluyan alguna fase de reciclado y limpieza. Todos los satélites deben contar con medios para autodestruirse, volver a la atmósfera y desintegrarse o volar hacia una órbita lejana y segura a modo de cementerio. Ésta última parece la opción más segura, aunque también más costosa.
En segundo lugar, los expertos aceleran sus neuronas a la busca de métodos para barrer la basura cósmica. Todos los planteados hasta ahora (desde utilizar grandes naves con gigantescos imanes hasta usar arsenales de armas para jugar al tiro al plato) se han revelado inútiles y carísimos.
Recuperar lo perdido es una tarea dura y, quizás, innecesaria. Por eso, la estrategia más inteligente parece ser la de no seguir llenando nuestras órbitas de porquería. La nueva exploración limpia del cosmos constará más dinero, pero garantizará que se puedan seguir enviando naves más allá de la atmósfera. Lo contrario, sería un error que no podrían perdonarnos nuestros abuelos los australopitecus.