Precisamente el libro de Irigoyen va de pedirle cuentas al pasado y lo hace con tanto sentido del humor, con tanta gracia, que parece que las sevicias padecidas por él y por su generación (que es la mía, para qué negarlo) se las hubiera inventado con el solo propósito de hacernos pasar un buen rato. Es una lectura que recomiendo efusivamente a los que hayan padecido una infancia sofocante y opresiva, entre el rosario y la pared, aunque advierto —y el que avisa no es traidor— que ciertas metáforas, poco piadosas, pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Pero, salvado este escrúpulo, el efecto catártico de su prosa es innegable.
La presentación tuvo lugar en
El Corte Inglés, en
Ámbito Cultural, que es un espacio que poco a poco se va imponiendo en el panorama editorial como alternativa para ese nuevo género literario que es la presentación de libros. Participamos el director de la editorial,
Emilio Ruiz Barrachina, un joven escritor que presenta a su vez libro propio la semana que viene en la
Casa de América:
El arco de la luna (editorial
Algaida), X premio internacional de novela Luis Berenguer. Las otras presentadoras fuimos la escritora
Elvira Daudet y servidora, ambas amigas y admiradoras de Ramón de quien resaltamos la chispa creadora y la originalidad, porque llamarse Ramón, que duda cabe, tira.
Esta, y no otra, fue la razón de que me perdiera la inauguración de la exposición
Diego y Frida, amores y desamores, donde se reúnen 80 fotografías en blanco y negro y 2 en color de esta pareja de cuidado. Afortunadamente podré verla con tranquilidad porque estará expuesta hasta el 15 de abril en la sala Juana Mordó del
Círculo de Bellas Artes de Madrid. Y es que tengo verdadera fijación en esa pareja, en particular en
Frida Khalo que me parece un monstruo de la naturaleza. Su marido,
Diego Rivera no le iba a la zaga, pero era bastante más previsible.
Precisamente el año pasado, más o menos por estas fechas, se subastaba por una cantidad astronómica uno de los famosos autorretratos de Frida Khalo. No recuerdo si se trataba de aquel que Frida Khalo regaló a
Trotsky (de quien fue amante) cuando éste residió como exiliado político en su maravillosa casa de
Coyoacán, la misma casa donde el comunista español
Ramón Mercader lo asesinaría el 21 de agosto de 1940, por orden de Stalin.
Se preguntarán ustedes qué hacía Trotsky en casa de estos conocidos estalinistas. Pues todo tiene su explicación. En 1937, Diego Rivera (que se había autoexpulsado del partido comunista mexicano en 1929) consiguió que el gobierno mexicano diera asilo a Trotsky, asediado por los sicarios de
Stalin. Diego y Frida le acogieron en su casa de Coyoacán, junto con su mujer, pequeño detalle que no impidió que la exótica Frida añadiera al no menos pintoresco político a su colección de amantes de uno y otro sexo. El idilio duró casi dos años y para consolidar su ruptura, Frida le regaló —como solía hacer en casos parecidos— el consabido autorretrato.
Precisamente ése fue el cuadro que contempló con admiración y estupefacción
André Breton, cuando visitó en 1938 Trotsky en casa de los Rivera. El papá del surrealismo decretó al verlo que «la pintura de Frida Khalo es un lazo alrededor de una bomba» y Frida se encontró de pronto con que era surrealista sin saberlo y también sin quererlo, de modo que escribió en sus darios: «Pensaron que yo era surrealista, pero no lo fui. Nunca pinté sueños, sólo pinté mi propia realidad». El respaldo de Breton dio un impulso decisivo a su carrera. En cuanto a su militancia política, la parejita volvió poco después al redil y practicaron sobre esa época, y sobre su amistad con Trotsky una abyecta autocrítica, muy al estilo de la época. Desde entonces apoyaron la causa comunista con todos sus medios, que no fueron pocos. Me pregunto si en la exposición está la fotografía en que se ve a Frida y a Trotsky, él muy sonriente y ella muy hierática, con sus pendientes y sus collares aztecas, fechada en 1937. No tardaré en saberlo.
Pasando a otra cosa, y para que vean que estoy enterada, al parecer es cosa hecha que
María Luisa Blanco, la actual directora del
El Cultural de ABC ,se pasa a dirigir el no menos cultural
Babelia. Se producirá así un baile de puestos y de nombres que, no teman, serán siempre los mismos. El traspaso es natural, porque
El País es un buen nicho ecológico para Marisa Blanco. Ahora lo interesante será ver cómo se las arregla para recuperar a los antiguos colaboradores de ese periódico que ella había conseguido llevarse en su día a ABC.